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Astropsicología Holística

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Las Etapas del "Opus" Alquímico y los Tránsitos de los planetas transpersonales y su significado mitológico.

Las Etapas del “Opus” Alquímico

Las diferentes etapas del proceso alquímico se vinculan directamente con el simbolismo astrológico y son especialmente útiles cuando consideramos el significado más profundo de los tránsitos y las progresiones en el mapa natal. Antes de nada debo insistir en que las propias alquímicas, aunque para hablar de ellas haya que ir tomándolas en cierto orden, no siguen necesariamente este orden, ni en la literatura ni en la vida. Cada persona hace las cosas de forma diferente. Dicho de otra manera, el orden de los procesos interiores varía de un individuo a otro. Pero las etapas en cuanto tales son arquetípicas; son experiencias vitales básicas, por los cuales parece que todos debemos pasar, y si se entrega uno a ellas con los ojos y el corazón abiertos, conducen en forma constante, aunque aparentemente con muchos rodeos, hasta el objetivo del “Opus”. Sin embargo, como todos somos diferentes, algunos pasamos con más frecuencia por determinadas etapas, o éstas asumen mayor importancia para unos que para otros, según lo que esté acentuado en el mapa natal.

La “Calcinatio”

La primera de estas etapas que describiré es la “Calcinatio”, un proceso de combustión. Es una etapa muy conectada con el simbolismo del Fuego. La idea es que el alquimista calentaba la “prima materia” hasta que, una vez evaporado el líquido, quedaba reducido a cenizas. Creo que este simbolismo tan vivido no necesita mucha explicación. El simbolismo que rodea la “Calcinatio” lleva implícito casi siempre la frustración del deseo, hasta que las emociones se agotan y el viejo rey o el animal salvaje se quema hasta reducirse a su mera esencia. El Fuego purifica la escoria, y aquí la escoria es el líquido, el agua, la imagen de la nostalgia de unión. Los animales que se suele relacionar con la “Calcinatio” son el lobo y el león, que desde tiempo inmemorial están conectados con las pasiones: el hambre y el orgullo, la arrogancia y el deseo. En su estado natural, estos animales no son malos; si provocan estragos y destrucción, es porque son feroces y salvajes, y destruyen todo lo que se interpone en su camino. En alquimia no se considera que las pasiones en su estado natural sean malas ni diabólicas; pero son peligrosas, y es necesario transformarlas en el oro que siempre estuvo potencialmente contenido en ellas. En el mito egipcio, el león se relaciona con la diosa Sekhmet, una de las vengadoras conocidas como “Ojos de Ra”, encarnación del calor ardiente del Sol en el desierto. El león personifica las pasiones señoriales, el “yo quiero”; es el niño voraz e imperioso que se siente el centro del universo, esgrime el poder absoluto y destruye todo aquello que no puede tener. Y el lobo, que es uno de los animales de Cíbele, la voraz diosa-madre de Asia Menor, está perpetuamente hambriento.

¿Qué significa que al león le corten las zarpas? Creo que una posible manera de verlo es considerando una imagen de frustración deliberada. Si le faltan las zarpas delanteras, el león no puede desgarrar nada, ni perseguir su presa. Es un símbolo de la restricción de las pasiones mediante un acto de volición consciente. Esa frustración del deseo no se basa en razones morales convencionales; uno no amenaza al león con un dedo diciéndole “No seas malo”. Aquí la frustración es una contribución, dolorosa pero comprensiva, a un proceso que está luchando por desarrollarse. En nuestra época tenemos la sensación de que no se ha de frustrar el deseo de ningún modo; es el moderno coletazo de la vieja ética para la cual el deseo debía ser reprimido por razones morales, porque lo consideraba voraz, egoísta y moralmente inaceptable. Es una reacción comprensible, y probablemente muy necesaria a la luz de siglos de represión. Pero lo que se refleja en la “Calcinatio” no es la represión ni la condenación moral, sino el sacrificio voluntario de algo para que pueda emerger otra cosa. La moralidad implícita es muy sutil, y no implica juicio alguno. La alquimia nos ofrece aquí un modelo sumamente refinado, que el espíritu colectivo de la época jamás llegó a asumir, y que lamentablemente tampoco el nuestro ha asumido todavía.

Uno de los dominios de la vida donde se da en forma más característica la etapa de la “Calcinatio” es el del amor frustrado. Esta experiencia, si la aborda uno con un mínimo de consciencia, quema muchísima escoria. Normalmente, si una persona no puede tener el objeto de su deseo, siente mucha cólera y echa la culpa a otra persona, o a alguna circunstancia externa; o si no, experimenta una especie de autoconmiseración y autodenigración lacrimógenas. Pero si la respuesta ante una situación así incluye cierto reconocimiento de su potencial creativo, y la persona puede tener la vivencia de ello y consigue contener su frustración y su rabia sin culpar a otro ni autoculparse, hasta que algo comienza a transformarse desde adentro, entonces una experiencia así puede llegar a ser un aporte importantísimo a la configuración de un sentimiento sólido de la identidad personal. El individuo que jamás ha experimentado una frustración así, o que la ha interpretado solamente como culpa, ya sea propia o ajena, nunca puede crecer más allá del león y el lobo; hay una veracidad y una destructividad básicas e inflexibles que se enconan en el inconsciente, y con frecuencia están totalmente fuera del alcance de la percepción de la persona. Pueden ser movilizadas por toda clase de situaciones externas, con horror del individuo que lo experimenta; o si no, puede suceder que éste evite instintivamente cualquier compromiso o relación profunda con otros, por miedo de lo que pueda suceder si el león o el lobo llegan a soltarse.

La única alternativa a esta situación, bastante típica, es que el lobo y el león ardan en el Fuego, o que se les imputen las patas. El lobo, además de ser uno de los animales asociados con la diosa-madre, se relaciona también con Marte. En el mito romano, Rómulo y Remo, los gemelos fundadores de la cuidad de Roma, eran hijos de Marte, el dios de la guerra, y fueron amamantados por una loba. Marte representa la naturaleza desiderativa, y es interesante que Jung se centre en este aspecto marciano del proceso alquímico. Para él, Marte es el principio cálido, masculino y sulfuroso de la “prima materia”, al que se representa también como un león. El león es una forma temprana y primitiva del rey, del oro alquímico. Dicho de otra manera, las pasiones primitivas contienen la potencialidad de la realeza, de la individualidad auténtica; pero primero se las ha de quemar, para que así se transmuten. Estas metáforas son sumamente útiles cuando consideramos a Marte en el mapa natal, y más aún cuando examinamos progresiones y tránsitos importantes en los que interviene este planeta. Con gran frecuencia, los sueños que aparecen durante este período así reflejan el problema del deseo frustrado. Cualquier desencadenante de Marte lo es también de la naturaleza desiderativa, y muchas personas se protegen del ardor de las pasiones durante gran parte de su vida, hasta que finalmente un desencadenante así las atrapa. Es decir, los movimientos en que participa Marte anuncian una etapa importante del proceso evolutivo. Es frecuente que, durante los tránsitos y progresiones de Marte, el individuo desapegado y distante, que elude comprometerse y se considera por encima de las pasiones brutas, pase por experiencias que reflejan la “Calcinatio” alquímica. La experiencia de la pasión es siempre un riesgo, porque el objeto puede rehusar la ofrenda o eludir la posesión; e incluso si uno consigue su deseo, la realidad casi siempre está por debajo de la fantasía. O sea que el elemento de frustración es inherente a la vivencia de la pasión. Ya ven por qué esta etapa de la obra alquímica es tan importante para el individuo con un Marte “problemático”, que esté en exilio o caída, o en aspectos tensionados con planetas represivos como Saturno, o con planetas que lo “desvían”, como Neptuno y Venus. La disposición temporal astrológica que se refleja en las progresiones y los tránsitos en que interviene Marte puede ofrecer una oportunidad de experimentar las primitivas pasiones infantiles; y una experiencia así, de acuerdo con el simbolismo alquímico, es un componente necesario del “Opus”. Sin él, no hay posibilidad de lograr el oro.

Otro planeta que asocio con la “Calcinatio” es Plutón. Así como Marte representa el deseo individual, Plutón es un impulso más ciego e instintivo; no sólo nos vincula con otros seres humanos, sino también con el reino de las bestias. Plutón refleja la pasión, en el sentido del instinto de supervivencia y de reproducción, arcaico por excelencia, que posee todo organismo. Esto puede ser especialmente inquietante para el individuo que se ha disociado de sus impulsos corporales y cree haber transcendido ese tipo de cosas. Las imágenes de la combustión también parecen estar ligadas con los movimientos fuertes de Plutón en el mapa natal, y durante estos períodos a menudo hay una combinación en que Marte y Plutón operan juntos. Debo advertirles, de paso, que no sean demasiado rígidos en la aplicación de estos símbolos alquímicos en el mapa. No se trata de consultar las efemérides, ver que el jueves uno tendrá a Marte en tránsito en Conjunción con la Luna y esperar una “Calcinatio”. Las imágenes alquímicas son amplificaciones muy potentes que nos ayudan a entender la verdadera profundidad de un emplazamiento astrológico. Un mapa natal donde predomine el Fuego sugiere también que los problemas de la “Calcinatio” -deseos poderosos, arrogancia y la frustración inevitable de la pasión que potencialmente es capaz de otorgar una integridad interior y una confianza en sí mismo enormes- se reiterarán ante esta cualidad apasionada innata en ellas, e intentan aferrarse con uñas y dientes a los dominios del intelecto y del espíritu, para huir de la combustión. También los tránsitos y las progresiones de Saturno, cuando afectan fuertemente a un mapa natal con mucho Fuego, pueden significar experiencias de “Calcinatio”. De este fenómeno se observan tanto manifestaciones físicas como emocionales; en ocasiones parece que determinadas enfermedades, como las infecciones y fiebres, se relacionan con la cuestión del deseo frustrado. Como ya he dicho, con frecuencia las imágenes alquímicas son violentas, y la de encerrar un lobo en un recipiente sellado y después encender fuego debajo no es muy atractiva. Con toda seguridad, el lobo se pondrá insoportablemente rabioso. Pero el Fuego purifica y transforma, y eso es lo que intenta obtener la “Calcinatio”.

En los textos alquímicos, la “Calcinatio” se asocia también con el purgatorio, porque es un proceso de purificación que, quemándolos, disipa los pecados. El Fuego no sólo quema y frustra; también purifica e ilumina. La iluminación, o un sentido del carácter significativo de la experiencia, es uno de los objetivos de la “Calcinatio”, como lo es también la pureza emanada de una absoluta sinceridad consigo mismo. Lo que queda es indestructible, porque uno no puede dejarse corromper ni sorprender a traición por el autoengaño. Esta es otra potencialidad de esta etapa del “Opus”, peculiar en los Signos de Fuego, y también de las personalidades marcianas y plutonianas. Por naturaleza, los Signos de Fuego son inicialmente irreflexivos, y la “Calcinatio” les obliga a una especie de introversión cuyo resultado es una capacidad de mirar hacia abajo y hacia adentro. Una vez más, la simbología onírica es muy típica: sueños en los que se incendian casas, y una antigua imagen de uno mismo o un conjunto de actitudes viejas que se queman.

Vuelvo a insistir en que no es necesariamente la primera etapa del “Opus”, simplemente me he referido a ella en primer lugar, pero para muchas personas es la experiencia que las pone en el camino de la evolución interior. La pasión es un gran catalizador, quizás el mejor con que contamos, y la frustración de la pasión es la esencia de esta etapa del “Opus”. Estos procesos alquímicos son cíclicos, pero más bien en espiral que circulares. Cada vez que se repiten, se forma un poco más la piedra, y por minúsculo que sea el trozo, uno ya no sufre de la misma manera. Tal vez no tenga que sufrir para nada, en el sentido que damos generalmente al término “sufrir”, porque hay una cooperación consciente con lo que está sucediendo, y la sensación es más bien la de una opción. Pero sí, creo que nos encontramos con los mismos personajes en nuestros mitos individuales, y que pasamos por las mismas experiencias características, que son los grandes acicates que nos mueven a crecer. Es probable que lo que siempre me moviliza a mí no los afecte prácticamente a ustedes, y viceversa. Así como nos encontramos a nosotros mismos en cierto tipo de experiencias externas, también nos encontramos en los procesos evolutivos que nos llevan a profundizar y a expandirnos.

La etapa de la “Calcinatio” es con frecuencia un factor importante en psicoterapia; pero, muchos enfoques terapéuticos más superficiales la tratan en forma inapropiada. Donde aparece el lobo, o el león, es en la transferencia, en los sentimientos del paciente hacia el psicoterapeuta. Las diferentes escuelas de análisis encaran este problema con gran profundidad, pero muchos enfoques humanísticos no. Lo que se constituye en la base de la “Calcinatio” es la obsesión apasionada, ambivalente y a menudo devoradora del paciente por el psicoterapeuta, y la estructura terapéutica es el alambique que la contiene. Es una situación muy común, y a menudo muy necesaria, y hay que manejarla con respeto y honestidad, porque lo más frecuente es que le suceda a una persona que jamás, desde su infancia, se ha permitido sentir nada con intensidad hacia un ser humano. Como es probable que con el psicoterapeuta la persona tenga un profundo sentimiento de seguridad, aunque sea inconsciente, mediante la transferencia puede volver a ponerse nuevamente en contacto con esos sentimientos ambivalentes de amor, odio, agresividad o nostalgia. Por otro lado, esta situación atraviesa muy fácilmente la barrera del sexo, porque es una pasión primaria que no advierte ni establece diferencia. Es frecuente que se trabe un vinculo emocional enormemente poderoso, con muchas fantasías que al comienzo parecen humillantes e incómodas, pero que son sumamente importantes y dignas de ser exploradas. Naturalmente, hay también rabia y frustración, porque tarde o temprano el psicoterapeuta debe fijar algún tipo de límites. Este elemento de pasión y de privación es característico de gran parte del trabajo terapéutico, y muchos psicoterapeutas lo temen y no permiten que sus pacientes expresen o reconozcan esos sentimientos. Pero si emergen espontáneamente -lo que siempre sucede- se los puede considerar como una parte importante y necesaria del proceso, porque si tanto el terapeuta como el paciente son capaces de soportar firmemente el incendio, hasta el final, la transformación alquímica se producirá. Si una persona tiene demasiado miedo de pasar por este proceso en la vida ordinaria, puede reservarlo para el psicoterapeuta: si es un buen profesional, se comportará de manera lo bastante diferente del progenitor de esa persona que originariamente la rechazó como para permitir que en ella pueda aparecer una actitud nueva.

No es fácil contener la destructividad de otra persona, proporcionarle un alambique seguro, mientras uno no ha enfrentado la suya propia. Puede ser muy aterrador, y no hay que subestimar el deseo de herir y destruir de esa persona. Es probable que haya muchas cosas en las que el terapeuta tenga que pensar, y en relación no sólo con la paciente, sino consigo mismo. Pero creo que si ese enojo pudiera expresarse en el contenedor seguro de la relación terapéutica, el lobo se transformaría. El lobo se ha vuelto contra el cuerpo de la paciente y está empezando a devorarlo desde adentro cuando aparece alguna enfermedad. Hay que estar muy preparado para manejar una “Calcinatio” muy intensa en la situación terapéutica. De otra manera, es mejor enviar a la persona a la consulta de un profesional que esté entrenado para contener estas clase de emociones. En alquimia, la “Calcinatio” termina ardiendo hasta consumirse, pero eso sucede con la cooperación del alquimista. Uno no le echa agua al fuego tratando de ofrecerle un café y de mostrarse comprensivo, como mamá, ni sopla hasta apagarlo con aéreas intelectualizaciones, ni lo entierra bajo una tonelada de consejos prácticos: espera a que se quema todo lo que se puede quemar, entonces observa cómo se extingue. Creo que el Fuego sigue ardiendo y empieza a extenderse en el cuerpo cuando está atrapado en el inconsciente. Pero con frecuencia, las razones que tiene la gente para temer al lobo son perfectamente legítimas. El lobo es peligroso. Si el paciente no le hace frente, morirá. El lobo la destruirá. Es muy difícil enfrentar una fuerza destructiva tan primitiva dentro de uno mismo, y después contenerla mientras arde de frustración hasta consumirse. Para empezar, el yo debe ser lo bastante fuerte para defender su terreno, y a veces son necesarios años de trabajo terapéutico preliminar antes de que uno pueda enfrentarse al lobo sin peligro de que la personalidad entera se haga pedazos en la conflagración. A veces, la “Calcinatio” necesita consumirse en un brote psicótico, y si el terapeuta tiene la sensibilidad necesaria para contenerlo, puede ser el anuncio de un nuevo comienzo. Una vez que le preguntaron qué cualidades eran deseables en una persona que se somete a un análisis profundo, Freud respondió: “Coraje, coraje y coraje”. Freud y Klein se preocuparon especialmente por los fuegos de la “Calcinatio”, y los mismos riesgos corre el analista que el paciente. La “Calcinatio” tiene que ver, sobre todo, con poderosos sentimientos.

La “Solutio”

Ahora pasamos a la siguiente etapa, la “Solutio”. Esta etapa no sigue necesariamente a la “Calcinatio”. Puede precederla o venir después de ella, o con otra etapa entre ambas. Como la “Calcinatio”, la “Solutio”, que significa simplemente “disolver”, representa una muerte y una transformación, pero aquí trabajamos con el elemento Agua más bien que con el Fuego. Astrológicamente se asocia la simbolismo alquímico de la “Solutio” con Neptuno, así como se relaciona la “Calcinatio” con Marte y Plutón. En el “Opus”, se coloca la "prima materia" en el alambique y se la disuelve en agua; así se descompone y se desintegra. Pierde su forma definida y sus propiedades, y se vuelve fluida, o parte de una mezcla fluida. Una manera de considerarla desde de un punto de vista psicológico es ver la “Solutio” como una experiencia de desintegración de los límites del yo, que es también una experiencia de entrega. Inicialmente esto no suena de ningún modo tan terrible como la “Calcinatio”, con estas imágenes horribles de leones con zarpas cortadas y de lobos achicharrados. Y para muchas personas la “Solutio” no es de modo alguno una experiencia angustiante, pero para muchas otras si lo es, en particular para aquellas que han definido con mucha precisión sus límites saturninos o muy terrenales, tema la “Solutio”, y lo mismo le sucede, paradójicamente, al marciano, debido a la pérdida de autonomía que lleva consigo.

Es probable que la etapa de la “Solutio” sea una experiencia familiar para muchas personas. La sensación de los propios límites comienza a disolverse, y en ocasiones es como si uno le faltara una capa de “piel psíquica”. Nos sentimos de pronto muy vulnerables y permeables, y emergen sentimientos que amenazan con anegar nuestro yo racional. Hay motivos oníricos característicos que se hacen eco de esta etapa del “Opus”, y que casi siempre se caracterizan por el simbolismo del Agua: la caldera ha estallado y el sótano está inundado; una ola gigantesca avanza hasta cubrir la playa; uno se encuentra en el interior de una frágil embarcación en medio de un mar turbulento, y cosas semejantes. El advenimiento del diluvio es un tema mítico que corresponde a la imagen de la “Solutio”, y que aparece con frecuencia en los sueños cuando los tránsitos y las progresiones hacen aflorar algo muy neptuniano. Como la “Calcinatio”, la “Solutio” se experimenta con frecuencia por mediación del amor, pero es un tipo de vivencia muy diferente. La pasión ardiente que calcina no pertenece al dominio del Agua. En la “Solutio”, el amor se expresa como sumisión y entrega, la pérdida de sí mismo en la identidad del ser amado. Uno se vuelve impotente, se ve despojado de su propio yo, se funde con el otro. En cierto sentido, es una erosión de la identidad individual. Con frecuencia, sentimientos de pasividad y fatalismo acompañan a la “Solutio”. El alma se ha escurrido como un líquido, se ha salido de uno para confundirse con algo o con alguien más. Es una vivencia muy “urobórica”. No sé si conocen el término; el “Uroboros” es una imagen mítica del origen de la vida: la serpiente cósmica que, al morderse la cola, forma el huevo del mundo, del cual proviene toda manifestación. Es una imagen del útero, y también del paraíso. Estar dentro de “Uroboros” significa estar en el jardín del Edén antes de la caída. Es un lugar maravilloso y dulce, de bienaventuranza, un retorno a la fuente de la vida, donde no hay separación y uno no siente que sea algo aparte. Esta experiencia de la “Solutio” también es un poderoso componente de muchos estados religiosos o místicos. La vivencia “oceánica”, una experiencia cumbre que incluye la sensación de ser uno con la totalidad de la vida, es otra manera de expresar el simbolismo de la “Solutio”. Aquí el amor romántico y la unión mística se han fundido hasta hacerse indistinguibles. Para muchas personas, esta etapa del “Opus” es la experiencia de transformación más profunda de su vida, y esto es válido especialmente para el individuo con fronteras muy rígidas, es decir, para una persona saturnina o con un temperamento sumamente intelectual, fuertemente influido por Mercurio y Urano. También implica una transformación muy grande para la naturaleza marciana, acostumbrada a salirse con la suya en todo. El mundo de la imaginación, el océano del inconsciente colectivo, inunda las fronteras del yo.

Pero la “Solutio” no es siempre placentera, o puede ser hermosa al comienzo para después ir cargándose cada vez más de angustia, por la sensación de que a uno le falta el suelo bajo los pies, y de que se ve sometido a fuerzas que escapan de su control y de su entendimiento racional. Con frecuencia hay un miedo considerable en esta etapa del “Opus”. En su artículo sobre la “Solutio”, Edinger señala que para el individuo que tiene un yo débil -con otras palabras, que realmente nunca se ha formado una personalidad independiente, sino que sigue viviendo en el abrazo mágico y urobórico de la madre- la “Solutio” es una vivencia maravillosa porque ya no tiene que seguir luchando. Es una especie de deseo de muerte, un retorno a la inconsciencia y a las aguas del útero. Hay algunos tipos de estados psicóticos, como ciertas formas de autismo, en que parece que hubiera una “Solutio” perpetua, sin que jamás emerge el yo. También el drogadicto y el alcohólico buscan una “Solutio” perpetua, de la cual no tengan que salir jamás. La experiencia de la unidad con otra persona que es parte del “enamoramiento”, también se siente al principio como una cosa maravillosa, los sentimientos tienen una poderosa cualidad mística. Uno siente que conoció a la otra persona en alguna encarnación anterior, no hay conflicto alguno, es como si los dos corazones latieran al unísono. Se fantasea con la idea de que ambos son en realidad una sola persona. Pero eso tiene poco que ver con la relación. Es una vivencia del inconsciente que inunda al yo y trae consigo el sentimiento de estar dentro del “Uroboros” místico.

Una de las imágenes alquímicas más poderosas de la “Solutio” es la representación de alguien ahogándose, que aparece en muchos grabados alquímicos. El viejo rey, que es la "prima materia", la sustancia innoble saturnina, tiene la necesidad de la regeneración y la transformación, y se lo representa ahogándose en el mar. Desde el agua agita desesperadamente los brazos, pidiendo socorro. Pero el alquimista, de pie en la orilla, deja que se ahogue. Es una imagen muy sugerente, porque la presencia del alquimista refleja este acto de participación consciente en el proceso que constituye una parte tan necesaria del “Opus”. No basta con ahogarse simplemente; debe hacer algo que pueda reflejar el hecho, sintiéndolo pero sin identificarse con él. Las viejas actitudes rígidas y estancadas de atrincheramiento ante la vida deben disolverse en el mar. La “Solutio” puede ser una vivencia cargada de miedo, y en psicoterapia es frecuente que aparezcan fobias, porque parece como si el inconsciente rezumara desde abajo por entre las tablas del suelo, amenazándonos por todas partes. Entonces, nos invade el miedo a la oscuridad, nos ponemos agorafóbicos o claustrofóbicos, nos asustan las arañas, nos aterran los aviones... La “Solutio” es muy bien recibida por aquellos que desearían no haber nacido, pero nada resulta de una “Solutio” permanente, como tampoco nada puede venir de una “Calcinatio” permanente. Es una etapa que avanza hacia un objetivo. Para quienes tienen un yo fuerte, la “Solutio” es un viaje aterrador, erizado de angustias, aunque quizá también agridulce y hondamente conmovedor.

A los Signos de Tierra no les gusta esta etapa, los Signos de Agua están más cómodos en ella, excepto Escorpio, que en parte la acepta y en parte de debate furiosamente contra ella. Pero creo que un individuo que tiene un Neptuno fuerte, especialmente si forma aspectos con el Sol, la Luna o Venus, encontrará en la “Solutio” un tema dominante en su vida. Se topará una y otra vez con ella. En la “Solutio” también hay una cualidad lunar, algo semejante a una imagen de la carta de la Luna en el mazo del Tarot: una bruma de confusión iluminada por la Luna, a través de la cual sólo se puede viajar por instinto, no guiándose por mapas ni por una visión más clara. Pero en el mito, el Agua ha estado asociado no sólo con imágenes de disolución y ahogamiento, sino también con la resurrección y el renacimiento. Lo mismo que el Fuego, el Agua limpia sumergiendo al individuo en el inconsciente colectivo para después abandonarlo suavemente sobre la playa, recién nacido y listo para iniciar una vida nueva. El propósito de la “Solutio” es liberar esta vida nueva, depurada de la corrupción y el cinismo de la vieja. Ese es el propósito de todas las muertes alquímicas: conducir a nacimientos. La “Solutio” representa la muerte por ahogamiento. Cuando finalmente la "prima materia" vuelve a unirse, ya ha sido limpiada de sus impurezas y se puede ver el oro.

Con frecuencia, al individuo que se ha ahogado en la experiencia de la unión mística o en la fascinación erótica le espera una depresión. El antiguo sí mismo se ha disuelto, pero todavía no hay nada nuevo que lo reemplace. Uno espera en la matriz del inconsciente, sin otra luz que la de la Luna para iluminar el paisaje. Jung usó las ilustraciones de un texto alquímico, el “Rosarium” para amplificar las vivencias tanto del analista como del paciente. Es un texto que se centra principalmente en la “Solutio” como medio de transformación. En el “Rosarium” no hay “Calcinatio”. La primera imagen alquímica representa una fuente, la fuente mercurial del inconsciente, la "prima materia" que es el comienzo de la obra. Esta imagen anuncia que la totalidad del “Opus” alquímico está bajo el gobierno de Mercurius en la forma del agua. En la imagen siguiente, el rey y la reina, los protagonistas del “Opus”, aparecen completamente vestidos y enfrentados en actitud formal. Pero se están dando la mano izquierda. Existe ya una confabulación en el nivel inconsciente: algo va a suceder. El rey y la reina son el azufre y la sal, los aspectos masculino y femenino de la sustancia primordial. Se los podría ver psicológicamente como analista y paciente, o como dos amantes, o como los dos aspectos de uno mismo, el consciente y el inconsciente. Si todo esto. En la imagen siguiente, el rey y la reina están desnudos. Se ha iniciado la fascinación erótica y se han despojado de la “persona” formal. Es interesante, cuando se reflexiona sobre el comienzo de una relación importante, uno trata de recordar precisamente cuándo se produjo aquel apretón de manos zurdo. ¿En qué momento dos personas saben secretamente, inconscientemente, que cada una de ellas va a tener un efecto profundo sobre la vida de la otra? ¿En qué momento se inicia el verdadera análisis? A veces se puede ver que los sueños anuncian estas cosas, y a menudo aparece en ellos el simbolismo del Agua: la fuente mercurial, el sótano inundado o la ola gigante que se aproxima. Algo ha empezado a suceder, aunque quizá las dos personas lo nieguen enfáticamente. Puede pasar que el paciente le diga al analista que eso no funciona, que no pasa nada y que quiere dejar de ir a las sesiones. Pero la “Solutio” se ha iniciado, la persona está asustada y los sueños reflejan el advenimiento del diluvio. Por eso ella quiere abandonar el análisis tan pronto. En la próxima imagen alquímica del “Rosarium”, el rey y la reina están sentados desnudos en una bañera, esta es una de las imágenes clásicas de la “Solutio”. La bañera es como el alambique o una matriz. La regia pareja se encuentra ahora en un estado de extática unidad. “Siento como si te hubiera conocido toda la vida”. En la imagen siguiente, el rey y la reina están copulando debajo del agua. Las imágenes alquímicas no se andan con rodeos. La pareja real está ahora en la “Coniunctio”, en el estado de unión. Pero es una unión subacuática. Es una fusión de las personalidades, que sucede en el inconsciente, más bien que una relación consciente entre dos individuos aparte. Y en la imagen que sigue, el rey y la reina se han mezclado bajo la forma de un hermafrodita que yace muerto sobre una losa. Han muerto. Es la depresión de la cual les hablé, que sigue al ahogamiento. En la fusión mágica de ambas psiques, la consciencia individual se ha extinguido, y la persona se deprime porque ahora ya no es un individuo aparte. El sentimiento de identidad independiente ha desaparecido, y con él la capacidad de opción y de acción. Cuando después se inicia la depresión, queda el recuerdo de algo hermoso que fue compartido, y con frecuencia es lo bastante fuerte para servir de apoyo a la persona durante la etapa siguiente. En ciertos casos, el paciente intenta dejar la psicoterapia cuando se inicia la “Solutio”, porque se angustia. Otras veces, la “Solutio” es seductora, porque puede ser una vivencia de fascinación, y el paciente se enfada mucho cuando el agua de la bañera empieza a enfriarse. Pero siempre hay una muerte, y es importante, así como con la “Calcinatio” es importante la combustión. Si uno puede soportar la depresión que hay en el fondo de la bañera, después que ha pasado la fase extática de la unión, entonces formará un fragmento de la piedra. El objeto del “Opus” alquímico no es la bienaventuranza de la unión total; es el “Lapis”, la piedra, el sentido de uno mismo. No existe ninguna unión total con otra persona, a no ser en el útero, de donde finalmente termina por expulsarlo a uno la naturaleza, cuando no el médico de la madre.

Las etapas alquímicas describen con imágenes pictóricas los procesos arquetípicos de la evolución psicológica. Son muy poderosas y auténticas porque no solamente representan la cualidad emocional del proceso, sino que también encierran un significado inherente, como parte de un proceso global más amplio. Como todos tenemos los cuatro elementos, aunque en proporciones diferentes y con diferentes grados de consciencia, es probable que a todos nos toque saborear en alguna medida todas la etapas. Además, las diferentes personas reaccionan de diversas maneras ante las diferentes etapas alquímicas, con comprensión o con miedo, o con ambas cosas. Un temperamento de Agua concordará con el proceso de la “Solutio”, porque tiene una comprensión profunda de su necesidad y de su poder curativo, pero esta misma persona reaccionará con pánico y resistencia ante la etapa denominada “Coagulatio” de la que me ocuparé luego, o ante la “Sublimatio”. En general, el Fuego puede encontrar sentido en la combustión de la “Calcinatio”, porque hay un entendimiento innato de este tipo de conflagración activa. El Fuego es el elemento del dramatismo, y aunque uno sufra, en la “Calcinatio” hay significado y pasión. Pero la naturaleza de Fuego odia la “Coagulatio”, que es una etapa de Tierra. En cambio, los Signos de Tierra la aprecian, porque su propia naturaleza le dan valor. Pero temen la “Solutio”, cuando todos esos límites gratamente claros que tanto gustan a los Signos de Tierra empiezan a desintegrarse en el caos. Edinger dice que el individuo que tiene un yo débil tiende a suspirar por la “Solutio” como medio de escapar de la vida. Creo que todas las etapas alquímicas implican una especie de muerte, un sacrificio de las antiguas actitudes y el abandono de algún punto de vista importante para el yo. El individuo que tiene un yo fuerte enfrenta todas la etapas con resistencia. Pero hay una inevitabilidad en el proceso. Sin embargo, la resistencia no es fútil, sino necesaria, porque de la batalla emerge la liberación creativa de energía. Tenemos que luchar, pero al mismo tiempo también tenemos que entender que la lucha tendrá un resultado inevitable.

Ya sea que uno se ofrende a un gurú, a Dios o a un amante, la “Solutio” exige abandonar el control. A veces, al terminar la experiencia uno se desilusiona, pero eso no importa. De lo que se trata no es de encontrar una persona externa que posea toda la verdad, sino de encontrar una fuente interior en la que se puede confiar. Es muy frecuente que la cosa o la persona por quien uno ha sacrificado su autocontrol termine por no ser digna de ello, o puede ser que en última instancia uno no puede obtener el objeto deseado. La “Solutio” lleva una aguijón en la cola. Puede suceder que la realidad no cambie porque uno se haya abandonado; pero la experiencia quizá lo purifique de antiguas ponzoñas que de ninguna otra manera se podían liberar, y en última instancia el agua se escurre y lo deja a uno con un profundo conocimiento de sus propios recursos. Descubrimos entonces que somos capaces de amar, y eso es mucho más curativo que adquirir un objeto que nos vemos impulsados a poseer. Al final de la “Solutio” nos esperan el agotamiento, la desilusión y la resignación, pero algo ha cambiado. Pero uno debe volver al mundo. Con frecuencia hay una depresión como secuela de las vivencias religiosas profundas, debido a la inevitable comparación con la realidad cotidiana. La experiencia nos ha transformado y lavado, pero después la vida vuelve a cerrarse sobre nosotros y las verdades se ven puestas a prueba. Es el problema de conectar la visión a la Tierra por mediación de una personalidad mortal ordinaria. Es lo mismo que se puede ver en la depresión posparto. La vivencia ha sido transformadora, pero también implica una especie de muerte, y la desilusión sigue a la gloria. Empiezan a aparecer los contratiempos físicos, y al mismo tiempo los sentimientos de ambivalencia. El resultado de cada una de las etapas alquímicas se representan como una muerte, a la que se hace referencia con la palabra “Nigredo”. Con frecuencia hay un hiato, una brecha entre el final de una etapa y el comienzo de la siguiente, el descubrimiento de que se ha iniciado un nuevo viaje. Está la sensación de haber perdido algo irrevocable, y el yo todavía no puede tomar ninguna distancia ante esa pérdida. Muchas personas creativas expresan esta situación en el sentimiento de depresión y vacío que sigue a una eclosión de su esfuerzo creativo. Cuando el trabajo ha terminado, se suele sentir una profunda tristeza, por difícil que sea la experiencia, mientras dura uno se siente intensamente vivo. No hay nada tan desdichado como un actor que ha terminado con éxito una temporada. Los grabados alquímicos muestran con frecuencia este “Nigredo” en alguna imagen yacente, de muerte. En el “Rosarium” se nos muestra al rey y la reina muertos sobre una lápida, después de la “Coniunctio” o apareamiento que ha tenido lugar bajo el agua. Bien lo entendía Catulo cuando escribió que después del coito todas las criaturas están tristes.

La “Coagulatio”

Ahora podemos pasar a la etapa alquímica conocida como “Coagulatio”, que es exactamente lo que dice el nombre. Cuando un liquido se coagula comienza a solidificarse. Esta etapa del proceso consiste en la transformación de una sustancia hasta entonces fluida o gaseosa en una sustancia sólida; en términos psicológicos, es la concreción en la vida real de sentimientos, imágenes, emociones e ideas. En alquimia, la “Coagulatio” se asocia con el planeta Saturno, cosa que no resulta sorprendente, y psicológicamente representa un proceso de encarnación en virtud de la cual cosas incorpóreas llegan a nacer en forma física. Todas las imágenes que se relacionan con la “Coagulatio” tienen que ver con esta idea básica de la encarnación. La comida, el dinero y el placer sensual están directamente vinculados con ella. Y todas las imágenes míticas de la encarnación van acompañadas de asociaciones con el pecado, la carnalidad, la pesantez y la pérdida de la gracia, la expulsión del Paraíso. Arraigar cualquier cosa en la tierra significa tanto experiencias emocionales positivas como negativas. Por otra parte, la “Coagulatio” trae cosas a su manifestación concreta, de modo que se relaciona con la integración de imágenes y movimientos inconscientes en el yo y en la vida real. Pero el acto de dar así nacimiento a lo que existe en potencia implica también limitación e incluso aprisionamiento, porque en el momento en que uno concreta algo, ha cercenado sus potencialidades. Ya no es algo lleno de posibilidades ilimitadas, sino que ha convertido en una realidad, se ha cristalizado. Por ello en torno de la “Coagulatio” hay un sentimiento de depresión. El mundo físico es saturnino, es el dominio de Rex Mundi. Está lleno de límites, problemas, fallos y separaciones, y también del júbilo de ver cómo el producto de nuestro esfuerzo se vuelve real, tangible y gratificante en la vida cotidiana. El dominio de la “Coagulatio” es el Adán y Eva después de haberse comido la manzana. Hay una consciencia de la culpa, del pecado, del aislamiento, de haberse separado del contenedor urobórico del espíritu universal.

Así como la “Solutio” implica una experiencia de fusión y de pérdida del yo, de la identidad individual, la “Coagulatio” implica una experiencia de separación y de formación del yo. En función de las etapas evolutivas de un niño, este es el proceso mediante el cual el pequeño empieza a reconocer la ambivalencia de sus propios sentimientos. Lo bueno y lo malo ya no están nítidamente escindidos para proyectar uno u otro sobre la madre; el yo ha empezado a formarse, merced al reconocimiento de los propios aspectos buenos y malos. Es una aceptación de los límites mortales, de la condición humana básica. En esta etapa de la obra alquímica se la describe como “pesada” y el motivo de la inhumación o del aprisionamiento es una constante en los textos. Para el espíritu que vuela libremente, el mundo de la materia es una tumba, y es frecuente que los individuos con mucho Aire o con una combinación de Fuego y Aire tengan una visión así de la vida. La unidad intrínseca de la carne y la corrupción del cuerpo son temas que traspasan los textos alquímicos en relación con la “Coagulatio”; estamos separados de Dios por la pecaminosidad de nuestro cuerpo mortal, que contiene las semillas de la muerte. A los deseos del cuerpo se los considera lujuriosos y lascivos, salvajes y primitivos, y por lo tanto, alienados de Dios. La crucifixión también es un motivo de la “Coagulatio”, porque el espíritu sufre al estar clavado en la cruz de la encarnación material. Esta crucifixión está ligada con el hecho de aceptar nuestro destino mortal, nuestras cargas y las responsabilidad de nuestra propia vida.

La etapa de la “Coagulatio” puede seguir tanto a la “Calcinatio” como a la “Solutio”. Entonces se produce la gradual integración en la vida real de las vivencias, las intuiciones profundas y los cambios logrados merced al dolor infligido en la etapa anterior por el Agua o por el Fuego. Es natural que la “Coagulatio” venga inmediatamente después de la disolución de las fronteras y el verse anegado por el inconsciente que describe la “Solutio”. La relación amorosa importante, la iniciación mística, la desintegración del yo ante un colapso nervioso, la exaltación creadora que produce una obra de arte, son cosas que en última instancia deben ser seguidas por una confrontación con la realidad y con los propios límites. Así, la “Coagulatio” deprime al mismo tiempo que otorga permanencia. Es también una secuela de la combustión apasionada de la “Calcinatio”: después de que las llamas se han extinguido y se ha consumido la escoria, uno descubre gradualmente la verdad sobre sí mismo y sobre las limitaciones mortales de los otros. La frustración del deseo termina por llevar a la aceptación de la propia responsabilidad, y a la capacidad de enfrentarse solo con la vida y tomarla como viene. Las compulsiones han quedado reducidas a cenizas, y ya no es probable que uno vuelva a estar tan dominado por ellas. La “Coagulatio” también puede preceder a estas dos etapas, porque lo que se ha solidificado puede volverse demasiado sólido, y en futuras transformaciones será necesario descomponerlo otra vez. Podemos ver este proceso en la evolución natural del yo, que en el momento del retorno de Saturno, hacia los 29 años de edad, empieza a cristalizar, y que cuando, hacia los 40 años de edad, llega la Oposición de Urano, la personalidad se ha vuelto demasiado rígida y defensiva, y se produce una disolución o combustión -frecuentemente expresada en problemas matrimoniales o de relación amorosa, o mediante un cambio de carrera apremiado por una especie de sensación desesperado de que uno se ahoga- que arranca al individuo de ese estancamiento. Esto va seguido a su vez por otra “Coagulatio” cuando Saturno forma una Oposición con su propio emplazamiento en el mapa natal y hay que integrar en la vida real las vivencias de la Oposición de Urano.

El proceso de solidificación de lo que antes ha sido liquido o gaseoso es propio de los Signos de Tierra; es su tarea y su don natural. Estos Signos se esfuerzan por manifestarlo todo, para que nada quede en el dominio de la potencialidad ambigua. Para una naturaleza así, las otras etapas son más difíciles. Para los Signos de Aire y de Fuego, el advenimiento de Saturno puede ser de lo más molesto, porque estos son dos elementos que no quieren cristalizar. Esta etapa les parece una especie de muerte, y una pérdida aparentemente permanente de júbilo, espontaneidad y potencial creativo. Los compromisos profundos que en teoría deberían ser motivo de regocijo, como el matrimonio o el nacimiento de un hijo, o incluso la compra de una casa, son una especie de “Coagulatio” y suelen ir acompañados por tránsitos de Saturno; por lo tanto, si uno es sincero consigo mismo, no son del todo jubilosos. El individuo puede reconocer y admitir ciertos sentimientos, pero expresarlos -darles una forma concreta por mediación de las palabras- significa cristalizarlos. Uno vez que se lo ha dicho a alguien, ya no puede desdecirse, aunque más adelante intenta mentir sobre lo que ha dijo. Es lo mismo que se oculta en los bloqueos creativos de mucha gente. Ya ven qué profundamente se relaciona la etapa de la “Coagulatio” con el problema del compromiso, en todos los niveles. Y por más que esta etapa deje a su vez lugar a otra, y la casa se venda y se digan cosas nuevas, no se puede retroceder. Algo ha sucedido, se ha convertido en historia. Uno puede seguir adelante, pero no puede borrarlo: ahora, es parte irrevocable del pasado. Es algo así como hacer el pan... y la elaboración del pan es una imagen que solían usar los alquimistas para describir el proceso de la “Coagulatio”. Una vez horneado, el pan ya no puede descomponerse en sus componentes originales. Sirve de nutrición y de alimento, y el cuerpo lo digiere, lo descompone, asimila sus elementos útiles en forma de vitaminas y minerales, y convierte lo que no es útil en heces. Pero no se lo puede volver a convertir en harina, agua, levadura y sal.

La “Coagulatio” refleja una etapa del proceso psicoterapeuta muy esperada tanto por el paciente como por el terapeuta. Es el momento en que el paciente, que durante largo tiempo ha venido enfrentándose con un determinado problema interior, toma finalmente una decisión y empieza a poner en acción la claridad interior obtenida durante el proceso. Vende su casa, o pone término a una relación destructiva, o deja por fin el trabajo insatisfactorio, o empieza a estudiar algo nuevo e interesante o se pone a escribir un libro. Finalmente está haciendo algo con todo ese esfuerzo que estuvo cociendo durante tanto tiempo en el alambique del consultorio. Las emociones, los afectos, las fantasías y los sueños necesitan algo más que comprensión: necesitan actualización. Se llega a un momento en que, por decirlo gráficamente, uno tiene que dejar de jugar al póquer con alubias. Es hora de asumir la propia responsabilidad; finalmente el niño ha madurado, ha cristalizado en un individuo capaz de actuar en el mundo. Para algunas personas es una época dolorosa, porque, como se ha dicho, parece una especie de muerte. El dominio del “Puer Aeternus” toca a su fin. Pero eso no significa que el “Puer” desaparezca, sino que ahora su espíritu queda limitado por la realidad. Ha llegado el momento de las opciones, y aunque se elija lo más acertado, optar significa excluir cualquier otra posibilidad. La “Coagulatio” se relaciona también con los problemas físicos, y con el hecho de darse cuenta de que se es el habitante de un cuerpo. Para la gente de Tierra eso no es un problema, pero las naturalezas más etéreas se llevan un buen golpe al descender a Tierra y descubrir que en las opciones del cuerpo tiene tanto que decir como el intelecto, el espíritu y los sentimientos. Creo que es posible que una persona intente evitar la “Coagulatio”, tal como otras procuran evitar la “Solutio”, para así retener su preciosa autonomía y su sentimiento de control.

Con frecuencia el oro y las heces son análogos en los textos alquímicos, porque ha menudo la “Coagulatio” es la etapa que produce el oro, es decir, la individualidad cristalizada en el aquí y ahora de la vida real. El oro alquímico se encuentra viviendo la vida, no transcendiéndola. La “Coagulatio” es una etapa muy compleja del “Opus”. Para muchas personas no es problema; cuando llega el momento de pasar por este proceso, las personalidades de Tierra siguen adelante de buena gana. Pero para muchas otras es una pesadilla que las hace sentir desesperadamente solas. Es una crucifixión, un encarcelamiento y una muerte de todo lo bello, etéreo y transcendente. La “Coagulatio” puede parecer mucho más fácil de entender que las otras etapas, pero en realidad no es así, sólo es más concreta. Es interesante que en alquimia se dé igual valor a todas las etapas. La “Coagulatio” no es inferior a la “Sublimatio”. Puede ser superior, y eso depende de dónde comience la "prima materia". Algunos autores alquímicos prestan más atención a una o dos etapas, pero eso es natural, debido a la tendencia personal hacia diferentes tipos de experiencias. Ya dije que el “Rosarium” describe principalmente un proceso de “Solutio”. También habla bastante de la “Sublimatio” de la que nos ocuparemos ahora. Pero en otros textos lo que domina son las imágenes del Fuego, y en otros las de estar sepultado o aprisionado. Los textos alquímicos varían enormemente, tal que se podía esperar, ya que fueron escritos por individuos y nunca se les sometió a un cotejo para unificarlos en un texto definitivo, como se hizo con la Biblia o con la mitología de las diferentes naciones de la antigüedad, que contaba con la aprobación del estado. Creo que es importante recordar que se da el mismo valor a todas las etapas, porque es fácil creer que la “Coagulatio” representa de alguna manera una etapa menos elevada del proceso. Lo irónico, es que con frecuencia se encuentra más avanzada en la línea que otras, entonces produce directamente el oro alquímico.

La “Sublimatio”

Nuestro uso del término “sublimación” se ha visto influido por Freud, como si en ella hubiera algo de estafa, un intento de eludir los aspectos instintivos más oscuros de uno mismo. Por eso, cuando en un lenguaje cotidiano nos referimos a la sublimación, no dejamos de imprimirle una resonancia sarcástica. Si uno sublima algo en este sentido, lo que está reprimiendo e intentando vivirlo mediante un desplazamiento a un nivel intelectual o espiritual, para así evitar el dilema de tener que enfrentarlo en un nivel emocional y concreto. Pero en la alquimia la “Sublimatio” no tiene la menor implicación de escapatoria ni de evitación. Está asociada con el elemento Aire y con los planetas Júpiter y Mercurio, aunque en la actualidad podríamos considerar a Urano como otro representante astrológico de esta etapa. Con frecuencia, la simbología de la “Sublimatio” pone en juego pájaros o figuras aladas. Es el proceso por el cual un contenido instintivo se transforma en una imagen, y no se trata de un artificio deliberado como un ejercicio de fantasía guiada, sino más bien de una función psíquica espontánea. No podemos hacer una imagen simbólica auténtica a partir del material psíquico. La imagen se hace sola. La psique se representa a sí misma simbólicamente, y esto es una transformación de la "prima materia", porque el símbolo da margen para el desapego y la objetividad, al mismo tiempo que preserva el significado. Es decir, la “Sublimatio” de la alquimia es muy diferente de la sublimación en el sentido psicoanalítico, porque aquí no se está reprimiendo nada.

Lo más frecuente es que el proceso de la “Sublimatio” se genere a partir de una de las otras tres etapas. El movimiento de la “Calcinatio” a la “Sublimatio” va desde el deseo frustrado de un objetivo externo a la transformación de ese deseo en una imagen interna que contiene un significado y un propósito, y capacidades regenerativas para la propia vida. Voy a darles un ejemplo bastante común de lo que quiero decir. Sentimos una poderosa atracción sexual hacia una persona a quien no podemos tener, porque está lejos, ya tiene pareja o no le interesamos, o porque nosotros mismos ya tenemos otro compromiso. Si “actuamos” esta pasión, como hace mucha gente, el resultado puede ser un placer pasajero y algunas cosas mejor entendidas que antes, pero con frecuencia el precio que pagamos es demasiado alto, a menos que de la situación se puede desprender algún nivel más profundo de significado. Este es un viejo cuento. La “actuación” proporciona sus satisfacciones, pero tomada aisladamente tiene poco que ver con los procesos que hemos estado estudiando. Y tampoco reprimir una pasión así hace ningún bien, porque seguramente reaparecerá súbitamente en alguna otra ocasión y con otra persona, si es que no forma un amargo residuo de vida no vivida, que al fin termina por envenenar cualquier relación en que uno efectivamente se encuentre. La alternativa alquímica consiste en tener consciencia de los sentimientos y mantenerse leal a ellos, pero conteniéndolos o, dicho de otra manera, no “actuándolos”. Es el lobo en el alambique, que aúlla, protesta y se quema. Si el yo puede contener la combustión, entonces el objeto amado comienza a interiorizarse, es decir, uno empieza a ver cuál era esa parte de sí mismo no cultivada ni vivida y que había sido proyectada afuera, porque ahora esa parte vuelve adentro en la forma de una imagen interior. Esto suena simple, pero es terriblemente doloroso, como ya lo sabrá cualquiera que haya pasado por el proceso. Y sin embargo, esta interiorización del objeto externo en una imagen interna, como el hecho de darse cuenta de que la belleza del ser amado es una dimensión de la propia alma, es el trabajo de la “Sublimatio”. Esta etapa no se produce simplemente porque queramos. Pero podemos alcanzarla si manejamos con un mínimo de integridad y de sinceridad las etapas que la preceden.

En el “Rosarium”, después de disolverse en una extática unión sexual subacuática, el rey y la reina aparecen muertos, yacentes sobre una losa, unidos en un solo cuerpo hermafrodita. La “Solutio” los ha fusionado, pero están muertos. En la figura que sigue a este “Nigredo” todavía se los ve muertos en una losa, pero hay una pequeña criatura alada que se escapa del cadáver para volar hacia el Éter. Se eleva y desaparece. En la figura siguiente se ha formado un rocío, un fluido celeste que empieza a dejar gotear su humedad sobre el cadáver inmóvil. Luego, en la imagen que sigue, se ve que la criatura alada vuelve volando, ya lista para reanimar a la pareja muerta. Es una secuencia de imágenes muy rara y que al comienzo puede causar perplejidad, pero representa el proceso de la “Sublimatio”. La depresión que sigue a la “Coniunctio” es algo a lo que ya me he referido: la desilusión que sigue a la fantasía de una unión total con una persona, o con Dios. No hay ningún sentimiento de vida, sino sólo una especie de aturdimiento y apatía, y una sensación de pérdida, aún cuando el objeto deseado haya sido alcanzado. Pero algo está activándose arriba, fuera del marco de la imagen. El alma ha volado hacia arriba y está abriéndose a la capacidad de simbolización o, para decirlo de otra manera, a la capacidad de imaginación. La imaginación entra en juego cuando se ha iniciado una separación, y la imagen es una especie de intermediario entre uno mismo y el objeto externo con que antes se había identificado. De modo que, en relación con el “Opus” alquímico, la función de la imaginación es que permite la separación y la formación de un sentimiento de individualidad: el oro alquímico. Hay espacio para respirar, una tierra intermedia que puede contener las necesidades y los miedos de manera que no llegue a reprimir los sentimientos, pero tampoco a “actuarlos”. La “Sublimatio” sólo puede producirse cuando ha habido una muerte, cuando se ha renunciado a la fantasía de fusión. Tal es la secuencia de las figuras del “Rosarium”. Sólo después de la muerte y de la desilusión puede escaparse el alma hacia las alturas y fertilizar los dominios celestes. No puede haber “Sublimatio” cuando hay una fantasía de fusión. La imagen del ser amado aparece entre la persona y el ser amado real, de modo que la persona empieza a tener un atisbo de lo que significa realmente para ella el ser amado. En la “Sublimatio” hay libertad y desapego, porque es el gran disolvente de las compulsiones instintivas. Es una función que se considera en parte jupiteriana, en parte mercuriana y en parte uraniana. Estos tres planetas se relacionan con nuestra capacidad de formular imágenes y conceptos simbólicos. Valiéndonos de símbolos, intuiciones y mapas, convierten en significado la experiencia concreta de la vida y la identificación emocional.

Es una transformación del conjunto de las funciones psíquicas que Jung llama “Anima” y “Animus”: dejan de ser objetos externos hacia los cuales nos mueve una compulsión abrumadora para convertirse en la capacidad interior de recibir inspiración proveniente del inconsciente. La musa del poeta, que para una mujer puede asumir forma masculina, es la fuente de inspiración, pero no es una persona física. Apenas si está flojamente vinculada con un objeto. Algunos artistas saben instintivamente que es mejor no llegar a conocer a la persona real sobre quien se ha posado la fantasía del “Anima” o del “Animus”, porque seguramente la experiencia terminará en una desilusión. Lo que importa es lo que la persona representa como una imagen interior plena de significado. Pero es algo que no se puede hacer con la cabeza, refrenándose y diciéndose: Mira, realmente no es esta chiquilla de 16 años, es mi “Anima”. Esto no sería más que una manera de evitar el doloroso proceso de poner límites a la compulsión, y generalmente no funciona. La “Sublimatio” es un proceso muy misterioso, Jung aborda precisamente este problema en su obra “Symbols of Transformation”. No se puede inaugurar la “Sublimatio” con un acto de voluntad y un intelecto despierto, ni siquiera con una buena capacidad de construir imágenes espontáneamente por influencia de tránsitos y progresiones de Urano, y en menor medida, de Júpiter. Con el acercamiento de Urano, el individuo suele encontrarse obsesionado o fascinado por alguien o por algo, o se produce algún tipo de estallido o de alteración en su seguridad básica. Hay con frecuencia una frustración ardiente, una especia de “Calcinatio”, o un ahogarse en fantasías eróticas, pero no pasa mucho tiempo, durante el transcurso del tránsito, sin que el individuo tenga una intuición que lo ilumina, y que le será más fácil de alcanzar si es capaz de esperar en calma en vez de echar a correr por ahí como un desesperado. Esta nueva intuición revela un significado y transmite la sensación de que está operando una pauta o modelo que con frecuencia asume inicialmente la forma de una imagen onírica. Uno empieza a ver las cosas de otra manera, desde un lugar más alto y luminoso donde el aire es más fresco, y puede empezar a hacerse algunas preguntas que vienen muy al caso: ¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? ¿Qué relación tengo yo con las cosas que están pasando? ¿Qué es lo que ha constelado dentro de mi esta situación? ¿Qué partes de mí mismo he estado intentando mantener inconscientes, sin vivirlas? Urano tiene una manera muy especial de abrirnos la visión y la imaginación valiéndose de separaciones que liberan energía y permiten que se fertilicen y se activen niveles mentales y espirituales nuevos.

La “Sublimatio” nos saca de nuestra propia confusión, pero no es una etapa en la que todos nos sentimos cómodos. Los Signos de Aire, por cierto, la prefieren, lo mismo que en alguna medida Sagitario, que es el más aéreo de los Signos de Fuego, por así decirlo. Pero un temperamento de Agua o de Tierra comienza por sentir que la “Sublimatio” es fría y aterradora. La Tierra necesita sus objetos concretos, y se le hace terriblemente difícil tomarse en serio las imágenes, que son “puras” fantasías. Para este tipo de naturaleza, los sueños son un problema, porque no son reales como lo es el almuerzo. Aun con las mejores intenciones, un sueño “no es más que” un sueño. A la Tierra le inspira pánico el ámbito sin fronteras de lo imaginario. Después de todo, es un lugar donde uno podría llegar a perderse para no salir nunca más. Eso le produce una especie de vértigo que puede llegar a convertirse en una vivencia física. Muchos individuos se resisten fuertemente a trabajar con imágenes y fantasías; simplemente se cierran, porque en lo más hondo de sí están asustados. Las imágenes son como el Aire, o como los pájaros alquímicos que aparecen en tantos grabados, demasiado insustanciales para confiar en ella. Por eso el individuo poco imaginativo puede resistirse a la “Sublimatio” y al significado de una vivencia, porque siente que si renunciara a su asidero en la realidad concreta enloquecerá o se volverá estúpido. Los Signos de Agua pueden temer la “Sublimatio” porque es esencialmente una experiencia solitaria. Uno no puede adentrarse en el dominio de la imaginación si lleva tras de sí a una multitud. Como los Signos de Agua son sumamente imaginativos por naturaleza, esto parece un poco paradójico. Pero es frecuente que no cultiven ese don maravilloso a causa de la profunda soledad que se necesita para explorar el ámbito interior. Toda la imaginación se canaliza entonces por la vía de fantasías románticas, o bien queda sofocada. Permitir que se forme una imagen significa renunciar a la dependencia del objeto externo concreto. Los tránsitos de Urano suelen coincidir con un afloramiento forzado de esta restricción, algo que para un temperamento de Agua es sumamente penoso. Pero por lo que hemos dicho de la “Sublimatio” ya pueden darse cuenta de que las separaciones uranianas no son meras experiencias aleatorias que dañan. Tienen una finalidad y un significado profundos, y pueden abrirle a uno toda clase de potencialidades de orden creativo e imaginativo.

Los Tránsitos y las Casas

El Tránsitos de los transpersonales por una Casa significa cambio, ruptura, crecimiento y crisis en relación con lo que representa esa Casa. Los planetas exteriores tardan muchos años en recorrer una Casa, pero esto no significa que durante todo ese tiempo hayamos de experimentar conmociones y cambios espectaculares. Además de tener un efecto obvio cuando penetra en una Casa, la influencia del planeta será más manifiesta cuando haya Conjunción con un planeta que esté en ella, cuando forme un aspecto por Tránsito desde de esa Casa con cualquier otro planeta en el mapa o cuando otro planeta en Tránsito haga aspecto con él. En el caso de que el planeta exterior en Tránsito forme un aspecto con un planeta natal, se verá afectada la Casa (o Casas) que el planeta rige en el mapa.

1) El ámbito de la experiencia asociada con el planeta sobre el cual se da el Tránsito está en proceso de cambio o de renovación
2) La necesidad de cambio con los aspectos tensionados se siente con más intensidad, y con frecuencia irá acompañada de una mayor conmoción, que en el caso de un Trígono o un Sextil por Tránsito.
3) Puede haber un conflicto interno entre la parte de nosotros mismos que necesita cambiar y la que se resiste al cambio. En el caso de la Oposición por Tránsito (y a veces también de la Conjunción y la Cuadratura), puede parecer que la resistencia proviene de agentes externos, pero éstos sólo son reflejos de nuestra inseguridad, de nuestra ambivalencia interna. También es válida la proposición inversa, es decir, en el caso de los aspectos tensionados, puede parecer que las contingencias externas nos imponen el cambio o la ruptura. Sin embargo, pienso que esos factores externos reflejan una necesidad interna de cambiar de la cual no somos conscientes.


Los Tránsitos de Quirón

Cuando Quirón transita en cada Casa, creará una nueva forma dentro de cada una de ellas con la cual dará lugar a la oportunidad de una nueva consciencia en dicha Casa, y cuando aspecta a algún planeta natal, la energía de este planeta es alquimizada. Es probable que las experiencias vitales y las cualidades representadas por el planeta con el que Quirón está en aspecto por Tránsito pueden sanar, y quizá sean liberadas o vividas por primera vez. Durante sus Tránsitos tanto las heridas como la sanación pueden llegar por mediación de otras personas. Con frecuencia, los Tránsitos de Quirón significa una fuerte activación de la necesidad de individualización, que a su vez estimula cambios importantes en el estilo de vida y en la orientación personal. Es probable que después de una crisis física y/o emocional, busquemos por primera vez ayuda; quizás un maestro significativo o una materia importante se cruce en su camino, y también es probable que tengamos experiencias de aprendizaje muy fuertes, descritas por el aspecto en cuestión. Finalmente, es posible que hallemos un renovado sentimiento de nuestra importancia personal o de nuestra realización vocacional a medida que nos conectemos con la sensación de tener un propósito en la vida. La experiencia de la crisis nos puede proporcionar la oportunidad de atravesar el umbral de maduración que nos hemos saltado. Con frecuencia nos vemos inmersos en duros enfrentamientos con las Oposiciones y los conflictos que llevamos dentro. Volver a equilibrar una unilateralidad puede ser un proceso estrepitoso o sutil; quizá lo acojamos bien, pero también puede parecernos amenazador, si lo que nos exige es familiarizarnos con los aspectos reprimidos, indeseables y destructivos de nuestra propia sombra, o incluso si significa cambios positivos que nos resultan difíciles de aceptar. Diversos tipos de experiencias transpersonales, tanto positivas como negativas, pueden acompañar a la vivencia del sufrimiento y de la sanación. Cualquier de los dominios transpersonales, podría abrirse ante nosotros y traernos un cambio de percepción, una "irrupción en otro plano", seguida por una experiencia de "realización hierofántica", es decir, por una apreciación de la unidad subyacente en toda vida, más allá del dualismo que normalmente llamamos realidad. Este tipo de experiencias promueven la sanación, y su negación puede ser el factor subyacente en nuestra enfermedad. La experiencia de la enfermedad, lo mismo que la muerte de un ser próximo a nosotros, nos enfrenta con la fragilidad de nuestra condición mortal; la aceptación de la muerte, por si misma, aporta una medida de sanación a nuestra actitud ante la vida, así como en el caso del propio Quirón la sanación siguió a su viaje al mundo subterráneo. Después de los Tránsitos importantes de Quirón, la gente que ha tenido dificultad en "estar aquí" suele tomar aguda consciencia de la transitoriedad de la vida sobre la Tierra, y sentir una sensación de compromiso y un entusiasmo renovados. Además, cualquier "estación" (cambio de movimiento) de Quirón que pueda producirse durante sus Tránsitos representa un momento en que está a nuestra disposición un gran caudal de energía sanadora.

Los Tránsitos de Urano

Un Tránsito de Urano se asocia con el cambio y la ruptura, y con la fase de nuestra vida en que algo nuevo - algo "excéntrico"- necesita irrumpir en la consciencia. Son momentos para ser curioso y para experimentar, periodos en que se puede intentar cosas nuevas y que hay que riegos que correr. En ocasiones optamos conscientemente por hacer esos cambios; otras veces nos parece que fueron impuestos por acontecimientos externos. En todo caso, Urano se empeña en ponernos en contacto con partes inexploradas de nuestra naturaleza. Allí donde, en aras de la seguridad, nos hemos anquilosado en nuestra manera de ser, Urano nos avisa que estamos preparados para emanciparnos o embargarnos en aquello que nos espera; otras vuelven a taparse la cabeza con las sábanas y no quieren enterrarse de nada. Los Tránsitos de Urano a cualquier cantidad de puntos del mapa natal corresponden a un periodo de la vida en el que el tiempo pasa más rápidamente y en el que el ritmo de vida se acelera a fin de acuciarnos a que asumamos riesgos y apresuremos la experimentación y el nuevo crecimiento. Estos Tránsitos no causan necesariamente acontecimientos repentinos, sino que, a menudo indican épocas en las que actuamos inconscientemente de maneras que tal vez atraigan tales experiencias. Uno de los mejores modos de expresar el principio esencial incluido en estos Tránsitos es: que en esta época podemos lograr una perspectiva más desapegada y objetiva en una dimensión particular de la experiencia si nos permitimos franquearnos y liberarnos de los estorbos de la tradición, el hábito, los condicionamientos pasados y los prejuicios socio-culturales. Como todos los Tránsitos de los planetas transpersonales, los Tránsitos uranianos activan lo que está listo para que ocurra porque nosotros estuvimos creciendo. Todos los deseos de un nuevo crecimiento que aún no activamos (convirtiendo así a la energía en un formidable depósito de tensión interior) son enfrentados rápidamente en tales épocas. Se pone en foco inmediato el desafío a crecer libre y rápidamente. De hecho los Tránsitos uranianos marcan épocas en las que nos damos cuenta de que hemos superado nuestras viejas pautas de vida. Por supuesto, a menudo tendemos a demorarnos en nuestras viejas rutinas por miedo, inercia, deseos de seguridad o ansiedad respecto de cambios imaginados, aunque hayamos superado estos viejos modos de vida. Sin embargo, cuando Urano transita los planetas o ángulos natales, de pronto enfrentamos todos los cambios necesarios para el crecimiento futuro. Aunque tal vez no lo reconozcamos, lo que entonces ocurre fue programado, en la mayoría de los casos, por nuestros cada vez más descontentos pensamientos, sentimientos y conducta. Aunque, a la sazón, experimentamos algo traumático que evidentemente no queríamos (por ejemplo, la muerte o mudanza de un amigo intimo), tal vez veamos unos meses o años después que eso fue bueno para nosotros, que nos liberó para que fuéramos más independientes y que aprendiéramos cómo ganarnos la vida. El significado esencial de un Tránsito uraniano es que nos despierta a nuestro verdadero estado de libertad respecto de lo que hemos superado. Nos libera de todo aquello a lo que no estamos ya atados por deber, miedo, karma o necesidad; y nos despierta a un independiente estado del ser y a nuestra singular finalidad vital. 

Urano en la Mitología

No es mucho lo que se dice sobre Urano en la mitología, pero el mito principal referente a esta deidad nos ayuda a aclarar el funcionamiento de los Tránsitos del planeta. En la mitología griega, a Urano le tocó un papel clave en la saga de la creación. En el comienzo era el caos, del cual nació Gaia (o Gea), la Tierra Madre. Después, Gaia dio a luz a Urano, que aunque fuera su hijo, se convirtió también en su pareja y amante. Gaia tenia el control de la Tierra, en tanto que Urano, el primer dios del cielo, regia los cielos estrellados y el vasto espacio ilimitado. Ya podemos ver que Urano no era un principio terrestre: estaba casado con uno, para él, personalmente, estaba asociado con el aéreo ámbito de las visiones y los ideales, no con los aspectos prácticos y mundanales de la existencia cotidiana. Noche tras noche, los cielos estrellados (Urano) descendían a yacer sobre la tierra (Gaia), y como resultado, ambos produjeron un surtido de hijos bastante estrafalario. Primero fueron los Titanes, una raza de gigantes de los que se cree que fueron los progenitores de la raza humana. Después vinieron los Cíclopes y otros monstruos diversos, algunos con un centenar de brazos y cincuenta cabezas. A Urano no le complacían mucho los hijos que engendraba; los encontraba feos, toscos y deformes, en nada semejante a lo que él había soñado para su progenie. En vez de admitirlos en la existencia, volvía a meterlos uno por uno en el vientre de Gaia, una manera poética de expresar que los desterraba al submundo del inconsciente y les vedaba toda expresión vital (lo mismo que hacemos todos con las partes de nosotros mismos que no nos gusta). En su mente, Urano tenia una imagen o visión ideal de cómo debían ser sus hijos, pero una vez que nacían, no estaban a la altura de sus expectativas. De modo similar, cuando las personas que nacen con un elemento uraniano fuerte en su mapa natal intentan convertir una visión en un realidad concreta, es frecuente que el resultado los decepcione. Quizá tengan, por ejemplo, una imagen de lo que seria su relación ideal, pero cuando consiguen establecer una unión, la realidad está lejos de sus esperanzas. No se sabe por qué, la relación no concuerda con el concepto que tenían en la mente, de modo que la destruyen y vuelven a emprender la búsqueda continua de una que satisfaga su ideal. O bien la persona uraniana puede idear un sistema político perfecto, que sin embargo cuando lo lleva a la práctica no le funciona, de modo que lo abandona para orientarse hacia otro. Los tipos fuertemente uranianos dejan tras de si una estela de proyectos a medio terminar, y a veces se da una situación paralela cuando Urano transita por nuestro mapa: nos sentimos descontentos o inquietos con los asuntos de la Casa o de la esfera de la vida que en ese momento está afectada por Urano. Queremos alterar o reorganizar ese dominio de nuestra existencia, y nos dejamos tentar por cualquier cosa que nos prometa algo mejor que lo que ya tenemos. No es de asombrarse que la Tierra Madre no le regocijara mucho que Urano le volviera a meter toda su progenie en el vientre, de modo que se vengó: construyó una hoz de acero e imploró a sus hijos que alguno de ellos castrara a su padre. El hijo menor, Cronos (Saturno), exhibiendo ya su característico sentido de responsabilidad, se ofreció para la tarea. Aquella noche Urano descendió, como siempre, y en el preciso instante en que estaba por tenderse sobre Gaia, Cronos seccionó los órganos genitales de su padre y los arrojó al mar. Tal como Cronos castró a Urano, astrológicamente Saturno amputa el impulso creativo y la potencia de Urano. Esta imagen sintetiza una guerra básica que existe en toda psique humana: una necesidad saturnina de mantenimiento y preservación que entra en conflicto con nuestro anhelo uraniano de alteración, variedad y cambio. Una parte de nosotros prefiere mantener las cosas como están (el principio de homeostasis), en tanto que otra quiere seguir creciendo y desarrollándose. Saturno construye, conserva y rinde honores a lo conocido y probado; Urano, en nombre del progreso, quiere demoler para dejar lugar a algo nuevo, por eso es necesaria la gran ayuda de proporciona la integración de Quirón, el mediador que hace posible un acuerdo entre ellos.

El Dilema Saturno-Urano

Un mito es algo que jamás sucedió, pero que siempre está sucediendo. Psicológicamente, Saturno castra a Urano cada vez que hay fuerzas de resistencia (a veces externas, a veces internas, a veces de ambas clases) que nos impiden emprender una acción nueva o tomar una nueva dirección. Podemos bloquear a Urano por muy diversas razones: el sentido del deber, un compromiso o una responsabilidad, o también una necesidad básica de seguridad, unida al miedo de lo desconocido. Si rendimos homenaje a Saturno, nos detenemos y nos quedamos inmóviles, pero la necesidad uraniana de cambio sigue estando ahí, escondida y soterrada. El mito nos presenta claramente las consecuencias de que Cronos castrase a Urano. Unas gotas de la sangre del miembro amputado cayeron al suelo (el útero de Gaia) y dieron nacimiento a las Furias, cuyos nombres (Alecto, Tisifone y Mégera) se traducen como envidia, venganza y odio. Si bloqueamos o reprimimos los cambios que nos pide Urano, entonces nacen las Furias dentro de nosotros. Exteriormente podemos mantener bien firme la tapadera, pero por dentro bullimos de resentimiento hacia aquellos por quienes nos sentimos restringidos, y de envidia hacia los que están en libertad de progresar mientras que nosotros permanecemos estancados. Y, lo sepamos o no, es posible que estemos también enojados con nosotros mismos. Urano exige que emprendamos la acción, pero cuando no permitimos que esto suceda, la energía que se habría dedicado a hacer cambios en nuestra vida ahora no tiene adonde ir, de modo que se vuelve sobre si misma y, en forma de enfermedad, ataca el cuerpo. O bien se encuba peligrosamente en la psique hasta que termina por hacer erupción, a veces en forma de trastornos nerviosos. O en todo caso, es tanta la energía que necesitamos para mantener soterrado a Urano que nos queda muy poca para vivir. No es extraño, pues, que terminemos cansados, apáticos y deprimidos. Los Tránsitos de Urano no se asocian generalmente con estados de depresión, enfermedad o fatiga, pero en el caso de que se presenten reacciones así durante un Tránsito importante de este planeta, eso quiere decir que estamos bloqueando algo dentro de nosotros que necesita salir y expresarse. Supongamos, sin embargo, que decidimos obedecer a nuestros impulsos uranianos y desbaratar las estructuras de nuestra vida en aras de algo nuevo. O dicho de otra manera, ¿qué sucede si Saturno no consigue un éxito total en su empresa? Se lanza contra Urano, pero falla el golpe, y Urano, ileso aunque pierda una gotas de sangre, sigue alegremente su camino, pero... ahora es Saturno quien está encolerizado. Si, fieles al espíritu uraniano, nos enfrentamos con el status quo o con el orden establecido, quizá nos encontramos con que las Furias se abaten vociferando sobre nosotros, por obra de quienes se sienten amenazados por nuestros actos de "rebelión". Como hemos liberado nuestros impulsos uranianos, su energía ya no bulle dentro de nosotros, sino que en cambio nos atacan desde el exterior. Esa clase de inversión no es rara en caso como la ruptura de una relación.

El Nacimiento de Venus
  
Afortunadamente, no son las Furias lo único que nace del conflicto entre Urano (el cambio) y Saturno (el deseo de mantener y preservar). De acuerdo con el mito, Cronos arroja el órgano viril de Urano al mar, donde se confunde con la espuma y da nacimiento a Afrodita (Venus). ¿Qué quiere decir esto? Esta parte del mito sugiere que Venus -el principio del amor, la belleza, la armonía, la diplomacia y el equilibrio- puede nacer de la tensión entre las fuerzas saturninas de la homeostasis y las fuerzas uranianas de la ruptura y el cambio. El nacimiento de Venus indica la posibilidad de presentar ideas y alternativas nuevas de una manera delicada y diplomática, que no parezca tan amenazadora para el orden existente de las cosas. Urano tiende a deshacerse por completo de Saturno, a hacerle pedazos. La respuesta de Saturno ante este ataque es asentarse firmemente en el suelo y hacer todo lo posible por suprimir cualquier cambio. Sin embargo, si Urano evoluciona hacia un estilo más venusino, quizá sea posible engatusar a Saturno y conseguir de él una actitud más flexible. Suavizado por Venus, Urano podría defender su posición, sugiriendo: "De lo viejo conservemos lo mejor, pero haciendo lugar para algo nuevo". O bien: "hace un tiempo que ando por aquí, Saturno, y he estado observando tu manera de hacer las cosas; gran parte de lo que haces es sensato, pero creo que tal vez tendríamos que tratar de alterar ligeramente algunas cosas para ver si no funcionarían mejor de otra manera". Con ayuda de Venus y de manera más suave y considerada, Urano podría preparar a Saturno para algo nuevo. Si la diplomacia y el tacto nos fallan, y el sistema vigente se niega a ceder, puede ser que no nos quede otra alternativa que enfrentarnos directamente con el status quo... y con las consecuencias. A veces puede suceder que no tengamos otra opción que desbaratar algún aspecto o aspectos de nuestra vida para volver a un camino más correcto y más auténtico para nosotros. Además de su papel de diosa del amor y de la belleza, Venus era también la que restablecía el equilibrio o reparaba la injusticia. Si, por ejemplo, nos sentimos aprisionados por una relación que nos impide crecer hasta concretar nuestras potencialidades, quizá tengamos que romper o abandonar ese vinculo con miras a organizar nuestra vida más de acuerdo con lo que nuestro Ser nuclear tiene en vista para nosotros. De esta manera, entre conflictos y conmociones, apartamos de nuestra existencia los aspectos que no concuerdan con la verdad más profunda de nuestra naturaleza.


Los Tránsitos de Neptuno

"Nuestro destino, el centro y hogar de nuestro corazón, está en el infinito, y sólo allí". Estas palabras, escritas por un poeta romántico encierran en si la esencia de Neptuno: el deseo de trascender el sentimiento de ser un yo aparte para fundirse con algo más grande. Aunque con frecuencia hablemos de "encontrarnos a nosotros mismos", es decir, de que cada cual descubra su peculiar identidad y se defina en función de los atributos y logros que él mismo ha escogido, Neptuno es lo opuesto: es el anhelo de perdernos, de disolver o transcender las fronteras del yo aislado. Pero para que podamos comprender plenamente qué significa o implica la idea de trascender el yo, debemos recordar qué se entiende por yo o ego. Brevemente definido, "ego" es el sentimiento que cada uno tiene de si mismo en cuanto individuo aparte; dicho de otra manera, nuestro sentimiento de ser un "yo". Que seamos un "yo" significa que podemos autodefinirnos; somos esto, pero no aquello, terminamos en alguna parte y los demás empiezan en alguna otra. Sin embargo, no nacemos con un un ego o un sentimiento de "yo", y en la vida intrauterina no tenemos consciencia de nosotros mismos como seres aparte: somos uno con nuestra madre, y para nosotros ella es el mundo entero. Por lo tanto, creemos que nosotros somos el mundo entero; creemos serlo todo, y experimentamos lo que Freud llamaba un sentimiento "oceánico" de la realidad. Sin embargo, después de nacer empezamos a diferenciarnos y a distinguirnos, no solamente de nuestra madre sino también del medio. Al crecer nos damos cuenta de que somos distintos, de que somos seres aparte de las otras personas y cosas que nos rodean: esto soy yo y esto es el no-yo. Pero no sólo nos distinguimos de las otras personas, sino que llegamos también a identificarnos sólo con ciertas partes de nuestra personalidad y de nuestra naturaleza, negando otras o prescindiéndonos de ellas. Dicho de otro modo, además de la escisión yo/otros, se da también una división o frontera entre nuestro yo (nuestro sentimiento de quiénes somos) y otras facetas de nuestra naturaleza que no queremos reconocer como propias o que ni siquiera sabemos que están ahí. Por ejemplo, podemos identificarnos con aquella parte de nosotros que es bondadosa y afectuosa, y negar o reprimir la que es negativa y destructiva. De tal modo, la escisión yo/no-yo significa no sólo trazar una linea entre nosotros y los demás, sino también dividir nuestra propia totalidad en dos partes: aquello de lo que somos conscientes y con lo que estamos dispuestos a identificarnos porque admitimos que nos pertenece, y aquello de lo que no somos conscientes o que no estamos dispuestos a admitir como parte nuestra. Neptuno es un "disolvente de fronteras" , en sus Tránsitos, difumina o disuelve la frontera entre nosotros y los demás. Neptuno en Tránsito formando aspecto con el Sol natal, por ejemplo, puede señalar un momento en que nos "perdemos" en otra persona, o que tenemos vivencias de nuestra unidad con la totalidad de la vida. Pero Neptuno demuele también la frontera interna entre consciente y inconsciente, sumergiendo o anegando nuestra identidad consciente en contenidos provenientes del inconsciente. Si nos hemos identificado principalmente como seres fuertes, capaces y seguros de nosotros mismos, es probable que durante un Tránsito de Neptuno en aspecto con nuestro Sol natal descubramos en nuestra naturaleza una vertiente de confusión, debilidad o desvalimiento. Neptuno es como un disolvente que diluye la fuerza de una energía hasta entonces concentrada, ya sea que se trate de una carrera o de una relación cuidadosamente estructurada, o bien de una convicción o de una actitud hacia nosotros o hacia el mundo tenazmente mantenida.

La Unidad y la Separación

El efecto disolvente que tiene sobre las fronteras un Tránsito de Neptuno puede intensificar nuestra consciencia de la unidad de todas las formas de vida y aumentar nuestra capacidad de empatía y nuestro sentimiento de estar conectados con todo lo que existe. No es fácil captar la idea de la unidad esencial de toda vida, y es más difícil aún para los que, en la sociedad occidental, hemos sido concienzudamente educados en la creencia de que "yo" termino en un lugar y "tú" comienzas en otro. Sin embargo, los místicos, tanto de Oriente como en Occidente, han hablado siempre de otra dimensión de la realidad, en cada nada existe aisladamente. Los budistas tienen un dicho, "Todo en uno y uno en Todo", una idea de lo que hace eco con " Todo lo que el hombre tiene aquí externamente en la multiplicidad es intrínsecamente Uno". Aunque en la superficie "yo" puede pueda parecer diferente de "tú", y una mesa no sea lo mismo que una silla, en nuestros niveles más profundos todos compartimos la misma cualidad básica: somos Seres o Entidades. Neptuno simboliza la necesidad de disolver un sentimiento rígido de individualidad y separación para redescubrir la unidad subyacente en toda vida y reconectarnos con ella. Neptuno representa aquella parte de nosotros que, en el corazón mismo de nuestro ser, está ávida de disolver las divisiones que nos impiden tener la vivencia de nuestra unidad esencial con el resto de la vida. Para poder hacerlo tenemos que renunciar hasta cierto punto a nuestro ego, es decir, a nuestro sentimiento de ser un "yo" aparte. En sus Tránsitos, Neptuno puede aportarnos el tipo de vivencias espirituales o experiencias cumbre mediante las cuales llegamos a trascender momentáneamente nuestra realidad normal de "yo-aquí-dentro" opuesta a "tú-ahí-fuera", y a tener atisbos de aquella parte de nosotros que es universal e ilimitada. Cuando Neptuno está activo en nuestro mapa, estos súbitos avances en la consciencia pueden producirse espontáneamente, en cualquier parte y en cualquier momento, aunque con frecuencia van asociados con ciertos sentimientos o actividades: momentos de serena comunión con la naturaleza, escuchando música, meditando ya sea a solas o en un grupo, y otros semejantes. El deseo de expansión y de crecimiento espiritual está siempre dentro de nosotros, pero hay ciertos periodos en la vida en los cuales se activa con más fuerza. Bajo la influencia de los Tránsitos de Neptuno, la necesidad religiosa o  puede ser movilizada por una insatisfacción o una disconformidad creciente con nuestra vida y nuestros logros actuales: quizás hayamos tenido un éxito financiero o social admirable, y sin embargo nos descubrimos pensando: "Bueno, ¿y qué? ¿Esto es todo?", Vacíos pese a haber conseguido cosas y logros externos, quizá nos encontremos con que la atención se vuelve hacia adentro y buscamos ahora el significado y la realización en el mundo interior del espíritu.

La Pérdida del Yo

La disolución del yo no significa tener automáticamente una vivencia estática de nuestra naturaleza infinita e ilimitada. Perder las fronteras del ego puede dar en ocasiones la sensación de que uno se reventara por las costuras; perdemos el control de aquello a lo que se permite (o se niega) el acceso a la consciencia, y como resultado, es probable que nuestra identidad presente sea invadida por partes de nosotros mismos que hasta ese momento habíamos conseguido mantener a raya. La confusión respecto de quiénes somos en realidad nos lleva a no saber ya lo que queremos en la vida. La nostalgia neptuniana por retornar a un estado de bienaventuranza primaria puede conducir también al escapismo, a tendencias suicidas y a la tentación de perder el yo en las drogas, el alcohol o en cualquier circunstancia o persona que se nos presente. La derrota del ego es una experiencia de abatimiento y de humillación. Cuando Neptuno en Tránsito formas aspectos con nuestros planetas natales, es frecuente que nos encontremos en situaciones que no queremos estar, pero que no podemos hacer nada por remediarlo. Es posible que nos enojemos con Dios por abrumarnos con tantos males, o que recemos implorando su ayuda. Hay quien echa la culpa al gobierno de sus problemas. Pero no importa que insultemos al gobierno o que nos refugiemos en el Señor: con frecuencia los Tránsitos de Neptuno nos obligan a reconocer que "ahí fuera" hay fuerzas mayores y más poderosas que nosotros. Descubrimos que en realidad no es en modo alguno el yo quien dirige el espectáculo, sino que a veces también él tiene que inclinarse ante una voluntad superior. Es frecuente que los Tránsitos de Neptuno nos pidan que sacrifiquemos aspectos de nuestra vida y de nuestra identidad que han sido importantes para nosotros. Puede haber personas o cosas que queremos desesperadamente, o que sentimos que necesitamos, pero el Cosmos, el Hado o nuestro "ser superior" -depende de cómo queramos llamarlo- no está dispuesto a concedernos lo que con tanta urgencia deseamos. Aprender a renunciar es una lección neptuniana. Bajo la influencia de ciertos Tránsitos de este planeta, podemos encontrarnos con que el mundo se nos desmorona. El suelo desaparece bajo nuestros pies, y las estructuras y los apuntalamientos que dábamos por seguro se desploman. Nos sentimos impotentes y a merced de la vida. Mientras esto sucede, es difícil imaginar que de la disolución que experimentamos puede salir nada positivo. La sensación es más bien la de una maldición que la de una fuerza superior que esté actuando en favor nuestro o favoreciendo nuestro crecimiento. Queremos aferrarnos a lo que se va, atrasar el reloj y mantener las cosas como estaban, pero por más que nos esforcemos, nuestros intentos de conseguirlo siempre fallan. Sólo cuando finalmente renunciamos y nos relajamos, creamos la posibilidad de que llegue algo que nos ayude a superar nuestras dificultades y a dar el paso siguiente para entrar en una nueva fase de la vida. Orfeo, el héroe griego, tuvo que aprender esta lección, y la historia de su amor por Euridice es un ejemplo de lo que puede suceder cuando Neptuno está transitando por nuestro mapa natal.

La Aflicción de Orfeo

Orfeo es un héroe neptuniano, músico y poeta, cuyas hermosas canciones hacen que los arboles lloren y las rosas se derritan. Por obra de su música eleva el ánimo de los hombres, expande su consciencia y los hace abrirse a sentimientos y emociones de naturaleza universal o eterna. Su mito nos habla del día de su boda, el día en que se casó con Euridice, la mujer de sus sueños. Lo lógico seria que estuviese rebosante de alegría, pero se ha producido un accidente: después de hacer los votos nupciales, Euridice sale a pasear con una de sus amigas, tropieza con una serpiente, recibe su picadura y muere. El júbilo se convierte de pronto en tragedia. Quizá la gente que pasa por Tránsitos de Neptuno reconozca esta clase de experiencia, en que lo prometedor y maravilloso puede convertirse en un desastre, en tanto que lo que parecía espantoso termina por resultar una bendición inesperada. Neptuno disuelve las fronteras, y bajo su influencia hasta la distinción entre éxtasis y dolor puede volverse incierta. Incapaz de aceptar su trágica situación, Orfeo niega el carácter decisivo de su amada y busca la forma de negociar su recuperación. Como la mayoría de las personas a quienes un destino trágico conmueve, quiere retrasar el reloj, hacer que las cosas vuelvan a ser como antes de la tragedia. Mediante el ardid de cantar una canción que hace dormir a Cerbero (el perro que guarda las puertas del infierno), consigue entrar en el dominio de Plutón y Perséfone y rogarles que permitan a Euridice regresar a nuestro mundo. Plutón y Perséfone son administradores severos: generalmente, a nadie que muera y descienda al submundo se le permite volver a salir. Pero Orfeo, con sus palabras y su música conmovedora, argumenta de manera tan convincente que consigue que el rey y la reina del mundo subterráneo flexibilicen su regla: un ejemplo más de cómo la fuerza de Neptuno puede disolver la rigidez y la dureza. Plutón y Perséfone permiten a Orfeo que se lleve a Euridice de vuelta a la tierra de los vivos, pero con la advertencia de que no debe girarse y mirarla durante el camino. Llevándola de la mano, Orfeo conduce a Euridice fuera del mundo subterráneo, pero cuando están a punto de salirse a la luz, ya no puede resistirse a la tentación de girarse y mirarla; tan pronto como se vuelve a contemplar los ojos de su amada, ella se disuelve en el aire, y con ella toda esperanza de felicidad. La promesa de redención y renovación desaparece ante sus propios ojos, y la esperanza de felicidad se esfuma trágicamente. ¿Qué fue lo que movió a Orfeo a mirar atrás? Bien le habían advertido ya que no lo hiciera, y estaba a punto de alcanzar el deseo de su corazón. Tal vez tuvo un momento de desconfianza. "¿Y si me estuvieran engañando? ¿Y si quien viene detrás de mi no fuera Euridice, sino alguien a quien han puesto en su lugar?" Orfeo no confía; empieza a cuestionar y a analizar la situación, y esto es lo que lo pone en dificultades. Es muy frecuente que, bajo la influencia de los Tránsitos de Neptuno, sintamos una especie de ansiedad, una fuerte inclinación a seguir cierto camino: empezamos a ir en una dirección, pero después algo nos detiene e interrumpimos el proceso. Quizá queremos estar absolutamente seguros de hacia dónde nos llevará finalmente la dirección que escogimos, pero Neptuno no ofrece esta clase de garantías; lo que nos pide es que nos entreguemos sin saber qué recibimos a cambio. Orfeo vuelve a estar solo. Su táctica de negociación le ha fallado y ya no puede seguir negando la muerte de Euridice. Tras haber agotado todos los recursos con que contaba para afrontar su muerte, no le queda más que aceptar la inevitabilidad de lo sucedido. Ahora no tiene otra opción que hacer lo que hasta ese momento no se ha permitido: el duelo por su esposa. Se ha empeñado tanto en luchar contra la situación que todavía no se ha entregado del todo a su tristeza y a su dolor. Para hacerlo se instala en las proximidades de una orgía dionisíaca, que precisamente está llegando al momento culminante. Aquí volvemos a encontrarnos con los dos extremos de Neptuno: el arrobamiento y el éxtasis de los celebrantes comparado con el profundo dolor de Orfeo. Los principiantes, al ver a Orfeo allí sentado, tan deprimido, le imploran que se una a los festejos. Con frecuencia hacemos lo mismo cuando nuestros amigos están deprimidos, instándolos a que salgan del estado en que se encuentran, invitándolos a que vengan a tal o cual fiesta, a que conozcan gente nueva y cosas así. "Te hará bien -les decimos- te ayudará a salir de ti mismo." Verlos tan desdichados hace que nos sintamos incómodos, en parte porque nos recuerda el dolor que sentimos por las cosas que hemos perdido en la vida. Pero Orfeo se niega a unirse a la fiesta; él quiere seguir donde está, no sólo física sino también psicológicamente. Los celebrantes se encolerizan: ellos están tratando de pasarlo bien, y seguramente no quieren escuchar lamentaciones, ni que les recuerden todos los sufrimientos del mundo, de manera que deciden matarlo. Uno tras otro van arrojándole sus lanzas, pero las canciones y los lamentos que entona Orfeo son tan conmovedores que las jabalinas se detienen antes de haber llegado a herirlo. Finalmente, los del grupo se dan cuenta de que si vociferan tan alto como les sea posible, las jabalinas no podrían oír la música y no quedarán detenidas en el camino. Cuando así lo hacen, las armas aciertan en el blanco y Orfeo muere. "¡Pobre Orfeo, qué destino tan trágico!" es lo primero que pensamos. Pero lo que en este caso parece un destino terrible es en realidad todo lo contrario. Su muerte significa que se reunirá en el otro mundo con su perdida Euridice. Podrán vagabundear tomados de la mano por las praderas del Hades, y mirarse a los ojos todo lo que quieran. La muerte sacrificial de Orfeo, que al principio parece una tragedia más en su vida, termina por ser una bendición enmascarada. El éxtasis se convierte en dolor, pero el dolor se convierte en éxtasis. Bajo la influencia de Neptuno, estos recíprocos ocultamientos confunden la seguridad de nuestros juicios. La muerte de Orfeo se puede tomar literalmente, pero también entenderla como símbolo de un cambio de personalidad importante. Su lucha por recuperar a Euridice no le lleva a ninguna parte, pero en cambio la resignación y la aceptación de la pérdida, aun no siendo lo que quería, producen una transformación que le permite hallar la paz y la reconciliación. En el proceso, Orfeo aprendió una de las lecciones que nos enseñan los Tránsitos de Neptuno: a veces, la solución de un problema sólo se puede hallar si renunciamos a encontrarla respuesta. De la misma manera, hay veces en el que el yo agota sus recursos y nuestra manera habitual de afrontar los problemas no nos funciona. Pero sólo entonces se crea una situación tal que nos permite descubrir nuevas maneras de resolver nuestras dificultades o de reconciliarnos con ellas... maneras que jamás se nos había ocurrido si no nos hubieran fallado nuestras tácticas habituales. He aquí lo que decía Jung de esos momentos que se nos dan en la vida: "El inconsciente intenta siempre producir una situación imposible para obligar al individuo a que saque lo mejor de si. De otra manera uno no ejercita sus mejores posibilidades, no está completo, no se realiza. Lo que se necesita es una situación imposible en la cual uno tenga que renunciar a su voluntad y a su propio ingenio, y no hacer nada más que confiar en el poder impersonal del crecimiento y de la evolución". Sólo cuando al ego ya no le queda poder -cuando nos falla nuestra manera normal de mejorar las cosas- puede aparecer algo más que nos redima. Bajo la influencia de un Tránsito de Neptuno, es probable que tengamos que permanecer algún tiempo atascados en una situación desagradable hasta que aparezca una solución o una respuesta. Las antiguas tretas no nos funcionan, y lo único que nos queda es esperar.
  
Los ritos de Dionisos

A Neptuno en Tránsito se le puede sentir como "Dionisos", el dios griego del vino y de la poesía, solía reunir a sus fieles para embriagarlos. Los efectos perturbadores y relajantes del vino hacían que les fuera fácil abandonarse, dejarse llevar por sentimientos de rapto, de éxtasis, que les permitían liberarse de las limitaciones y de las reglas que se les imponían como parámetros cuando estaban sobrios. No se detenían a pensar si tenían el coche mal aparcado o si debían volver a casa a tiempo para preparar la cena. Neptuno, el que disuelve los limites, afloja por tanto las restricciones que nos imponemos y permite que lleguen a la consciencia partes o aspectos de la psique que hasta ese momento hemos mantenido sepultados. En este sentido, Neptuno es la antítesis de Saturno, porque desintegra las fronteras que este último establece. Las personas que tienen en su mapa una fuerte influencia de Saturno o de Capricornio suelen ser las que más temen a Neptuno: no les gusta renunciar a lo conocido, seguro y establecido, y tienen miedo de que, si se relajan, ya ni serán capaces de volver a organizarse como antes.

Penteo, racional y conservador rey de Tebas que por encima de todas las cosas quería mantener la ley y el orden en su dominio, no podía creer que Dionisos fuera un dios. Lo veía como un salvaje vestido con pieles de animales y perseguido por un grupo de mujeres delirantes que no tenia mucho que ver con la imagen de la divinidad. Bajo los Tránsitos difíciles de Neptuno podemos encontrarnos con que el mundo se nos viene abajo: las estructuras de sostén y los apoyos en que confiábamos como base de nuestro sentimiento de nosotros mismos se nos escapan. Y, como a Penteo, puede ser que nos resulte difícil reconocer que esta forma de disolución esté al servicio de los objetivos de nuestro Ser nuclear y más profundo, o que, en última instancia, actúe favoreciendo nuestra evolución. Se la percibe más bien como una maldición que como algo positivo. El propio Dionisos fue descuartizado por los Titanes, la raza a la que pertenecía Saturno. En una versión de la historia, su hermana Atenea rescata el corazón de Dionisos y se lo entrega a Zeus. Éste se traga el corazón, se une a la mortal Sémele y Dionisos vuelve a nacer. (Es interesante que en esta versión del mito la diosa de la sabiduría racional, Atenea -por contraposición con la sabiduría dionisiana, arrebatada y jubilosa-, sea hermana de Dionisos, lo cual sugiere que entre ellos hay un vinculo profundo, que se complementan). Como Dionisos, el dos veces nacido, también nosotros morimos y renacemos muchas veces en la vida. Bajo la influencia de los Tránsitos difíciles de Neptuno también nosotros podemos hacernos pedazos y perder las cosas que nos dan un sentimiento de identidad, y sin embargo nuestro corazón -nuestra esencia- perdura. Y tanto que nuestra esencia perdure, podemos renacer. Desmembrarnos. hacernos pedazos, quiere decir morir tal como nos conocemos, pero también nos ofrece la posibilidad de volver, nosotros mismos, a recomponernos de una manera nueva. Los Tránsitos neptunianos armonizan invariablemente a una persona con un reino de lo intangible. Aunque a menudo se siente como periodos confusos de incertidumbre general, también puede experimentarse como épocas de inspiración o incluso de iniciación a través de la depuración y la espiritualización de nuestra personalidad del modo indicado. Estos periodos son, potencialmente, épocas para aprender las lecciones más sutiles de la vida y advertir que los factores intangibles e inmateriales son más importantes y poderosos que los asuntos mundanos de la vida cotidiana que la mayoría parece considerar como la realidad última. A través de la vibración neptuniana que impregna nuestra consciencia, podemos (ya sea voluntaria o involuntariamente) franqueamos al reino de las posibilidades infinitas que pueden acuciar una ampliación tremenda de la consciencia e incluso una armonización con los niveles universales y cósmicos del ser. Los Tránsitos de Neptuno nos dan una oportunidad para que depuremos nuestro entendimiento, nuestras actitudes y nuestra conducta sobre la base de una percepción aguda de las fuerzas intangibles en actividad. ¡Tendemos a confundirnos y a estar en el aire en tales épocas si no nos armonizamos con un ideal!

Los Tránsitos de Plutón

La gente tiende a sentir miedo de los Tránsitos de Plutón, y su razón tienen, porque nos las vemos aquí con el dios de la muerte, cuyo dominio es el submundo tenebroso y sombrío. Con frecuencia, los Tránsitos de Plutón nos pone dolorosamente en contacto con la muerte. En algunos casos esto hay que entenderlo literalmente -nuestra muerte o la de alguien próximo a nosotros-, pero lo más común es que correspondan con muertes psicológicas o "muertes del yo": la muerte de una parte de nosotros mismos tal como nos conocemos. Casi todos establecemos y reforzamos nuestra identidad aferrándonos a cosas que nos proporcionan una cierta sensación de quiénes somos. La gente con quien nos asociamos, la persona con quien nos casamos, el trabajo que hacemos, el dinero que tenemos en el banco, los hijos que traemos al mundo, la religión o filosofía que abrazamos... todo esto nos ayuda a configurar y sostener nuestra identidad. En el curso de nuestro desarrollo, además, vamos formándonos opiniones o creencias sobre nosotros mismos y sobre la vida "de afuera, y esos "guiones" o "anunciados vitales", como se les suele llamar, también contribuyen a nuestro sentimiento de identidad. El guión de una persona puede ser: "Soy capaz de alcanzar lo que quiero"; el de otra quizá sea: "Yo siempre pierdo". Un anunciado vital podría ser: "El mundo es un lugar seguro en el que puedo confiar", en tanto que otro quizá seria: "El mundo es peligroso y está empeñado en destruirme". Configuramos nuestra identidad psicológica no sólo por mediación de nuestras relaciones o de un trabajo, una vocación o un talento, sino también mediante este tipo de anunciados y de creencias sobre la vida y sobre nosotros mismos: forman parte de nuestra mitología personal y pueden ser inconscientes, en cuyo caso no los cuestionamos. Bajo la influencia de un Tránsito de Plutón cualquiera de los "soportes" de los que derivamos nuestra identidad puede desplomarse o estropearse irremediablemente, porque con Plutón no hay marcha atrás ni retorno a la inocencia. Este tipo de muertes psicológicas es bastante frecuente: todos hemos experimentado el final de un "capitulo" de nuestra vida, el término de una carrera o de una amistad importante: la muerte de nosotros mismos tal como nos hemos conocido. Cuando está en juego Plutón, sin embargo, ese dolor puede, además, hacer aflorar a la superficie emociones mucho más oscuras -rabia, o un tremendo sentimiento de humillación- que nos obligan a reconocer la ferocidad con que nos aferramos a las cosas. Incluso renunciar a vínculos negativos -a una mala relación, a un trabajo insatisfactorio o a un "guión de perdedor"- nos exige reconocer la magnitud de nuestro sentimiento de pérdida e impone a nuestra vida reajustes muy importantes. Ya podemos tener perfecta consciencia de que lo mejor que podemos hacer es desprendernos de una relación insatisfactoria o destructiva -podemos pasar años en psicoterapia intentando transformar los modelos negativos que arrastramos desde de la niñez-, y sin embargo seguimos teniendo una sensación de pérdida y estando mal dispuesto a liberarnos de estos lazos. En un nivel intelectual podemos saber que hacerlo significará un renacimiento y que los cambios serán positivos, pero aun así la muerte de nuestro apego nos da miedo y nos duele.

Bienaventurados los que lloran, y especialmente los que aprenden que el llanto y el duelo no sólo están hechos de dolor y tristeza, sino también del enojo o de la culpa que sentimos por nuestra pérdida. Podemos estar enojados porque algo en lo que confiábamos nos abandona, o irritarnos con nosotros mismos por no haber renunciado antes a una parte gastada de nuestra vida. Podemos sentirnos responsables de haber causado la muerte de alguien o de algo que se ha ido para no volver, o culpables porque los cambios que estamos experimentando dañan o perturban a los seres que nos rodean. Para facilitar nuestro proceso de muerte y renacimiento, necesitamos tener humildad y paciencia, e ir dando tiempo a todos los sentimientos movilizados por la pérdida, porque sólo entonces podremos abrirnos plenamente a ese "yo" nuevo y desconocido que pugna por nacer. No hay manera de evitar el dolor, ni es fácil hacer el duelo: especialmente bajo la influencia de un Tránsito de Plutón, aprendemos que cualquier intento de luchar "heroicamente", cualquier obstinación en hacernos valer contra él, no consiguen más que hacer más profunda nuestra angustia. El ego -nuestro sentimiento de ser un "yo-aquí-dentro"- intenta salvaguardar estos apegos internos o externos que le dan un sentimiento de estabilidad y de solidez. Al ego no le interesa autodestruirse. Sin embargo, Plutón, el dios del mundo subterráneo, representa una fuerza que opera desde más abajo del nivel superficial de la consciencia, y que se opone a los esfuerzos de autoperservación del ego. Plutón simboliza aquella parte se nuestro psiquismo que inconscientemente "organiza" o atrae situaciones mediante las cuales nos desmorona, y no simplemente porque intervenga un factor "maléfico". Es verdad que Plutón nos desgarra, pero lo hace con un objetivo en vista: para que podamos reconstruirnos de otra manera. El Tránsito de Plutón puede crear dolor, crisis o dificultades, pero lo hace en nombre del crecimiento y del cambio necesario. Nuestra naturaleza auténtica y más profunda, aunque irreconocida para la mayoría de nosotros, es ilimitada e infinita. Si derivamos nuestra identidad principalmente de "soportes" -ya sean éstos cosas o creencias determinados o con una única imagen de nosotros mismos, el Tránsito de Plutón puede desbaratar estos apegos e identificaciones. Y lo hace para ayudarnos a que nos identifiquemos nuevamente de una manera más amplia. La Casa o el planeta que Plutón afecta en su Tránsito nos muestra los ámbitos de la vida en donde se están demoliendo y reestructurando los cimientos. Escorpio, uno de cuyos regentes es Plutón, es un Signo complejo, porque a diferencia de los demás, que generalmente tienen un único símbolo -Aries el carnero, Tauro el toro, Géminis los gemelos, etcétera-, Escorpio tiene varias representaciones distintas: el escorpión, la serpiente, el águila y el fénix. Además, Escorpio es mucho más que un mero Signo del Zodiaco donde uno puede tener el Sol, Venus, Marte o el Ascendente; representa también una faceta de la vida a lo cual todos estamos sometidos: el proceso cíclico de cambio, decadencia, muerte y renovación.

Las imágenes del descenso

El dominio de Plutón era el submundo, y en términos psicológicos el submundo es sinónimo del inconsciente. El yo es el centro de la consciencia, el centro de aquello de lo que tenemos consciencia en nosotros mismos, o con lo que nos identificamos. Sin embargo, más allá del nivel de percepción consciente del yo está el inconsciente, el conjunto de todos los atributos y elementos de nuestro ser con los cuales aún no hemos establecido contacto o que no hemos integrado. Por naturaleza, la vida avanza hacia la integración y la totalidad, y Plutón sirve a este impulso haciendo estallar las fronteras y los puntos de referencia del yo y obligándonos a reconocer aquellas partes de nosotros que el yo a excluido de la consciencia. En nombre de la totalidad, este planeta nos obligará a enfrentarnos con cualquier cosa que esté sepultada en nosotros, trátese de potencialidades intocadas o de nuestros propios demonios y complejos reprimidos. Los Tránsitos de Plutón evocan imágenes de descenso: un viaje al submundo del inconsciente, una incursión para descubrir lo que está oculto en nuestro interior. Es preciso insistir una vez más en el inconsciente no es sólo un almacén de emociones, sentimientos y complejos negativos o destructivos que nos negamos a reconocer, por más que no serán escasos los "demonios" de esta clase que encontramos al acecho en las profundidades de nuestro psiquismo. En el inconsciente hay también rasgos positivos potenciales que esperan ser reconocidos e integrados. Más adelante estudiaremos el tesoro que se oculta en nuestro inconsciente, pero primero debemos hacer frente a la bestia...

Hércules y la Hidra

En su viaje de individuación, Hércules tuvo que cumplir doce tareas o trabajos. La octava tarea, la de matar a la hidra, ejemplifica el tipo de lecciones y de problemas con que tropezamos por obra de Escorpio y de Plutón. Los Tránsitos de este planeta, en particular, suelen designar una fase de la vida en que tenemos que combatir con la hidra, la bestia que hay en nosotros. El octavo trabajo de Hércules comienza cuando su maestro le asigna la tarea de matar a la Hidra, un monstruo de nueve cabezas que ha estado devastando las tierras de Lerna. Pero antes de salir en busca de la hidra, su mentor ofrece a Hércules un consejo bien preciso: Nos elevamos arrodillándonos; conquistamos entregándonos; ganamos renunciando. Equipado con su garrote y con este aforismo, Hércules inicia su búsqueda de la bestia. La Hidra es difícil de encontrar... Como las emociones soterradas que se ocultan en el fango del inconsciente, la hidra se oculta en una "caverna de perpetua noche" situada junto a un fétido pantano; es decir, en una parte de nosotros que se resiste muchísimo a la "iluminación" o explicación racional.

Cuando localiza la caverna, Hércules dispara sus flechas hacia el interior con la esperanza de hacer salir a la Hidra, pero ésta no se mueve. Finalmente, el héroe sumerge sus flechas en brea, las enciende y, llameando, las envía hacia el interior de la guarida del monstruo. Furiosa, la Hidra emerge de su morada, con ánimo asesino y vengativo. Al disparar sus flechas llameantes al interior de la cueva, Hércules ha conseguido que la Hidra salga de su escondite. De la misma manera, bajo los Tránsitos de Plutón, provocamos - ya sea consciente o inconscientemente- situaciones que nos obligan a enfrentarnos con la bestia que llevamos dentro, o que se oculta en las personas que nos rodean. Ahora la Hidra está en la marisma, y Hércules de pie frente a ella. Armado con su querido garrote, se levanta para enfrentarse con la Hidra e intenta cortarle las cabezas, pero cada vez que una de ellas cae, aparecen tres más en su lugar. El intento de matar de esta manera a la hidra es un reflejo de la forma en que procuramos destruir nuestras emociones bestiales apartándolas de la consciencia; y sin embargo, siguen reapareciendo, cada vez más furiosas y encolerizadas. Finalmente, Hércules recuerda el consejo de su maestro: Nos elevamos arrodillándonos; conquistamos entregándonos; ganamos renunciando. En vez de seguir atacándola de pie, se arrodilla en la ciénaga, sumergiéndose en el fétido lodo, y sujetándola por una de las cabezas, levanta a la Hidra a la luz del día, donde comienza a marchitarse. Sólo tiene fuerza cuando está en el pantano; cuando se la lleva a la luz, pierde su poder destructivo. Hércules puede entonces cortarle todas las cabezas sin que ninguna renazca; sin embargo, después de haberle cortado las nueve, aparece una décima: el héroe se da cuenta de que ésta es una joya y la entierra debajo de una roca. ¿Qué significa todo esto? Si se las deja corromperse en las aguas estancadas del inconsciente, nuestros ciegos impulsos instintivos y nuestros complejos infantiles (nuestra temprana rabia destructiva, el odio hacia nosotros mismos, la envidia, los celos, la codicia, la lujuria) tienen un enorme poder sobre nosotros. Pero si los traemos a la luz del día, a la luz de la consciencia, y los mantenemos ahí, empiezan a perder fuerza. Aquello de lo que somos inconscientes tiene una especial manera de acercarse a nosotros por la espalda para atacarnos inesperadamente. Sin embargo, si somos conscientes de ello, tenemos más probabilidades de dominarlo. Por ejemplo, si no admitimos nuestros celos ocultos, encontrarán maneras disimuladas de expresarse. Nuestra pareja se comporta de tal manera que nos sentimos celosos, pero insistimos en que no es así... por más que después nos pasamos varios días actuando con frialdad, con aire distante, o echándole en cara la superficialidad con que se conduce en las fiestas. Pero sacamos los celos del pantano para llevarlos a la luz del día, creamos la posibilidad de analizar esta parte nuestra y de aprender muchas cosas sobre nosotros mismos. Esta clase de examen puede llevarnos a descubrir una rivalidad edípica que no sospechábamos, o un resentimiento hasta ahora no reconocido con nuestros padres porque prestaban más atención a uno de nuestros hermanos que a nosotros. En otras palabras, podemos descubrir los orígenes de los sentimientos que dirigimos a nuestra pareja. Al hacerlo, somos más capaces de distinguir en qué medida lo que sentimos es adecuado para la situación actual y en qué medida pertenece a emociones no resueltas del pasado. Si insistimos en negar nuestros celos, o en que no tenemos nada que ver con ellos, una exploración como ésta no es posible. La Hidra sigue estando en el pantano y manteniendo sobre nosotros su poder destructivo. La clave de la conquista de la Hidra no reside sólo en sacarla de la ciénaga. Hay mucha gente que libera a la Hidra de su represión inconsciente y termina en la cárcel o en el manicomio. La clave está en sacarla de la ciénaga y sostenerla allí, a la luz de la consciencia. Sostener es un término psicológico íntimamente relacionado con la idea de contención. Sostener significa reconocer y aceptar toda la gama de los sentimientos, permitiéndoles espacio, pero sin manifestarlos indiscriminadamente. Podemos escribir, pintar o dibujar para expresar nuestras emociones, o sacarlas a la luz durante una psicoterapia, en el curso de la cual puede suceder que un cliente desentierra un profundo enojo dirigido contra su madre o su padre, y entonces lo transfiera al terapeuta. De esta manera, las sesiones de terapia se convierten en el receptáculo de estos sentimientos de cólera hasta que el cliente los tenga resueltos y pueda pasar a otros problemas. En vez de negarlos, juzgarlos o condenarlos, se examinan y se les concede espacio. (Incluso fuera del contexto terapéutico, las mejores relaciones son las que tienen la capacidad de contener tanto el amor como el odio que inevitablemente sentimos hacia la otra persona. Es imposible tener intimidad con alguien sin que se movilicen nuestras primeras emociones infantiles. Una relación sana es capaz de aguantar y contener tanto los buenos como los malos sentimientos.)

Cuando Hércules saca la Hidra de la ciénaga y la sostiene en el aire por uno de sus cuellos, el monstruo pierde su poder. No es fácil, y es posible que lleve cierto tiempo, pero lo mismo se puede hacer con nuestros celos, con la rabia, la envidia, la lujuria y cualquier otro impulso instintivo básico que tengamos encerrado dentro. Podemos sacarlos del inconsciente, aceptarlos como partes de nosotros (por más que la sociedad nos haya dicho que no debemos tener esos sentimientos) y examinarlos a la luz del día. Al establecer una relación con los sentimientos que hemos estado negando, creamos la posibilidad de transmutar estos aspectos de nuestra naturaleza. Después de que Hércules ha levantado a la Hidra y le ha ido cortando las nueve cabezas, aparece una décima que es una joya. Al final, el monstruo le brinda algo precioso. El poeta Rilke dice sobre un tema similar:

  Quizá todos los dragones de nuestra vida
  sean princesas que sólo esperan vernos
  una vez hermosos y valientes.
  Quizá todo lo terrible sea,
  en su ser más profundo,
  algo desvalido que quiere que lo ayudemos.

Al aceptar, contener y elaborar nuestros complejos infantiles, nos volvemos a conectar con partes de nosotros que hemos desterrado y reprimido. Aunque estos complejos reaparezcan al principio en forma negativa, la energía en ellos contenida, que antes negábamos pero ahora reclamamos, volverá finalmente a estar disponible para reintegrarse en nuestro psiquismo de maneras más constructivas. No sólo liberaremos la energía aprisionada en los complejos, sino que recuperaremos también, para darle usos nuevos, toda la energía que hemos estado empleando para reprimirlos. Nada de esto es posible mientras no nos hayamos enfrentado a la bestia y la hayamos admitido nuevamente en la consciencia. Finalmente, la batalla con nuestra Hidra nos dejará mucho más vivos y más presentes, ya no fuera de contacto con el rico lado instintivo de nuestra naturaleza... ya no viviendo la vida solamente del cuello para arriba. Rilke escribió también: <<Si mis demonios han de dejarme, me temo que mis ángeles también levantarán vuelo>>. Solamente si aceptamos nuestro odio podremos optar por el amor. Sólo después de haber aceptado nuestra cólera podemos decidir que seremos comprensivos. De otra manera, no estaremos haciendo otra cosa que fingir que somos amables.

El rapto de Perséfone: Plutón enamorado

Según la mitología, Plutón usaba un casco que lo volvía invisible cuando abandonaba el averno. Representa, pues, una fuerza que opera por debajo del nivel superficial de la consciencia, una faceta de nuestra psique que atrae inconscientemente situaciones que hacen que nos desmoronemos para volver a reconstruirnos de otra manera. Plutón sólo subió a nuestro mundo en dos ocasiones, una vez en el intento de sanar una herida, y la segunda para raptar a Perséfone. Los Tránsitos de Plutón se suelen experimentar con la máxima claridad en problemas que tienen que ver con la salud y con las relaciones. Encontramos a Plutón en la enfermedad, cuando las toxinas y los venenos son atraídos a la superficie y eliminados del cuerpo para que el organismo vuelva a funcionar bien. También tropezamos con el dios del mundo subterráneo en las relaciones, cuando afloran a la superficie y quedan al descubierto complejos emocionales. Los Tránsitos de Plutón pueden aportarnos relaciones nuevas o bien crear, en las que ya existen, tensiones destinadas a movilizar y reactivar lo que está sepultado en nuestro interior. De nuevo podemos dirigirnos al mito para ampliar y profundizar lo que sabemos sobre los efectos de Plutón en esta esfera de la vida.

En primavera encontramos a la doncella Core jugando en un campo con otras diosas vírgenes, feliz y contenta en el abrazo protector de su madre, Demeter, la diosa de la Tierra. Core es joven e inexperta, y vive en paz en el mundo superior, sobre la Tierra, en el nivel superficial de la vida, pero Afrodita, la diosa del amor sensual, al mirarla desde el Olimpo, la encuentra increíblemente ingenua e inocente. En su condición de compensadora de desequilibrios, Afrodita decide dar una lección a Core, y ordena a Eros que hiera a Plutón (que está en las inmediaciones) con una flecha de amor. Sin darse cuenta de que es una flor asociada con el mundo subterráneo, Core corta un narciso. La Tierra se abre y de ella emerge Plutón, en su carroza negra tirada por cuatro caballos que exhalan fuego. Plutón secuestra a Core, se la lleva al submundo, y allí la viola. En un abrir y cerrar de ojos, Core se ha visto arrebatada de la pradera primaveral de un mundo alegre y soleado y se halla ahora en un lugar oscuro y desconocido, un sitio de pasión, sexualidad y emociones intensas. Tras esto, el nombre de Core pasa a ser Perséfone, que significa "la que ama la oscuridad". Iniciada por Plutón en la condición de mujer, ya no es una doncella. Simbólicamente al menos, se ha liberado de la dominación de su madre, y es ahora una mujer por derecho propio. Demeter, angustiada por la pérdida de su única hija, se hunde en una profunda depresión y prohibe que los cereales crezcan y que los árboles fructifican. Durante siete años el mundo entero es frío y árido, y la humanidad se muere de hambre. Finalmente los dioses, preocupados al ver que no quedará nadie que les rinde culto, interceden y consiguen que Perséfone pueda reunirse con su madre. Como Perséfone ha probado las granadas del mundo subterráneo (una manera simbólica de decir que su sangre se ha derramado y ella ha perdido su virginidad), se le permite volver al mundo terrestre sólo durante seis meses al año. Los meses restantes debe pasarlos con su marido, Plutón, en su papel de reina de los infiernos.  A los griegos este mito les servía de explicación de cómo llegaron a existir las estaciones. Antes del rapto de Core, la primavera y el verano eran eternos: pero ahora, cada vez que Perséfone tiene que separarse de su madre para volver al mundo subterráneo, Demeter hace su duelo: los árboles pierden las hojas, las cosechas se acaban y llega el invierno. El mito hace referencia a un pasaje, a un rito de iniciación: el adolescente debe salir del útero de la familia o de los antepasados para así llegar a ser una persona por derecho propio. Pero no importa la edad que tengamos: el mito también expresa lo que sucede cuando nos entregamos a una relación de apasionada intimidad. Como Core, por mediación del amor nos vemos hundidos en el mundo subterráneo, donde nos enfrentamos con nuestros ocultos complejos emocionales. La intimidad deja al descubierto el secreto mundo interior del bebé que sigue vivito y coleando en nuestro inconsciente: un mundo de pasión, rabia, envidia, codicia, lujuria y celos. Quizás en un momento dado nuestra pareja no puede darnos precisamente la que queremos o necesitamos, y ahí resurge, en nuestro interior, el niño celoso, temeroso del abandono y de la muerte. Hay veces en que sentimos que seriamos capaces a matar a nuestros seres amados, y otras en que queremos destruir o arruinar una relación porque no aceptamos el poder que tiene el otro para hacernos sentirnos tristes o felices, realizados o insatisfechos. La intimidad remueve en nosotros todas estas emociones. ¡Y nos habían dicho que el amor proporcionaba un estado de ánimo jubiloso! Finalmente Perséfone llega a ser señora de dos mundos. Se siente cómoda en el mundo de arriba, viviendo en el nivel superficial de la vida. Es capaz de ser ligera, natural, alegre e inocente, y de hablar de menudas trivialidades. Pero también está familiarizada con el submundo: ha conectado con las emociones más oscuras, que viven debajo del umbral de la consciencia. Bajo la influencia de un Tránsito importante de Plutón, nosotros también podemos tener la experiencia de Perséfone, también podemos enfrentarnos con el mundo subterráneo de nuestras propias emociones destructivas mediante el catalizador de un relación intima. Como el caso de Perséfone, una vez violado por Plutón nuestro sentimiento de quiénes somos, descubrimos más cosas sobre nosotros mismos y sobre lo que está al acecho en nuestras profundidades. Y como perséfone, podemos volver a nacer como una persona nueva y más entera.

Plutón, el que equilibra

En el mito de Perséfone, Afrodita se vale de Plutón para alcanzar sus objetivos: iniciar a Core, la doncella ingenua e inocente, en otro aspecto de la vida. En este sentido, Plutón actúa como un principio de equilibrio; allí por donde este planeta transita en el mapa es donde se nos muestra otra dimensión de nosotros mismos, un lado que hemos negado o del que no hemos hecho caso. Si estamos excesivamente identificados con el principio "masculino" o Animus (autoafirmación, poder y logros externos), un Tránsito de Plutón puede despojarnos de nuestro poder y de nuestro empuje para ponernos más en contacto con el lado más "femenino" de la vida, con el Anima, esto es, el ámbito del alma, de los sentimientos y de las relaciones. Si estamos manifiestamente identificados con el Anima y derivamos nuestra identidad principalmente de lo que la otra persona necesita o quiere que seamos, entonces Plutón puede privarnos de esa relación para que nos seamos obligados a descubrir quiénes somos por derecho propio. Si en algún sentido hemos pasados por un proceso de envanecimiento y nos sentimos dioses o seres sobrehumanos, los Tránsitos de Plutón nos devolverán a nuestro tamaño natural. Si nos hemos "tragados enteros" los valores de nuestra cultura y de nuestra sociedad, Plutón nos pondrá frente a opciones y tentaciones que nos aparten de la norma y -para nuestro escándalo y sorpresa- nos hará ver otros aspectos de nuestra naturaleza y otras maneras de vivir que son radicalmente diferentes de los que nos inculcaron nuestros padres o la sociedad. Plutón es también el vengador de la ley natural. Toda cosa viviente tiene su lugar y sus limites: si nos aventuramos mucho más allá de esos limites, un Tránsito importante de Plutón desatará  sobre nosotros a las Furias, quizá bajo la forma de una enfermedad, y entonces el dolor y el sufrimiento serán los mensajeros que nos informan que algo se ha desencaminado, que en algún sentido nos hemos desequilibrado. Si no hemos hecho caso de ninguna de sus advertencias anteriores, Plutón se valdrá del cuerpo para obligarnos a escuchar. La enfermedad puede ser el único camino que le quede abierto para someternos y cambiarnos. La enfermedad hace subir a la superficie las toxinas y los venenos ocultos, de modo que pueden ser eliminados y el cuerpo se purifique. En algunos casos, este tipo de enfermedades purificadoras pueden facilitar la regeneración psicológica de complejos y trastornos emocionales que se arrastran desde hace largo tiempo.

La Diosa Oscura

Perséfone no es más que una de las muchas figuras míticas que se han transformado mediante un viaje por el mundo subterráneo. Supuestamente el mito más antiguo del que se tenga noticia (registrado en tablillas de arcilla en el tercer milenio antes de Cristo), también la leyenda sumeria del descenso de Inanna ilustra el tipo de cambios que se asocian con Plutón cuando este planeta transita por puntos importantes del mapa. Inanna, una primera forma de Ishtar, es una diosa de los cielos: es radiante y vivaz, sensual y alegre, y su vida se desenvuelve con relativa fluidez. Pero tiene una hermana perversa, Ereshkigal, que vive en los infiernos, y cuyo nombre significa literalmente "la señora del gran lugar de abajo". La mitología griega es comparativamente tardía, y antes de los griegos el mundo subterráneo estaba regido por una diosa, no por un dios. En este sentido, Ereshkigal es una forma anterior de Plutón. Cuando se inicia el relato, el marido de Ereshkigal acaba de morir, Inanna se siente obligada a viajar a los dominios de Ereshkigal para acudir al funeral. Tiene que descender a un lugar que realmente no le gusta, a una región con la que no está familiarizada, a un reino que no es el suyo. Cuando Inanna llega al primer portal del infierno, Ereshkigal la saluda con la fijeza implacable de una mirada sombría y venenosa:

-¿Cómo te atreves a penetrar en mi reino? Aunque seas mi hermana, te someteré al mismo tratamiento que reciben todas las almas cuando entran en el submundo.

Ereshkigal está de humor de perros, y cuando se siente así hace sufrir a todo el mundo. No se detiene a considerar que Inanna ha venido a estar con ella en el funeral de su marido. A Ereshkigal no le preocupa ser razonable ni justa; ella representa la primera furia global del bebé: cuando se encoleriza o se siente desdichada, todo está mal y no hay nada que sea bueno. Siete entradas o portales conducen a las profundidades del mundo subterráneo. Ereshkigal ordena a Inanna que las atraviese, y en cada portal la reina del cielo debe despojarse de algo -de sus ornamentos, de su ropa, de sus joyas- hasta que llega completamente desnuda a lo más profundo del infierno. Entonces le ordena que se incline ante Ereshkigal, que reverencie la misma fuerza que la ha despojado de todo. Los Tránsitos de Plutón pueden ser similares a un encuentro con Ereshkigal. Quizá tengamos que renunciar a las cosas que han contribuido a establecer nuestro sentimiento de identidad. Relaciones, trabajos, sistema de creencias, posesiones u otras formas de apego pueden sernos arrebatados, o bien perder validez y atractivo a nuestros ojos. y sin embargo, en el mito, Inanna se ve obligada a inclinarse ante Ereshkigal, a honrar -como se honraría a una deidad- a la misma fuerza que la ha despojado del todo. Ereshkigal es una diosa, una diosa oscura, pero una diosa. Es una divinidad por mediación de la cual actúa una ley superior, y en última instancia debe ser saludada como parte de la vida. Vernos despojados de nuestra identidad y de nuestros apegos no es agradable: sabe más bien a maldición que a la obra de una divinidad. Por difícil que puede ser comprenderlo, Ereshkigal (como Plutón) sirve a un propósito superior. Sin embargo, la naturaleza de tal propósito no siempre se ve inmediatamente con total claridad. La verdad es que en el caso de Inanna la situación empeora en lugar de mejorar. Como si no fuera ya bastante castigo haber despojado totalmente a Inanna para obligarla después a inclinarse ante ella, Ereshkigal la mata y la cuelga de un gancho de carnicero para que se pudra. A la antes feliz, hermosa y próspera diosa del cielo la dejan colgada en el mundo subterráneo como un trozo de carne muerta, abandonada a la putrefacción. Eso es lo que le hace Ereshkigal, y ésta es la sensación que puede dar un Tránsito difícil de Plutón, él puede desterrarnos a un lugar en donde nos sintamos corrompidos y desdichados, un lugar feo, desagradable, deprimente, solitario y abandonado. Estos sentimientos han existido siempre en nosotros, ocultos en los más recóndito de nosotros mismos, resabios de traumas infantiles o de experiencias de vidas pasadas. Quizá siempre hayamos conseguido defendernos con éxito contra tales estados emocionales, pero ya encontrará Plutón/Ereshkigal la manera de enfrentarnos con ellos.

Entretanto Ereshkigal (que acaba de perder a su marido y de matar a su hermana y se siente desgarrada por el dolor y la rabia) está además embarazada y se enfrenta a un parto difícil. Tampoco se siente muy feliz en su papel de diosa del mundo subterráneo. De pequeña la raptaron, la violaron y como castigo la desterraron a los infiernos, y sigue estando furiosa por aquella injusticia. Ereshkigal no sólo representa la muerte y la decadencia, sino que simboliza también los agraviados instintos del bebé colérico, herido y frustrado que muchos seguimos llevando dentro, por más que intentemos esconder estos sentimientos de los ojos de los demás. Muerta Inanna, y mientras la vengativa Ereshkigal se abate sobre sus dolores de parto llegamos al punto más bajo del relato, en el cual, aunque algo haya muerto, algo nuevo está naciendo. Una muerte exige un nacimiento y un nacimiento exige una muerte. Antes de iniciar su viaje a los infiernos, Inanna había tenido la previsión de encargar a su sirvienta Ninshubar que acudiera a su rescate si a los tres días no había regresado del oscuro reino de su hermana: sabia que no debía quedarse allí atascada. Inanna está dispuesta a descender a las tinieblas, pero toma sus precauciones para asegurarse de que podrá regresar. Cuando pasan los tres días sin que Inanna haya vuelto, Ninshubar pide desesperadamente socorro. Va al padre y al abuelo paterno de Inanna para rogarles que hagan todo lo posible por rescatarla, pero los dos le responden que no pueden hacer nada por modificar los decretos de Ereshkigal. Nos encontramos aquí con dos figuras, masculinas y fuertes, que no tienen poder alguno sobre Ereshkigal, lo cual significa un énfasis "masculino" de la fuerza que subyuga (que por naturaleza intentaría superar a un oponente, suprimiéndole o luchando con él) no es lo que se necesita para negociar con Ereshkigal. Adoptar actitudes heroicas con ella no sirve de nada. Si intentamos combatir con ella, lo que hará será vengarse con más cólera y más ferocidad que antes.

Finalmente Ninshubar acude a un dios llamado Enki, el abuela materno de Inanna, conocido como el dios del agua y de la sabiduría; flexible y comprensivo, Enki entiende las leyes de los infiernos. En algunas versiones del mito se lo presenta como bisexual, macho y hembra a la vez, capaz de ser dura, pero también flexible y adaptable. Enki accede a hacer todo lo posible por rescatar a Inanna. Con la tierra que saca de debajo de las uñas modela dos figuritas, las "Plañideras", unas minúsculas criaturas andróginas, tan insignificantes que pasan inadvertidas. Tras haberles susurrado algún consejo, Enki las envía al averno para rescatar a Inanna. Parece increíble que esas figurillas insignificantes sean capaces de negociar con la poderosa Ereshkigal, pero su pequeñez les permite infiltrarse, inadvertidas, en el mundo subterráneo. Como los secuaces de Ereshkigal no las descubren, no se ven sometidas a la prueba de desnudarse como le pasó a Inanna. Silenciosamente, las diminutas Plañideras se aproximan a Ereshkigal y a Inanna. Por más que hayan ido allí a rescatarla, no hacen el menor caso de Inanna y se concentran primero en Ereshkigal. En vez de increparla por haber dado muerte a Inanna, empiezan a compadecerse de la propia Ereshkigal, a simpatizar con la diosa de las tinieblas. Atormentada por los dolores, Ereshkigal se queja de su destino:

- ¡Desdichada de mi, pobres mis entrañas! - gime, y las Plañideras se compadecen de ella:
- Si, oh tú que suspiras, tú eres nuestra reina. ¡Desdichadas tus entrañas!
  Después, puesto que le enferma ser la diosa de los infiernos, Ereshkigal clama:
- ¡Desdicha de mi, desdichado mi entorno!
- Si, oh tú la que clamas, tú eres nuestra reina -le responden- ¡Desdichado tu entorno!

De acuerdo con los principios, tan actuales, de la terapia rogeriana, las Plañideras devuelven a Ereshkigal, como un espejo, la imagen de lo que siente. Al hacerlo, consiguen que sus quejas y gemidos se conviertan en una especie de plegaria o letanía. Enki ha enseñado a las Plañideras a afirmar la fuerza vital, por más que ésta se revele a través del dolor y del sufrimiento. Hasta la negatividad y en las tinieblas hay algo a lo que se puede redimir. Ereshkigal se queda atónita. Es la primera vez que alguien le rinde homenaje de esa manera. La mayoría de las personas se pasan la vida intentando olvidar el dolor, la oscuridad, todo lo que Ereshkigal representa. Pero las Plañideras la han aceptado, le han concedido generosamente el derecho de gemir y de quejarse. Lo que de hecho están diciéndole es:

- Tienes derecho a ser como eres. Puede seguir quejándote todo lo que quieras; nosotras seguimos aceptándote.

Agradecida por ese reconocimiento, Ereshkigal quiere recompensar a las Plañideras y les ofrece cualquier don que le pidan. Cuando le solicitan el retorno de Inanna, Ereshkigal accede, infunde nueva vida a su hermana, y la reina de los cielos, revivida, queda en libertad de regresar al mundo de lo cotidiano. Con frecuencia los Tránsitos de Plutón simbolizan un enfrentamiento con Ereshkigal, una época en que tenemos que "descender al pozo" para enfrentarnos con todo lo que hay de doloroso, aborrecible o feo en nosotros mismos. Los Tránsitos de Plutón pueden traernos una profunda desesperación; todo es terrible, la vida no ofrece esperanza alguna. Quizás aquellos a quienes creíamos importarles nos han abandonado, los ideales nos parecen vacíos y muertos.Lo que antes daba sentido y sustancia a la vida ya no significa nada. Pero el mito nos enseña la forma de afrontar estos estados. Las Plañideras de Enki son la clave, la manera de reaccionar que puede ayudarnos a salir de las tinieblas del submundo cuando nos encontramos allí atascados. De la misma manera que las Plañideras de Enki aceptan a Ereshkigal, también nosotros podemos aprender a aceptar la depresión, la oscuridad, la muerte y la decadencia como parte de la vida, como parte de la gran ronda de la naturaleza. Es necesario que estemos dispuestos a adentrarnos en nuestra depresión y en nuestro dolor, a explorarlos, a sentirlos y a esperar que se vayan. Necesitamos tener permiso para sufrir, llorar y enojarnos por lo que hemos perdido, no sólo por las personas y las cosas, sino también por las fases de nuestra vida que hemos dejado atrás y por los ideales que ya nos sirven. La aceptación es lo que permite que funcione la magia sanadora. Sólo cuando honremos y reverenciemos a Ereshkigal como la deidad que es por derecho propio, como lo es Inanna, sólo entonces podremos volver a nuestro mundo. Ésta es la lección que nos enseña Enki, es su forma de ayudarnos a pasar los Tránsitos difíciles de Plutón y de hacernos volver de los infiernos a una vida y una esperanza nuevas. El cuento terminó con un giro interesante. Existe la norma de que si a uno lo liberan del infierno, tiene que encontrar a alguien que ocupe su lugar. Cuando Inanna vuelve a su mundo, busca a su consorte Tammuz, que no la ayudó mientras ella estaba allá abajo, y le dice:

- Ahora es tu turno, debes reemplazarme en el reino de Ereshkigal.

Si un componente de una sistema cambia, todo el sistema tendrá que modificarse para poder seguir funcionando de la forma apropiada. Si en una relación una persona pasa por un cambio psicológico importante, a menos que la otra también cambie, la relación corre el peligro de desintegrarse por completo. A Inanna la despojaron de todo lo que había dado su identidad y la dieron por muerta, pero ella volvió a levantarse, renovada. La única forma en que podemos descubrir si somos capaces de sobrevivir a la muerte de nuestro propio yo es pasar por la muerte de nuestro propio yo. Cuando nos despojan de todo aquello que creíamos ser, descubrimos una parte de nosotros que sigue estando ahí: ese aspecto de nuestro ser que es eterno e indestructible. Cuando nos despojan de aquello que considerábamos nuestra base y nuestro apoyo, encontramos lo que realmente nos da sostén y apoyo. Tal es el don de Plutón, el don de Ereshkigal.

Plutón y las luchas de poder

Allí por donde transita en el mapa, nuestra identidad está en peligro de ser destruida por mediación de los asuntos de esa Casa o del principio simbolizado por el planeta con que Plutón esté en aspecto por Tránsito. El yo, cuyo principal deseo es mantenerse, intenta resistirse a la destrucción procurando ejercitar su poder y su control en ese dominio de la vida. Por ejemplo, si Plutón transita por la 7, es probable que tengamos miedo de que nuestra pareja haga algo que para nosotros sea demasiado difícil de manejar y que de alguna manera ponga en peligro la relación, por eso, en un intento de mantener a raya las dificultades, intentamos controlar a la otra persona o a la relación como tal. Abrigamos la esperanza de que al dominar o manipular al otro (con frecuencia, valiéndose de la culpa) podamos evitar el desastre. Pero en última instancia, eso no funciona. Nos gusta o no, Plutón encontrará la manera de obligarnos a cambiar en ese ámbito de la vida, lo cual no significa necesariamente el fin de la relación, pero es probable que tengamos que alterarla en alguna medida, o que nos vemos obligados a encarar algunos de nuestros peores miedos en ese dominio de la vida. Como regla general, las luchas de poder son comunes en cualquier Casa por donde transite Plutón, o en relación con cualquier planeta con que éste forme un aspecto por Tránsito. Estos conflictos pueden estar motivados no solamente por el deseo de autoperservación del yo (como antes explicamos), sino también por una necesidad, de parte nuestra, de fortalecer, afirmar y definir más muestra identidad enfrentándonos con otra persona o con un grupo que adopta una posición diferente de la nuestra. Por consiguiente, si Plutón está por la 3, o forma aspecto con Mercurio, son probables las peleas con hermanos y vecinos. Si transita por la 10 o está en aspecto con Saturno, las luchas de poder pueden darse con figuras de autoridad como el gobierno, un jefe o los padres.

Una visión general de los Tránsitos de Plutón

Incluso cuando el aspecto que forma Plutón en Transito es un Trígono o un Sextil, es posible que no nos lo pasemos bien. Estos Tránsitos pueden conmocionarnos tanto como los que generan los aspectos tensionados. En términos generales, sin embargo, con los aspectos fluidos es probable que estamos más en contacto con la parte de nosotros que reclama un cambio o un renacimiento y, por consiguiente, que ofrezcamos menos resistencia a lo que tiene que ocurrir. Debido a la lentitud de su movimiento y de sus retrograciones periódicas, cualquier Tránsito durará entre dos o tres años, y a veces más. Las personas sensibles pueden percibir sus reverberaciones desde que Plutón está a unos cuatro o cinco grados del aspecto exacto. A medida que Plutón se acerca, se va montando la escena para los cambios o avances necesarios. Después del aspecto exacto, el planeta volverá a cambiar de dirección, y el movimiento retrógrado puede marcar una época en que el proceso iniciado se haga más lento y nos sintamos de alguna manera atascados o inmovilizados. Finalmente, cuando Plutón retoma el movimiento directo y forma por tercera vez el aspecto, el proceso avanza hacia alguna forma de resolución. Por regla general, los Tránsitos de Plutón suelen mostrar dos etapas diferentes: en la primera mitad se las arregla de alguna manera para pulverizarnos, y la segunda es la fase de reconstrucción. O también podríamos decir que la primera mitad es el descenso al reino de Ereshkigal, y la segunda representa el retorno desde aquel lugar, enriquecidos y renovados -eso esperamos- como resultado de lo que nos ha aportado la experiencia. Los Tránsitos plutonianos nos enfrentan con la necesidad de terminar con lo viejo, de superar capítulos de la vida. Ellos nos dicen que "demos paso" y, si no queremos, a menudo nos vemos obligados a dar paso mediante el sufrimiento. Estos Tránsitos franquean recursos y energías interiores previamente ocultos u olvidados, eliminando viejas formas en la superficie de la vida. Los Tránsitos plutonianos no sólo sumergen una parte nuestra o hacen que algo desaparezca por completo, sino que también pueden hacer volver  a nuestra vida personas, sentimientos, actividades o aspectos de nuestra naturaleza que habían estado largo tiempo. La gente tiende a sentir miedo de los Tránsitos de Plutón, y su razón tienen, porque nos las vemos aquí con el dios de la muerte, cuyo dominio es el submundo tenebroso y sombrío. Con frecuencia, los Tránsitos de Plutón nos pone dolorosamente en contacto con la muerte. En algunos casos esto hay que entenderlo literalmente  -nuestra muerte o la de alguien próximo a nosotros-, pero lo más común es que correspondan con muertes psicológicas o "muertes del yo": la muerte de una parte de nosotros mismos tal como nos conocemos. Casi todos establecemos y reforzamos nuestra identidad aferrándonos a cosas que nos proporcionan una cierta sensación de quiénes somos. La gente con quien nos asociamos, la persona con quien nos casamos, el trabajo que hacemos, el dinero que tenemos en el banco, los hijos que traemos al mundo, la religión o filosofía que abrazamos... todo esto nos ayuda a configurar y sostener nuestra identidad. En el curso de nuestro desarrollo, además, vamos formándonos opiniones o creencias sobre nosotros mismos y sobre la vida "de afuera, y esos "guiones" o "anunciados vitales", como se les suele llamar, también contribuyen a nuestro sentimiento de identidad. El guión de una persona puede ser: "Soy capaz de alcanzar lo que quiero"; el de otra quizá sea: "Yo siempre pierdo". Un anunciado vital podría ser: "El mundo es un lugar seguro en el que puedo confiar", en tanto que otro quizá seria: "El mundo es peligroso y está empeñado en destruirme". Configuramos nuestra identidad psicológica no sólo por mediación de nuestras relaciones o de un trabajo, una vocación o un talento, sino también mediante este tipo de anunciados y de creencias sobre la vida y sobre nosotros mismos: forman parte de nuestra mitología personal y pueden ser inconscientes, en cuyo caso no los cuestionamos. Bajo la influencia de un Tránsito de Plutón cualquiera de los "soportes" de los que derivamos nuestra identidad puede desplomarse o estropearse irremediablemente, porque con Plutón no hay marcha atrás ni retorno a la inocencia. Este tipo de muertes psicológicas es bastante frecuente: todos hemos experimentado el final de un "capitulo" de nuestra vida, el término de una carrera o de una amistad importante: la muerte de nosotros mismos tal como nos hemos conocido. Cuando está en juego Plutón, sin embargo, ese dolor puede, además, hacer aflorar a la superficie emociones mucho más oscuras -rabia, o un tremendo sentimiento de humillación- que nos obligan a reconocer la ferocidad con que nos aferramos a las cosas. Incluso renunciar a vínculos negativos -a una mala relación, a un trabajo insatisfactorio o a un "guión de perdedor" nos exige reconocer la magnitud de nuestro sentimiento de pérdida e impone a nuestra vida reajustes muy importantes. Ya podemos tener perfecta consciencia de que lo mejor que podemos hacer es desprendernos de una relación insatisfactoria o destructiva -podemos pasar años en psicoterapia intentando transformar los modelos negativos que arrastramos desde de la niñez, y sin embargo seguimos teniendo una sensación de pérdida y estando mal dispuesto a liberarnos de estos lazos. En un nivel intelectual podemos saber que hacerlo significará un renacimiento y que los cambios serán positivos, pero aun así la muerte de nuestro apego nos da miedo y nos duele…     






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