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Astropsicología Holística

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Homenaje a Dane Rudhyar y Alexander Ruperti, y muy especialmente a Carl Jung por todo lo que ha contribuido para que evolucione nuestra humanidad... Dane Rudhyar que, además de sus trabajos astrológicos iniciados en 1932, es también filosofo, poeta, compositor y pintor, nació en París en 1895, de padres franceses. En unos 20 libros y cerca de 1.000 artículos, él ha promovido una reforma y una reinterpretación de la astrología basándose en los conceptos de la psicología de las profundidades y del holismo (que significa totalidad, se trata de una concepción global de las cosas en función del todo del cual forman parte), y sobre una nueva formulación de conceptos no europeos relativos al Hombre y al Universo. El ha sido también el primero en estudiar el tema de nacimiento de manera "holística", global, como un "mándala", con el objeto de extraer el sentido de la vida de una persona, así como el desarrollo progresivo de sus potencialidades a través de la manifestación cíclica de los planetas. Para él el mapa natal es un símbolo arquetípico de la persona total y su interpretación viene a ser el arte de revelar el sentido de lo que ocurre en una vida, ya sea en el plano existencial exterior o en función de cambios interiores psico-mentales y espirituales. La astrología "humanística" es una astrología del individuo, de la persona que busca actualizarse lo más plenamente posible. Pero a causa del empleo impreciso y a menudo estrecho o equivoco de este término "humanística", Rudhyar ha acentuado el término "transpersonal" más que el "humanística". Hay que recalcar que Rudhyar fue el primero en utilizar este término "transpersonal" en 1930: es la impronta de toda su obra, no sólo en astrología, sino también en filosofía, en psicología y en las artes. El término "transpersonal" es utilizado para designar no sólo lo que está más allá de la persona, sino el hecho del proceso de individualización. No es una meta en si, sino una etapa que prepara para la posibilidad de ser un medio de expresión de valores más que personales o, como dijo Saint Exupéry: "el individuo no es más que un camino; solo cuenta EL HOMBRE que toma ese camino". El astrólogo humanista, Alexander Ruperti, nace en Stuttgart en 1913 y se educó en Inglaterra. Practicó profesionalmente la astrología desde 1937. Asimismo, era una dedicado osteópata y fisioterapeuta, que empleaba los mapas natales para captar los problemas fundamentales ocultos tras las dolencias físicas de sus pacientes. Comenzó enseñando en 1939, un enfoque positivo y totalizador de la astrología, y fue el primeo que, en Europa, promovió activamente este moderno tipo psicológico de astrología, y por último, concreta el pensamiento de Dane Rudhyar del que él fue discípulo y nos lleva a través de las Casas a un itinerario sorprendente; al descubrimiento de nosotros mismos


El psicólogo y psiquiatra suizo Carl Jung fue uno de las principales fuerzas responsables de crear los estudios psicológicos (de la mente y sus procesos) y sus teorías en el siglo XX. Carl Gustav Jung nació el 26 de julio de 1875, en Kesswil, Suiza. Era hijo de un pastor protestante. A la edad de cuatro años, la familia se trasladó a Basilea. Cuando tenía seis años, Carl fue a la escuela del pueblo en Klein-Huningen. Su padre le empezó a enseñar latín. Durante su niñez, Jung prefería estar solo al jugar, era feliz cuando estaba a solas con sus pensamientos. Ya mayor, su gran interés en una gran variedad de ciencias, la historia y la religión hizo la elección de una carrera bastante difícil. Sin embargo, finalmente se decidió por la medicina, que estudió en la Universidad de Basilea (1895-1900). Él recibió su grado médico de la Universidad de Zurich en 1902. Más tarde estudió psicología en París, Francia. En 1903 se casó con Emma Jung Rauschenbach. Ella fue su fiel compañera de trabajo científico hasta su muerte en 1955. La pareja tuvo cinco hijos y vivía en Küsnacht en el lago de Zurich. Cuando Jung leyó la interpretación de los sueños de Sigmund Freud (1856-1939), se encontró con sus propias ideas y observaciones, que básicamente confirmó y amplió. Envió sus estudios a publicación en la Palabra de la Asociación (1904) de Freud, y éste fue el comienzo de su carrera trabajando juntos, así como su amistad, que duró desde 1907 hasta 1913.Jung comenzó su carrera profesional en 1900 como asistente de Eugen Bleuler (1857-1939) en la clínica psiquiátrica de la Universidad de Zurich.

Durante estos años de su pasantía, Jung, con unos pocos asociados, trabajó en experimentos de asociación. Este es un método de ensayo utilizado para revelar grupos afectivamente significativos de ideas en el área inconsciente de la psique (la mente). Estos grupos o “complejos” como las llamó Jung, tendrían un control sobre la persona afectándolo con ánimo, ansiedades y emociones inapropiadas. Jung estaba ansioso por explorar los secretos de la psique inconsciente expresada por los sueños, las fantasías, mitos, cuentos de hadas, la superstición y el ocultismo (la creencia en los poderes sobrenaturales o fuerzas). Pero Freud ya había trabajado con sus teorías sobre la causa básica de todas las psiconeurosis (un problema emocional que se da a conocer a través de síntomas físicos o a través de los sentimientos de ansiedad, depresión o miedo) y también su creencia de que (todas las expresiones del inconsciente por parte de la mente que no es una parte normal de la conciencia de una persona) son realizaciones de deseos ocultos. Jung sentía cada vez más que estas teorías eran presunciones científicas (creencias que se basan en los resultados esperados), lo que no hacia justicia a las expresiones de la vida psíquica inconsciente. Para él, el inconsciente no sólo es un factor de perturbación que causa enfermedades psíquicas, también es, básicamente, la fuente de la creatividad del hombre y las raíces de la conciencia de una persona. Con estas ideas Jung entro cada vez más en conflicto con Freud, que consideraba que las ideas de Jung no eran científicas. Jung estaba preocupado por su ruptura con Freud. Comenzó una profunda auto-análisis con el fin de obtener toda la honestidad y la firmeza de su propio viaje hacia el descubrimiento de los misterios de la psique inconsciente. Acusó a Freud de estrechez de visión, mientras que Freud y sus seguidores rechazaron las ideas de Jung por su énfasis en los aspectos espirituales de la psique. Durante los años de 1913 a 1921 Jung publicó sólo tres estudios importantes: Dos Ensayos sobre “Psicología Analítica” (1916, 1917) y uno estudio de “Tipos Psicológicos” (1921). Los “Dos Ensayos” estructuran las ideas básicas de las que se desarrolló su obra posterior. Él describió su investigación sobre la tipología psicológica (la clasificación de personalidades, estudiando sus semejanzas y diferencias), que hay dos clasificaciones básicas, o “dos tipos de personalidades”, en la forma de relacionarse con el mundo: la introversión y la extroversión. Introversión, en el que uno tiene la característica de ser egocéntrico, retirado, ocupado en un “mundo interior”. Y la Extroversión, en el que uno se relaciona con el mundo a través de la participación social y tiene intereses fuera de uno mismo y es “salido”. Expresó la idea de que es la “ecuación personal”, que, a menudo inconscientemente, pero de acuerdo con una tipología propia de, influye en cómo un individuo observa y se relaciona con su mundo. Junto a la tipología de Jung, su principal contribución fue su descubrimiento de que la fantasía en la vida del hombre tiene cierta estructura. Debe haber sutiles centros activos en el inconsciente que controlan el comportamiento natural y la imaginación libre. Estos se combinan para formar el concepto de Jung de los arquetipos. 

Un individuo al soñar en sus sueños tendrá un tema o una historia similar a un cuento de hadas o un mito, de un tiempo pasado desconocido para la persona que sueña. Para Jung, esto significaba que los síntomas arquetípicos (recuerdos de las experiencias de la gente del pasado que están presentes en el inconsciente de cada persona) pertenecen a los seres humanos de todas las edades y de todos los tiempos, que son la expresión de un cuerpo colectivo de naturaleza básica y psíquica del hombre. Muchos padecimientos neuróticos han ocurrido debido a un sentimiento de extrapolación de sí mismo de uno mismo, porque la creación del hombre de un marco lógico y de control, depende de estos “recuerdos” y de las experiencias que existen en el inconsciente. Con el fin de estudiar los patrones y procesos arquetípicos, Jung visitó a los llamados pueblos primitivos. Vivió entre los indios en un pueblo del Nuevo México y en Arizona en 1924 y 1925 entre los habitantes del monte. Elgon en Kenia durante 1925 y 1926. Más tarde, visitó Egipto y la India. Para Jung, los símbolos religiosos y la fenomenología (un sistema de creencias desarrollado por el estudio de la comprensión y el conocimiento de sí mismos) del budismo y del hinduismo, las enseñanzas del budismo Zen y el Confucionismo son todas expresiones de las diferenciadas en el camino hacia el mundo interior del hombre, un mundo que fue descuidado gravemente por la civilización occidental. Jung también buscó las tradiciones de la cultura occidental, que constituyen para su desarrollo unilateral hacia la razón y la tecnología. Encontró estas tradiciones en el gnosticismo (la creencia de que la libertad personal viene a través del conocimiento e inteligencia espiritual), la mística cristiana (la creencia de que el instinto y sentimiento espiritual son las maneras de encontrar a Dios), y, sobre todo, el ocultismo (el conocimiento o el uso de poderes sobrenaturales). Algunas de sus obras más importantes son las interpretaciones psicológicas profundas y claras de la alquimia (la capacidad y el poder para hacer las cosas comunes especiales), mostrando su importancia para comprender los sueños y el tema oculto de los trastornos neuróticos y mental. De importancia primordial para Jung fue el detalle de las etapas del desarrollo interno y del crecimiento de la personalidad, que él denomina el “proceso de individuación”. Él describió un fuerte impulso desde el inconsciente para guiar al individuo hacia su singularidad más completa. Este logro es una tarea permanente de ensayo y error, y la identificación y unión de contenidos del inconsciente. Consiste en un mayor conocimiento de uno mismo y en “llegar a ser lo que eres”. Jung vivió durante años en sus exploraciones, escritos y en su práctica psicológica, a la que tuvo que renunciar en 1944 debido a un grave ataque al corazón. Su carrera incluye la cátedra de psicología médica en la Universidad de Basilea y el titulo (sin ejercer la posición real) de profesor de filosofía desde 1933 hasta 1942 en la facultad de ciencias filosóficas y políticas del Instituto Federal de Tecnología en Zurich. En 1948 fundó el Instituto C.G Jung de Zurich. El Doctorado Honoris Causa le fue conferido por muchas universidades importantes de todo el mundo. Carl Gustav Jung murió en Küsnacht el 6 de junio de 1961.


Stephen Arroyo en su magnifico libro "Astrología, Karma y Transformación" nos cuenta que para muchas personas es hoy evidente que la ciencia material no satisface las necesidades más hondas del hombre, no importa cuánta comodidad y ocio pueda brindar al cuerpo ni cuánto orgullo brinde al intelecto. Al construir una moderna ciencia psicológica, no sólo tenemos que satisfacer al intelecto sino también procurar algo a la cual puedan responder el corazón y el alma del hombre. Hoy llegamos al punto universal en el que el hombre parece conocer  todo y entender nada. Está bien reunir datos y correlacionar hechos estadísticamente, pero una concentración demasiado grande en particularidades pone a uno fuera de contacto con el poder integrador, sinfónico y coherente de la totalidad. Por lo tanto, perdemos el poder restaurador de las grandes verdades universales. La ciencia moderna halla su hondura en las partes de la materia; y surge un problema del hecho de que estos hallazgos jamás se vuelven a reunir en una totalidad completa y viva. Puesto que aparentemente nos inclinamos a estudiar los fenómenos complejos, olvidamos o ridiculizamos las verdades sencillas que son inmutables. Como dice Goethe en Fausto: "Quien estudie la existencia orgánica saca primero el alma con rigurosa persistencia; luego puede mirar y clasificar las partes que tiene en sus manos, ¡Pero el eslabón espiritual, ay, se perdió!"

Lo que hoy necesitamos es recalcar más la totalidad que meramente las partes de ésta; necesitamos mirar una vez más los principios universales que subyacen en toda vida, antes de que empecemos a entrometernos en la naturaleza. La crisis ecológica que hoy enfrentamos es sólo resultado evidente del uso del "conocimiento" por parte del hombre, sin la guía de la sabiduría, o sea, de un conocimiento de la pauta subyacente en todo el sistema. En su impaciencia por "resultados" rápidos, los psiquiatras recurren al tratamiento de "shock" y a las drogas, y a esto lo llaman "terapia"; los agricultores recurren a los pesticidas y a los fertilizantes químicos, justificando sus acciones como una necesidad económica o como un valiente intento de impedir que la humanidad muera de hambre. Lo que la astrología puede proporcionar al hombre moderno es la comprensión de los principios universales, la armonía de la totalidad y las pautas subyacentes de la vida. Es por esta razón que tantas personas se están interesando por la astrología; porque sienten en ella alguna energía reveladora del orden y el significado de sus vidas aparentemente caóticas.

Las grandes escuelas antiguas de los misterios enseñaban que la conciencia humana es limitada solamente por las arbitrarias fronteras intelectuales que ella se impone. Al estudiar la historia de la civilización occidental, descubrimos siempre que al énfasis de los griegos sobre la ciencia y la razón se considera la cuestión crucial del desarrollo intelectual y cultural del hombre de Occidente. Esta Era fue por supuesto de gran evolución en la comprensión del hombre respecto de si mismo y del universo. Sin embargo, la contribución de los griegos no se limitó al descubrimiento "Conócete a ti mismo" fue la idea clave subyacente en el desarrollo de la filosofía griega; y la palabra "filosofía" significa literalmente "amor por la sabiduría". Para los griegos, la ciencia no era meramente recoger datos con la esperanza de que pudieran descubrirse ciertas correlaciones. Más bien era una busca sistemática de las verdades esenciales subyacentes en la vida y la naturaleza, y un intento de descubrir no sólo las leyes naturales sino también las leyes metafísicas universales de la vida misma. Y, para los griegos, la "razón" no se refería meramente a los cálculos como de una computadora de la mente lógica, sino más bien a una combinación inspirada (o "inspirituada") de análisis e intuición fundados en ideales de elegancia y simetría. Muchos científicos modernos creen todavía que las teorías más amplias tienen que ser necesariamente las más elegantes, estéticamente satisfactorias y esencialmente simples. Sin embargo, para muchos científicos, este ideal fue olvidado o desdeñado; y la busca de verdades amplias se descuidó debido a un énfasis excesivo sobre el análisis critico. Para ser verdaderamente científico, uno tiene que abstenerse tanto como posible de imponer sus propias expectativas, sus propios deseos y lindes intelectuales preconcebidos sobre las mentes de los hombres, a fin de que el espíritu humano pueda crecer libremente y florecer. Sin embargo, los científicos, en su mayoría, incluidos los psicólogos, han limitado innecesariamente su visión del hombre y sus potencialidades. Cuando un hombre construye intelectualmente un muro en torno de si mismo, no afecta lo que está fuera del muro; meramente, ese muro impide que el hombre vea lo que está fuera y deforma la estructura de la totalidad. Tratamos de entender la vida limitándola y categorizándola primordialmente sobre la base de nuestros prejuicios intelectuales y predisposiciones emocionales. Pero muy a menudo, tan sólo nos enroscamos limitándonos; pues lo que es, no importa que digamos sobre ello; es. 

El Maestro Zen Shunryu Suzuki-roshi (1970) dice: "La mente del principiante" es nuestra mente original, en realidad una mente vacía y dispuesta. Si nuestra mente está vacía, está siempre dispuesta para todo; está abierta a todo. En la mente del principiante hay muchas posibilidades; en la del experto hay pocas... En la mente del principiante no existe el pensamiento: "He alcanzado algo". Todos los pensamientos centrados en uno mismo limitan nuestra mente vasta. Cuando no tenemos pensamientos del logro, pensamiento del yo, somos verdaderos principiantes. Entonces, podemos aprender realmente algo". El intelecto es principalmente útil para utilizar al mundo material externo. Un claro ejemplo de este hecho lo vemos cuando notamos cómo la ciencia y la tecnología occidentales prosperaron poco después que la diosa de la razón fue entronizada en Europa. Pero es igualmente cierto que tal prosperidad no la vimos en nuestra comprensión del hombre mismo a través de los esfuerzos de la psicología materialista. Fue sólo recientemente, cuando la razón y el intelecto se equilibraron con un énfasis sobre la experiencia, el sentimiento y la intuición, que algunas ramas de la psicología empezaron a concretar progresos en la comprensión de la naturaleza interior del hombre. Hasta ahora, la aplicación del análisis puramente intelectual a la comprensión del mundo interior de la experiencia no ha podido comprobar ni refutar nada sobre las cuestiones filosóficas y religiosas últimas de la vida que forman la base de la estructura psicológica de cualquiera. El positivismo lógico es la manifestación externa (y el resultado lógico) del enfoque analítico, que puede decirse que apunta a un máximo de abstracción con un mínimo de significado. Y es significado lo que el hombre necesita; y toda psicología de la salud y la totalidad necesita entender la necesidad de significado por parte del hombre. El significado se suministra desde dentro, no desde fuera; de allí que sólo el enfoque analítico puede ayudar al hombre a satisfacer sus necesidades más profundas. A fin de aclarar cómo se desarrolló el énfasis excesivo sobre la "objetividad, deberíamos mencionar aquí la teoría de la personalidad perteneciente a Jung. Según éste, hay cuatro modos de conocer, que Jung llama las cuatro funciones psíquicas básicas: Pensamiento, Sentimiento, Sensación e Intuición. El pensamiento y la sensación pueden agruparse juntos puesto que el pensamiento analítico se basa primordialmente en datos provenientes del mundo exterior recibidos a través de los sentidos. La intuición y el sentimiento pueden también agruparse juntos, puesto que estas funciones surgen desde dentro del individuo y no son totalmente condicionadas por el medio socio-cultural de la época.

Asimismo, el conocimiento ganado a través de la intuición y del sentimiento es subjetivo y personal, en el sentido que no podrá comprobarse o verificarse objetivamente. Puesto que estas cuatro funciones pueden agruparse en dos enfoques distintos del conocimiento. La facultad de pensar funciona a través de la clasificación y la discriminación sistemáticas de los hechos que luego se ordenan en ciertas pautas según el tipo de lógica empleada. La facultad de la intuición, por otro lado, le revela al individuo un conocimiento de todo el sistema en consideración. La intuición es básicamente la facultad del hombre (de su Espíritu) de percibir directamente y conocer inmediatamente lo que circunda, trasciende o penetra a través del accionar más lento del intelecto ligado a la lógica. La ciencia moderna descuidó por completo la función intuitiva del hombre, quizá suponiendo que la "intuición" es meramente un pensamiento prejuiciosamente matizado por los sentimientos personales. Pero, en realidad, la intuición es un tipo de percepción plenamente consciente, mientras que el "sentimiento" emana de vagas raíces inconscientes. La función intuitiva, se relaciona estrechamente con la función estética del hombre; pues la totalidad de la percepción intuitiva del orden y de la armonía y de un conocimiento interior al que se llega por medios que trascienden el pensamiento racional. Por la naturaleza misma de la intuición, el lenguaje del arte es más adecuado para expresarse que las teorías abstractas o la matemática. En la explicación sobre las Casas se desarrollará con detalle este estudio sobre estas cuatro funciones básicas. Aclaremos aquí la distinción entre los diferentes enfoques del conocimiento:
Suposición:
-El pensamiento: Causalidad
-La Intuición: no necesariamente casual (correspondencias dentro del Todo)
Objeto:
-El pensamiento: Discriminación y Clasificación
-La Intuición: Síntesis y Orden
Naturaleza de los Conceptos Resultantes:
-El pensamiento: Estático
-La Intuición: Proceso y Cambio Ordenado
Modo de Proceder:
-El pensamiento: Sistemático
-La Intuición: Todo-a-la-vez (Sincronicidad)
Lenguaje:
-El pensamiento: Cuantitativo (Matemática o Palabras Precisas)
-La Intuición: Cualitativa (Sentimiento, Visual, Artística)
Orientación:
-El pensamiento: Problema
-La Intuición: Misterio
Campo de Estudio:
-El pensamiento: Contenido y Pormenores de Todo el Sistema
-La Intuición: Todo el Sistema, la Forma y Pauta del Todo
Unidades del Lenguaje:
-El pensamiento: Signos
-La Intuición: Símbolos
Dominio de la Utilidad:
-El pensamiento: Mundo Externo (Material)
-La Intuición: Mundo Interno (Psíquico y Espiritual)

Por lo antedicho, resulta patente que, mientras el intelecto puede revelar los secretos de la vida externa y el accionar de la materia, es la intuición la que puede revelar los secretos de la vida interior y el campo de la experiencia personal. El ideal de una ciencia amplia de la psique seria una función de los dos; pero en una psicología que considera que su campo principal de estudio es la vida interior del hombre y el significado de su experiencia, la función intuitiva deberá tener no sólo un lugar sino también ser aceptada realmente como el enfoque primordial hacia una comprensión profunda y satisfactoria de la persona individual. Esto es así porque la experiencia subjetiva de las personas es cualitativa por su naturaleza misma. El enfoque del pensamiento analítico tiene ya el lenguaje cuantitativo de la matemática para describir sus hallazgos, pero el enfoque intuitivo hasta ahora no ha tenido un lenguaje generalmente aceptado y comprensivo para representar los hallazgos cualitativos en su dominio. La astrología humanística es precisamente este lenguaje, que es tan necesario para describir la experiencia y la unicidad humanas de modo útil y comprensivo.


Aunque muchos astrólogos (lo mismo que no-astrólogos) modernos llevan a cabo estudios estadísticos de premisas astrológicas, debemos darnos cuenta de que no podemos contar con un enfoque estadístico para explicarlo todo; pues muchos sectores de la experiencia y cualidades inherentes a la vida no están sujetos a tal estudio. De hecho, aunque un estudio estadístico revele correlaciones de gran significación, con frecuencia no "explican" aún la operación del fenómeno mismo. La limitación primordial del método estadístico es que, si bien es útil para ocuparse de generalizaciones, grupos y cantidades, casi siempre es más bien impropio en relación con individuos y cualidades, que son los puntos centrales primordiales de una psicología o una astrología centradas en la persona. Como describe el psicólogo Rollo May (1969): "... si toma a los individuos como unidades de un grupo con el fin de una predicción estadística -ciertamente, un uso legitimo de la ciencia psicológica- usted está exactamente definiendo fuera del cuadro las características que hacen de este individuo una persona existente. O cuando lo toma como un compuesto de impulsos y fuerzas deterministas, definió todo para estudiarlo, salvo aquel a quien estas experiencias le ocurren, todo salvo la persona misma existente". La astrología humanística es única porque incluye el aspecto de la totalidad y del arte o el de los pormenores, la precisión y la ciencia. Pero, como escribe Dane Rudhyar (1964), el énfasis es sobre "el arte de interpretar los cíclicos flujos y reflujos de las energías y actividades básicas de la vida para que la existencia de una persona individual se vea como un proceso ordenado de cambio, un proceso que tiene significado y finalidad inherentes". Rudhyar (1968) sigue diciendo que, en astrología, las mediciones son simbólicas y tienen que traducirse en cualidades humanas: "Al amor, a la respuesta a la hermosura, al carácter de una persona no se los puede medir, a menos que de esa persona se haga una máquina parecida a una computadora; y esto es lo que la ciencia actual trata de hacer con las personas individuales". La astrología humanística se ocupa esencialmente, según las palabras de Rudhyar, de "una cualidad del ser", y es precisamente semejante lenguaje cualitativo el que trasciende el dominio de los estudios estadísticos. El psicólogo C. G. Jung escribió también sobre las limitaciones del punto de vista estadístico. En su libro The Undiscovered Self (1968) Jung dice: El método estadístico muestra los hechos a la luz del promedio ideal, pero no nos da un cuadro de su realidad empírica. Si bien refleja un aspecto indiscutible de la realidad, puede falsificar la verdad real de modo muy engañoso. Esto es particularmente cierto respecto de las teorías que se basan en las estadísticas. Sin embargo, lo distintivo de los hechos reales es su individualidad. Para no sutilizar demasiado la cosa, podría decirse que el cuadro real consiste en nada salvo excepciones a la regla, y que, en consecuencia, la realidad absoluta tiene predominantemente el carácter de la irregularidad.
  
La educación científica se basa principalmente en verdades estadísticas y conocimiento abstracto y, por lo tanto, imparte un cuadro irreal y racional del mundo, en el que el individuo, como un fenómeno meramente marginal, no representa papel alguno. Sin embargo, el individuo, como dato irracional, es el vehículo verdadero y auténtico de la realidad, el hombre concreto en contraposición al hombre ideal o normal irreal al que se refieren las declaraciones científicas. No debemos subestimar el efecto psicológico del cuadro estadístico del mundo aunque desplaza al individuo en favor de unidades anónimas que se amontonan en formaciones masivas. El hecho de que la astrología humanística nos proporciona formulaciones y combinaciones únicas de cualidades arquetípicas generales le acuerda su lugar destacado como la herramienta psicológica ideal. Aunque la astrología  humanística se ocupa de los principios arquetipicos y de los ciclos genéricos, también suministra a través del mapa natal un símbolo comprensivo de la unicidad y la individualidad humanas. De hecho, la razón de que la mayor parte de la astrología use aún una estructura geocéntrica es que los aspectos de la labor astrológica, que tiene como centro a la Tierra y a la persona, se recalcan mucho más  que toda supuesta estructura "objetiva". Aunque a la astrología se la ha criticado por esta mala interpretación aparente, subsiste el hecho de que, para las personas que viven en el planeta Tierra, ésta es el centro de su mundo, tal como el individuo es el centro de su mundo personal. Para muchos astrólogos modernos, el intento de hacer de la astrología tan sólo una ciencia más de tipo tradicional, o sea, establecer correlaciones estadísticas sobre una estructura puramente causal, significaría sacrificar en la astrología mucho de lo que es único y profundamente significativo. De hecho, según este criterio, hacerlo exigiría descuidar la estructura cósmica holística de que la astrología humanística deriva su utilidad y comprensividad. Quienes procuran crear una moderna ciencia astrológica (o sea, formularla de modo tal que fuera aceptable para la critica mental materialista) descuidan el hecho de que la fuerza máxima de la astrología proviene de que es el lenguaje cósmico más comprensivo y aplicable universalmente que el hombre conoció. El aspecto "científico" de la astrología existe seguramente con respecto a la precisión de la medida. Pero ése es sólo la materia prima para  el arte de la astrología; y ese arte, esta técnica de aplicar creadoramente los factores científicos, lo que jamás podrá entenderse en una astrología basada en las estadísticas y verificable objetivamente. No sólo eliminaría mucha sutileza de la astrología sino que estarían ausentes los significados más profundos a los que el alma del hombre responde. Jung ha dicho que usaba la astrología en muchos de sus casos, especialmente con aquellas personas con las que tenia dificultad de comprensión: "Como soy psicólogo, me interesa principalmente la particular luz que arroja el horóscopo sobre ciertas complicaciones del carácter. En casos de diagnóstico psicológico difícil, habitualmente me procuro un horóscopo para contar con otro punto de vista desde un ángulo enteramente diferente. Debo decir que muy a menudo descubrí que los datos astrológicos aclaraban ciertos puntos que de otro modo yo no habría podido entender". (De una carta al Prof. B. V. Raman, 6 de septiembre de 1947). En una entrevista con el editor de una revista astrológica francesa, Jung (1954) declaró: "Con considerable seguridad puede esperarse que una situación psicológica dada, bien definida, se acompañe de análoga configuración astrológica. La astrología consiste en configuraciones simbólicas del inconsciente colectivo, que es el tópico principal de la psicología: los "planetas" son los dioses, símbolos de los poderes del inconsciente. He observado muchos casos en los que una fase psicológica bien definida o un acontecimiento análogo se acompañaba de un tránsito (particularmente las aflicciones de Saturno y Urano)".

La finalidad verdadera de la filosofía (antes que "filosofía" llegara a ser un estéril juego de palabras usado para perpetuar la arrogancia intelectual) considerábase otrora la búsqueda de las esencias de la naturaleza subyacentes de las cosas manifiestas, todo basado sobre el amor por la sabiduría. En términos modernos, esto podría llamarse búsqueda del nivel arquetipo de la realidad. Hoy en día, por supuesto, toda declaración acerca de "esencias" haría a que uno le rotularan de "ocultista". Pero cuando en el mundo echamos una mirada alrededor de nosotros y tratamos de dar algún sentido a nuestras vidas y al género de realidad del que se ocupan los medios masivos de comunicación, tenemos que admitir que todo lo que tiene significación esta oculto, o sea, escondido. A pesar de todo el conocimiento supuesto que hemos acumulado, en ninguna parte ha de hallarse "significado", salvo en los campos de estudio que apunten a una unidad entre el hombre y el universo. Esta unidad de (y esta relación entre) el hombre y el universo es realmente la única suposición sobre la que se basa la astrología humanística. El campo de las religiones comparadas y la mitología es una disciplina que señala claramente una unidad permanente en toda vida. Este no es un sitio para examinar circunstanciadamente las contribuciones de C.G. Jung en este campo, pues su colección de obras representa una vida de estudio erudito y de exigente investigación. Basta decir que, más que todo lo demás, Jung demostró, más allá de toda duda, que los primarios agentes motivadores de la vida en la psique individual y las pautas psicológicas totales de culturas enteras son manifestaciones de factores "arquetipos" de la psique humana. A este "substratum" psíquico Jung lo llama el "inconsciente colectivo", y describe que los arquetipos como los principios universales que subyacen y motivan toda la vida psicológica, individual y colectiva. Tanto en la astrología como en la mitología recalca las "manifestaciones" culturales de los arquetípicos en varias pautas, la astrología humanística utiliza los "principios arquetípicos esenciales mismos" con su lenguaje para entender las fuerzas y pautas fundamentales en los ciclos de la vida individual y espiritual. Históricamente, existe una fuerte interrelación entre los mitos de una cultura particular y el tipo de astrología que desarrolló. De hecho, la astrología puede considerarse como una estructura mitológica más vasta que jamás surgió en la cultura humana. El Mito sirve idealmente de fuerza vitalizadora en toda cultura, mostrando la relación del hombre con una realidad más vasta y universal. El hecho de que la cultura occidental ya no tiene una mitología viable que la dinamice explica en parte por qué la astrología ha visto un claro renacimiento en los años recientes; pues las personas necesitaron siempre una pauta de crecimiento y un orden que guiara sus vidas colectivas y que infundiera significado a su experiencia individual. Como dice Joseph Campbell  (1960): "¿De dónde proviene la fuerza de estos temas insustanciales, mediante la cual cobran poder para galvanizar poblaciones, creando en ellas civilizaciones, cada una con una hermosura y un destino impulsador propio? ¿Y por qué debe ser que siempre que los hombres buscaron algo sólido en qué fundar sus vidas, escogieron, no los hechos en los que el mundo abunda, sino los mitos de una imaginación inmemorial?..."

Las respuestas más evidentes a las preguntas de Campbell es que los dioses de la mitología (tal como los planetas en la astrología) representan fuerzas y principios "vivos" en el universo y en las vidas de cada uno de nosotros. Las conclusiones extraídas de la investigación de Jung en las bases arquetípicas de la mente humana nos llevarían a esta respuesta, como lo harían recientes estudios en religiones comparadas y en algunos ámbitos de la psicología humanista. Es la astrología la que nos suministra la clave para entender estas fuerzas y funciones básicas en todos los hombres, en virtud de que es el lenguaje de la energía más vasto -y al mismo tiempo preciso- que el hombre conoce. Como escribe Campbell: "Pues es un hecho que los mitos de nuestras diversas culturas trabajan sobre nosotros, consciente o inconscientemente, como medios liberadores de energía, motivadores de vida y directores...". Así como las necesidades del hombre experimentan transformaciones periódicas, de igual modo sus mitos deberán cambiar para adecuarse a su nueva dimensión del ser. Tal como la conciencia del hombre evoluciona, de igual modo deberán evolucionar sus mitos; pues, tal como en el mundo visible de los reinos vegetal y animal, de igual modo en el mundo visionario de los dioses ha habido una historia, una evolución, una serie de mutaciones, gobernadas por leyes. Tal como cambió lo que el hombre entiende sobre sus dioses y religiones, aunque continúen aún existiendo de una forma u otra, de igual modo la astrología todavía existe lo mismo que la necesidad del hombre respecto a ella, a pesar de todos los intentos de racionalizarla fuera de la existencia. Pero deberemos volver a evaluar nuestro enfoque de ella, viéndola no simplemente como una pauta de claves celestes respecto de nuestro destino inmutable, como un modo de entender nuestra naturaleza fundamental, descubriendo nuestro lugar en el universo, y ayudándonos a vivir de modo creador y satisfactorio. En otras palabras, a la astrología humanística se la puede considerar como una mitología utilizable conscientemente. El hombre occidental contemporáneo evolucionó hasta el punto en que no se contenta más con vivir inconscientemente según mitos fuera de moda, dogma inflexible o tradiciones arcaicas. Pero fue demasiado lejos al tratar de librarse de limitaciones y tradiciones. Perdió contacto con las bases arquetípicas de su ser y con la fuente de apoyo y de sustento espiritual-psicológico que aquéllas proporcionan. La astrología humanística puede usarse como un modo de volver a unir al hombre con su yo recóndito, con la naturaleza y con el proceso evolutivo del universo.


¿Qué es la “personalidad”? Las respuestas a esta pregunta difieren ampliamente, tanto como los enfoques psicológicos que los hombres efectuarán respecto al problema central de la vida humana. Según algunos filósofos medievales, sólo Dios está dotado del atributo supremo de la personalidad, pues Él solo es un ser completo, que se basta y sostiene por si mismo. En una reciente literatura teosófica o denominada oculta, se ha usado el término “personalidad” en contraste con “individualidad”, definiendo a la primera como la naturaleza del hombre siempre cambiante y condicionada por la Tierra, mientras que la última se refiere a la entidad relativamente permanente y espiritualmente condicionada que se piensa que es la realidad esencial del hombre. La personalidad en la psicología clásica, está definitivamente conectada con la consciencia; pero Freud procuró reducir la unidad de la personalidad, que anteriormente se daba por sentada, a componentes inestables, energías subconscientes, mecanismos psíquicos, complejos y anhelos algo desesperados de perfección inalcanzables. Alder reaccionó contra el enfoque freudiano subrayando la unidad de la personalidad, identificando a ésta con el ego, y haciendo a un lado los factores inconscientes de la vida psíquica del individuo como derivados residuales y tóxicos de un tipo ineficaz e insalubre de ajuste a la vida y a la sociedad -un ajuste controlado por la eterna voluntad del hombre en procura de poder y superioridad.

Al estudiar la psicología de Jung, hallamos que su concepto de la personalidad es muy amplio y abarcante: que la personalidad es un organismo en evolución, cuya totalidad y carácter integrado no debe darse por sentado, sino que en lugar de ello debe considerarse como la meta esencial (pero difícil de alcanzar) de la vida para los seres humanos individuales. La integración de la personalidad es no sólo un proceso complejo y arduo; no tiene fin concebible, porque la personalidad es esencialmente el resultado de la interpenetración recíproca, de la armonización y la integración de dos tipos fundamentalmente distintos y aparentemente contrarios (pero complementarios) de los factores de la vida psíquica del hombre. Estos factores se refieren a la consciencia, el ego, o pertenecen al reino del inconsciente. Como el reino del inconsciente no tiene fronteras cognoscibles, pero se extiende teóricamente “ad infinitum” en la dirección de una experiencia del universo siempre más vasta, se colige que no pueden ponerse límites fijos al ámbito de la personalidad. El campo de la consciencia puede abarcar siempre una totalidad más vasta del contenido anteriormente inconsciente. Unas pocas y breves citas de Jung ayudarán a colocar en una perspectiva más clara aún su idea de la relación entre consciente e inconsciente:

Tal como el cuerpo humano muestra una anatomía común sobre y por encima de todas las diferencias raciales, así también, la psique posee un “substratum” común. A este último lo he llamado el inconsciente colectivo. Como una herencia humana común, trasciende todas las diferencias de cultura y consciencia y no consiste meramente en contenido capaz de llegar a ser consciente, sino en disposiciones latentes hacia reacciones idénticas. Así, el hecho del inconsciente colectivo es simplemente la expresión psíquica de la identidad de la estructura cerebral sin considerar todas las diferencias raciales. Por medio de él puede explicarse la analogía, que puede llegar hasta la identidad, entre varios temas míticos y símbolos, y la posibilidad de la comprensión humana en general. Las varias líneas del desarrollo psíquico parten de un tronco común cuyas raíces se remontan al pasado. Tomando puramente en lo psicológico, significa que tenemos instintos comunes de ideación (imaginación) y de acción. Toda la imaginación y toda la acción consciente nacieron de estos prototipos inconscientes y permanecen ligados a ellos. Sin duda, la consciencia deriva del inconsciente. Esto es algo que recordamos demasiado poco, y por ello intentamos siempre identificar a la psique con la consciencia. (Comentario sobre “El Secreto de la Flor de Oro, Pág. 119). La distinción entre mente y cuerpo es una dicotomía artificial, una discriminación que incuestionablemente se basa mucho más en la peculiaridad del entendimiento intelectual que en la naturaleza de las cosas. De hecho, es tan íntima la entremezcla de los rasgos corporales y psíquicos que no sólo podremos sacar inferencias de largo alcance en cuanto a la constitución del cuerpo, sino que podremos inferir también en las peculiaridades psíquicas las correspondientes características corporales. (“Modern Man in Search of the Soul” Pág. 85). La psique es física y mental. (Comentario sobre “El Secreto de la Flor de Oro, Pág. 131).

La psique es un sistema auto-regulador que se mantiene en equilibrio como lo hace el cuerpo. Todo proceso que llega demasiado lejos reclama inmediata e inevitablemente una actividad compensatoria. Sin tales ajustes no existiría un metabolismo normal, ni existiría la psique normal. Podemos tomar la idea de compensación, así entendida, como ocurrencia psíquica. Demasiado poco por un lado da por resultado demasiado por el otro. La relación entre consciente e inconsciente es compensatoria. (“Modern Man in Search of the Soul” Pág. 20). Ninguna personalidad se manifiesta sin “exactitud, plenitud y madurez” (Pág. 285). El desarrollo de la personalidad significa fidelidad a la propia ley del propio ser (Pág. 289). Una vez que se dijo e hizo todo, el héroe, el líder y el salvador es también el que descubre un nuevo camino hacia una certidumbre mayor. Todo podría dejarse como estaba si este nuevo camino no exigiera absolutamente que se lo descubriera, y no visitara a la humanidad con todas las plagas de Egipto hasta que se lo halle. El camino no descubierto en nosotros se parece a algo de la psique que está vivo. La filosofía clásica china lo llama “Tao”, y lo compara con un curso de agua que se desplaza irresistiblemente hacia su meta. Estar en el Tao significa realización, totalidad, vocación cumplida, principio y fin, y plena comprensión del significado de la existencia innata a las cosas. Personalidad es Tao. (The Integration of the Personality, Págs. 303-305).

Estas citas, aunque fragmentarias, nos esbozan el cuadro básico de la personalidad que Jung desarrolla con gran riqueza de pormenores a través de sus escritos. También trae a la mente la razón de por qué las técnicas ideadas por la tradición astrológica pueden ser de extrema utilidad práctica para el individuo que busca recorrer el arduo sendero de la integración de la personalidad -siempre que estas técnicas astrológicas se usen de un modo nuevo, de un modo dirigido conscientemente hacia el logro de una personalidad positiva, definida, plena y madura. No es fácil usar así la astrología ¡y que no haya error ni malos entendidos sobre esta cuestión! No es fácil, porque una astrología preparada para el cumplimiento integral de “la ley del propio ser” tiene que estar limpia, primero de todo, de las actitudes, creencias y expectativas tradicionales que creen frecuentemente, tanto en el estudiante como en el consultante, miedos, un sentido de inferioridad, o un falso optimismo. Lo peor de todo, la astrología en su estado popular promueve a menudo una dependencia psicológicamente insalubre del consejo de los profesionales altamente falibles e insuficientemente expertos de ésta que es la más exigente de las artes. Esta dependencia no sería peor, en principio, que la del cliente respecto de su psicoterapeuta o “analista” si el astrólogo fuera un psicólogo experto y verdaderamente se dedicara al bienestar psicológico de sus consultantes; pero lamentablemente, con frecuencia éste no es el caso. No le es, no porque los astrólogos sean personas menos honradas que los psicoanalistas, sino sencillamente porque el enfoque que el público astrológico “espera” de un astrólogo es uno que en lo total “no” es psicológicamente constructivo. Si una persona acude en consulta a un psicoterapeuta, su finalidad es habitualmente alcanzar un mejor estado de desarrollo psicológico, y tal vez ser curada de alguna perturbación mental aguda. Espera curación o una mayor totalidad del ser. Pero la persona del común que busca consejo de un astrólogo espera el género de información que normalmente no conduce a una vida personal más plena, más rica, más definida y más madura.

“Conocer el futuro” -aunque se entienda que sólo podrá haber conocimiento “de la potencialidad” de acontecimientos futuros- no conduce, de por sí, a una integración personal. De por sí, el conocimiento de qué curso de acción es más probable que sea “exitoso” en una circunstancia dada ni siquiera es psicológicamente valioso. Puede ser desdichado si, mientras produce buen éxito externo -o incluso “porque” produce buen éxito externo- este conocimiento crea un estado de dependencia de procedimientos astrológicos mal entendidos y un falso sentido de seguridad psicológica. ¿Cuál es, entonces, el uso psicológicamente válido de la astrología desde el punto de vista de Jung? “Sólo podrá ser la clarificación (el hacer más consciente y objetivamente real) de la ley del propio ser”. Todo procedimiento o práctica astrológica que no tenga esta finalidad y que el profesional o el consultante no espere que tenga esta finalidad, va en detrimento de la salud psicológica y no puede contribuir al proceso de integración de la personalidad. Esto no significa que las aplicaciones astrológicas que no se interesen primariamente, o no se interesen para nada, por el bienestar psicológico de los individuos no deben practicarse. Indica que sencillamente la única meta básica de toda aplicación constructiva de métodos astrológicos a individuos, ya se trate de técnicas consistentes en horóscopos, progresiones, tránsitos, etc. Si éste es el caso, la pregunta con que contestamos es ésta: ¿Como podrá la astrología ayudar a cualquier individuo a ganar una consciencia más clara y más objetiva de la ley de su ser -y así, de su propio yo real?


Se ha demostrado que la astrología se la puede emplear como medio de auto-realización, como ayuda poderosa en el proceso de “Individuación”; o sea, en el proceso del devenir, en la realidad y en la plenitud de la vida consciente, lo que uno es, al nacer, sólo en potencialidad. La individualidad (o sea, la unicidad estructural del ser) está potencial o latente en todo niño recién nacido. Se convierte en “un hecho” solamente a través de los esfuerzos persistentes y coherentes del joven y del viejo por igual, a medida que procuran llegar a la madurez interior. Lo que la astrología puede hacer para que estos esfuerzos sean más exitosos es presentar al individuo supuesto -o a la confundida persona mayor que lleva la carga de demasiados fracasos- el “plano de la estructura de su individualidad”. En otras palabras, a una personalidad en evolución, que tal vez ande a tiendas en la inconsciencia y la inmadurez psicológica, le presenta el arquetipo de su yoidad potencial -lo que ella será, si llega a ser lo que es potencialmente. Un arquetipo semeja una semilla: la potencialidad de una estructura particular de ser orgánico. La semilla quizá nunca crezca hasta ser una planta desarrollada en plenitud. Pero, si crece, en realidad llegará a ser lo que la semilla contiene en potencialidad. Ninguna bellota llegará jamás a ser manzano; y el ver que la bellota cae en el suelo no es índice de que en este sitio crezca o no un roble hasta alcanzar la madurez. La astrología se ocupa solamente de potencialidades; nunca de acontecimientos definidos o predestinados. Jung emplea constantemente el término "arquetipo" y el modo en que lo define es de gran significación para el estudiante de astrología que procura evaluar el significado psicológico apropiado del mapa natal -un "arquetipo" de un género especial. En la filosofía de Jung, los arquetipos son puntos focales o campos de fuerza en el inconsciente colectivo; o sea, son imágenes que determinan y controlan las actividades más fundamentales al que llamó "humanidad común del hombre". Expresan las respuestas más primordiales y más comunes de todos los seres humanos a unas pocas situaciones básicas; y aparecen como imágenes simbólicas en nuestros sueños, lo mismo que en todos los mitos o concepciones religiosas. Estas imágenes religiosas tienen un enorme poder. Pueden dominar a vastas colectividades, teniendo como resultado la conversión religiosa o conduciendo a crímenes racionalmente inexplicables. Tienen tanto un lado oscuro como uno luminoso. Sin embargo lo que es importante comprender es que sólo se determina su "forma", no su contenido; que su significado esencial último puede delimitarse pero nunca describirse. La forma de estos arquetipos -dice Jung- es tal vez comparable al sistema axíl de un cristal, que predetermina, por así decirlo, la formación cristalina en la solución saturada, sin poseer ella misma una existencia material. Este sistema axíl determina sólo la "posibilidad" de la formación concreta de cierta característica. Cuál de estas formaciones posibles se realizará concreta y sustancialmente, depende de la naturaleza de la "solución saturada" -o sea, en el caso de los arquetipos, de la experiencia común de la humanidad, o de una particular raza y cultura a la que el individuo pertenece.

Cuando  quien sueña lo hace sobre una misteriosa figura maternal dotada de atributos cósmicos -o cuando el pintor inspirado pinta semejante figura- la imagen que se suscita no es la realmente la creación del que sueña, o del artista, "como individuo". La imagen ya está latente en su inconsciente, como el modelo de hoja de roble está latente en la bellota. Así, el arquetipo tiene un género de ser objetivo en un reino inconsciente de potencialidad -un reino al que Goethe se refiere en la segunda parte de Fausto como el "Reino de la Madres". Ciertamente Jung aclara "que el inconsciente es la madre de la conciencia". Los ocultistas también han hablado. en gran medida con el mismo significado, del reino de la "Luz Astral" que es creadora en sus aspectos superiores, y refleja en sus regiones inferiores. También han usado las expresiones "Anima Mundi" (el alma del mundo) y las Vírgenes de la Luz", relacionando estas últimas con los Signos del Zodiaco, considerados como expresiones simbólicas de las grandes "Jerarquías Creadoras" que son las constructoras del universo -el hombre genérico. Estas Jerarquías se ven como mediadoras colectivas, o Huestes Espirituales, a través de las cuales opera el "Anima Mundi"; Jung habla también de los arquetipos del inconsciente como "órganos del alma". Sin embargo, estos órganos del alma son concentrados de la experiencia común de miríadas de generaciones de seres humanos. Son inherentes al género humano como los instintos son inherentes a los animales, lo mismo que a los hombres. Los instintos y los arquetipos son de la misma naturaleza. Y, si se entiende esto, también vemos cómo, en las cosmologías esotéricas o "gnósticas", a las antedichas Huestes Creadoras se las considera como concentrados de la experiencia espiritual de vastas colectividades de seres que vivieron a través de universos o sistemas solares anteriores, y alcanzaron la inmortalidad en ellos. Dice Jung que la cantidad de arquetipos es relativamente limitada, pues corresponde a las "posibilidades de las experiencias fundamentales típicas-, como las que los seres humanos tuvieron desde el inicio de los tiempos... (empero) la suma de estos arquetipos significa para Jung la de todas las potencialidades latentes de la psique humana -una reserva enorme e inagotable del conocimiento antiguo sobre las relaciones más profundas entre Dios, y hombre y el cosmos. Abrir esta reserva a nuestra propia psique, despertarla a una nueva vida, e integrarla con la consciencia, significa, por lo tanto, nada menos que sacar al individuo de su aislamiento "e incorporarlo en el proceso cósmico eterno"... Quitar del individuo moderno este aislamiento y esta confusión, posibilitándole que "halle su lugar en la gran corriente de la vida", ayudarle en procura de una totalidad que consciente y deliberadamente "ligue su lado consciente luminoso con el oscuro del inconsciente" -éste es el significado y el objetivo de la guía de Jung.

El significado simbólico del mapa natal de un individuo, levantado para el momento y el lugar exactos de nacimiento, en realidad, y en lo que concierne a su valor psicológico, es un arquetipo en su inconsciente. Tal vez sea el más potente de los arquetipos, cuando se lo saque a la luz de la consciencia, en la medida en que pueda determinar la conducta íntegra del individuo, su actitud íntegra referida a acontecimientos futuros y su destino como un Todo. El mapa natal es un símbolo de poder extraordinario, y este símbolo, porque se basa en la experiencia primordial de la humanidad respecto al cielo -una realización prodigiosa de orden trascendente en medio de una vida de caos terrestre- abre la puerta a la capacidad del hombre "para encontrar su lugar en la gran corriente de la vida" en términos de un modelo arquetípico de orden. El desfile de puntos y discos luminosos que desplazan sin cesar en el cielo le presentan realmente al hombre este modelo de orden. Es él quien se contempla. Pues el que una persona estudie su horóscopo significa "descubrir el orden del cielo en la raíz de su ser". Es descubrir la fase particular del Anima Mundi que se convirtió en el "molde" dentro del cual se derramó la naturaleza humana genérica y colectiva, así como individuo emergió en el mundo de aire y luz como un infante recién nacido que respira. El instante de la primera respiración es el gran símbolo del acto individualizador por el cual la naturaleza humana que no nació emerge de la “madre oscura” (el vientre de la Tierra) y empieza a operar en el reino de la “madre celestial”. En el seno materno, el hombre está obligado y cabalmente condicionado por la naturaleza humana genérica, pero cuando emerge de este vientre y se encuentra bajo la cúpula del cielo, se halla entrando en un reino de libertad esencial. Respira; y en su acto de respirar, el hombre es el símbolo-arquetipo de su estado individualizado de ser. Está libre para alterar su respiración, y a través del poder de ésta -que es también el poder de la palabra pronunciada- el hombre puede probarse que es un individuo y amo, o condenarse a una vida individual desbaratada y frustrada. El antiguo Yoga hindú se basaba en esta comprensión del significado y del poder de la respiración; y, en otro sentido, también lo hacía así la astrología. La astrología era el medio para relacionar el primer momento de la libertad individualizada (la primera respiración) con el “proceso cósmico eterno”. Por ello, la astrología era, y puede serlo hoy, un método “para sacar al individuo de su aislamiento e incorporarlo en el proceso eterno” -un método así apuntado al mismísimo logro último que Jacobi describe como la meta de la guía psicológica de Jung. Los propósitos de los dos enfoques son idénticos en esencia; y los medios presentan muchas analogías características con diferencias igualmente características.

El primer punto que hay que subrayar es que la principal función de la astrología, considerada en el sentido psicológico, es ayudar (en las palabras de Jung) a reconocer al propio yo por lo que uno "es" por naturaleza, en contraste con lo que a uno le gustaría "ser" -y, como añade Jacobi "probablemente nada es más difícil para el hombre que precisamente este reconocimiento". El mapa natal considerado como un símbolo de la "participación radical" del individuo en el "proceso universal" puede revelarle al individuo lo que éste es por naturaleza, y de esta manera lo que podrá lograr, si vive de acuerdo con esta "ley" de su ser individual. Empero, el mapa natal se ocupa de relaciones simbólicas, de fórmulas de acción recíproca funcional, todo lo cual deberá interpretarse, como deben interpretarse los sueños, y si han de tomarse psicológicamente significativos y eficaces. Y como un sueño, el mapa natal podrá ser interpretarse de muchos modos. Podrá verse como un tono dinámico y creador, un desafío a la integración, o como un conjunto de trozos fragmentarios de información sobre las preocupaciones más comunes del género humano (riqueza, hogar, asuntos amorosos, salud, matrimonio, negocios, logros, etc.). La práctica corriente y tradicional de la astrología se ocupa de esto último. Por regla general, el astrólogo busca información de características inconexas del temperamento de su cliente. Entonces, la astrología no tiene un propósito psicológicamente integrador -en gran medida, porque el cliente o el mismo astrólogo "no espera" tener semejante propósito. En la actualidad, la mayoría de la gente enfoca la astrología del mismo modo que por lo general enfoca el tema de los sueños - de una manera desorganizada, desmañada, fragmentaria y, por lo tanto, malsana. Quienquiera espere que los símbolos de los sueños o los mapas astrológicos le conduzcan hacía una personalidad más plena, más abarcante, más consciente y más madura, deberá asumir una actitud mucho más seria y responsable. Debería comprender que si bien el contacto con el arquetipo del inconsciente y con las pautas celestiales del momento del nacimiento "puede" llevar al individuo a un estado rico y sereno de realización personal, tal contacto podrá también acarrear horribles resultados psicológicos. El mapa natal empieza a actuar como un "poder dinámico dentro del inconsciente y hace cosas". Fuertes tendencias dentro de la consciencia (y así produce acontecimientos) que de otro modo podrían haber quedado latentes y ocultos. Quienquiera crea en el significa del horóscopo y en la validez de la interpretación que le dé (él mismo) no es más la misma persona. "Se alteró la orientación hacía el inconsciente" aunque sea levemente. No comprender esto es cortejar un peligro real, pues la orientación de una persona hacía su inconsciente es el factor más dinámico de su personalidad. El proceso de integración de la personalidad está realmente lleno de peligros psicológicos reales. Nadie reconoció esto con más claridad que Jung; y expresó claramente que nadie podría triunfar jamás plenamente en este proceso a menos que, desde dentro, lo compela una "vocación" verdadera, una necesidad interior. ¡Cómo deberían los astrólogos comprender también este hecho! No obstante, hay necesidades colectivas, lo mismo que individuales. Vivimos en una Era explosiva -una crisis global en el desarrollo de la humanidad- que exige que todos asumamos nuevas responsabilidades y enfrentemos deliberadamente nuevos peligros por el bien de una finalidad colectiva que no podemos ignorar más. Esta es una Era de integración global -ya sea que con "globo" signifiquemos el planeta Tierra o la esfera de nuestra psique, nuestro cuerpo y nuestra mente totales. Por ello, debemos buscar un sendero de integración total, en la personalidad lo mismo que en la sociedad. Y debemos querer aceptar los riesgos -o convertirnos en menos que humanos. Pues ser humano es ser conscientemente total; es ser un microcosmos, un punto focal con significado y energía dentro del vasto organismo del macrocosmos -el Todo Universal.

La filosofía del holismo da por sentado que el universo entero es un solo sistema total y que, dentro de la gran totalidad, hay totalidades menores cuyas estructuras, pautas y funciones corresponden por completo a las de la totalidad mayor. Los astrólogos y filósofos de la época medieval usaban el concepto microcosmos-macrocosmos para expresar esta idea: o sea, todo el universo está, en el microcosmos, dentro del hombre; y, a su vez, las muestras estrelladas de los cielos se veían como el Gran Hombre o el Hombre Cósmico. Un ejemplo de esta suerte de correlación puede verse al comparar un solo átomo con nuestro sistema solar. El átomo es un microcosmos del sistema solar macrocósmico. A esta misma noción los poetas metafísicos ingleses la llamaron el "principio de las correspondencias". Lo importante acerca de este enfoque es que, estudiando los ciclos y pautas de la totalidad mayor (los planetas), podremos aprender acerca de los ciclos y pautas dentro del hombre mismo. El enfoque holístico no da por sentado que la causalidad es la ley última del universo; pues, si en realidad el universo es una sola totalidad, ¿cómo podrá algo causar, en última instancia, algo más? Más bien, la antigua ley de correspondencia entre las parte de una totalidad es un modo más apropiado de considerar los fenómenos holísticos. 

A esta ley de correspondencia, Jung la llama "sincronicidad", un principio conector acausal; y, con referencia a la astrología, señala que cuanto nazca o se haga en un momento particular del tiempo tiene las cualidades de ese momento. Jung usa el ejemplo de un catador de vinos que puede juzgar, tan sólo degustando un tipo de uva, la región donde se la produjo, y el año de añejez. Esta ley de sincronicidad explica por qué el horóscopo se dibuja para el momento del primer aliento del individuo, pues ésa es la época en que el infante recién nacido empieza su ritmo individual a tono con la totalidad mayor de toda la vida que le rodea. Más que cualquier otro astrólogo o filósofo moderno, Dane Rudhyar expuso clara y comprensivamente un enfoque holístico de la astrología y, en realidad, de la psicología, la filosofía y todas las cosas tocantes al hombre como persona individual. Además, desarrolló lo que él llama "Astrología Humanística", un enfoque que es enteramente compatible con las modernas técnicas psicológicas. En su libro The astrology of personality (1969) Rudhyar se refiere a la astrología como un "álgebra de la vida", o sea, un modo de entender el orden inherente a toda la vida, individual y colectiva. Cuando consideramos atentamente lo que la astrología es capaz de interpretar y dar significado, aparece como un lenguaje simbólico en el que la estructura en el espacio, y el tiempo de totalidades más vastas (como el sistema solar) se relaciona con el desarrollo estructural de totalidades menores (como una persona individual, o la humanidad en su conjunto). En realidad, la astrología humanística es la aplicación práctica de un enfoque filosófico holístico de la existencia. Según esta filosofía, cada totalidad existencial está contenida dentro de una totalidad mayor que, a su vez, es una totalidad menor contenida dentro de una totalidad aún mayor. Un sistema organizado de actividades existenciales es, por tanto, tanto el continente de totalidades menores, y uno de los contenidos de un sistema mayor. Como yo la veo, la astrología se ocupa esencialmente de los ciclos de movimientos y ritmos cósmicos (o biocósmicos). Se ocupa de la "forma" o gestalt de principios estructurales inherentes a todo sistema organizado de actividades; o sea, de cada totalidad. 

No es cuestión de influencia externa, literal y directa, ejercida por algún cuerpo celeste sobre entidades que viven en esta Tierra. La astrología humanística es un modo de estudiar y entender el ordenamiento o la organización de unas pocas funciones y tendencias esenciales en cada totalidad organizada de actividad. En la antigüedad, este concepto se expresaba como la correspondencia estructural entre el microcosmos y el macrocosmos; pero, originalmente, la que se veía como el microcosmos era la Tierra entera, análoga en estructura básica al universo todo. Sólo más tarde, cuando el proceso de individualización humana avanzó y las personas individuales emergieron de las matrices omnipenetrantes y totalmente controladoras de las sociedades tribales, tales personas individuales vinieron a ser consideradas como microcosmos -un hecho que Jesús afirmó potentemente cuando dijo: "El Reino de los cielos está dentro de nosotros". El enfoque energético de la astrología es, en esencia, un enfoque holístico, pues incorpora todas las dimensiones de la vida del hombre simultáneamente. Sin embargo, a esta altura debe aclararse que mucho trabajo está en actualidad en camino, que arroja luz sobre las energías en toda la naturaleza.  El hecho parece más claro toda vez que una ciega adhesión a un sistema de pensamiento puramente causal no nos permitirá desarrollar una teoría comprensiva de la astrología y hasta puede impedirnos entender los usos apropiados y el fundamento de la astrología. Como escribe el médico y astrólogo suizo Alexander Ruperti (1971): Donde Paracelso habla de la identidad del Macrocosmos y del Microcosmos, donde Rudhyar habla de principio de resonancia simpática de todas las partes de la totalidad universal, donde Jung habla de un principio de sincronismo que gobierna las manifestaciones idénticas de los fenómenos psíquicos en términos de tiempo, la astrología moderna, porque sigue la actitud científica, insiste en objetivar  tales correspondencias en una ley de causa y efecto. De este modo, la astrología moderna delata su antigua herencia del fetiche de la respetabilidad científica. El papel verdadero de la astrología fue y debe continuar siendo el de demostrar la existencia del orden cíclico universal en el nivel de desarrollo en el que la atención del hombre está en el caos, y es por esta razón que sugerimos que la misión suprema de la astrología, en términos de las necesidades cruciales del hombre moderno, es presentar una prueba de la existencia del orden armónico en el nivel psicológico y espiritual. Una clave para comprender toda la astrología está al alcance de quienquiera que entienda verdaderamente el significado de las siguientes definiciones:


Los PLANETAS indican específicas Dimensiones de la Experiencia
Los SIGNOS indican específicas Cualidades de la Experiencia
Las CASAS indican específicos Campos de la Experiencia en que operan las Energías de los Planetas y Signos
Los ASPECTOS (o relaciones angulares entre los Planetas) revelan cómo se integran dentro del individuo las Dimensiones de la Experiencia


Estos cuatro factores comprenden el alfabeto astrológico, y el arte de combinar las letras de este alfabeto da por resultado el lenguaje de la energía que se llama astrología. Estos factores se combinan del modo siguiente: Una dimensión particular de experiencia (indicada por cierto planeta), será matizada invariablemente por la cualidad del Signo en el esté situado en el mapa del individuo. Esta combinación da por resultado un impulso especifico hacia la autoexpresión y se define una necesidad de cumplimiento. El individuo confrontará más inmediatamente esa dimensión de vida en el campo de experiencia indicado por la posición de la Casa del planeta. Y, aunque el impulso para expresar o cumplir esa dimensión de experiencia estará presente en cualquier que tenga cierta combinación de planeta y Signo, los aspectos específicos de ese planeta revelan cuán fácil y armoniosamente la persona podrá expresar ese impulso o satisfacer esa necesidad. Dicho de otro modo, un planeta representa una energía dinámica, es algo vivo, activo, con sus propias motivaciones y metas. Por otro lado, una Casa es un ámbito de experiencia, un teatro. Un planeta es un actor, y la Casa es el decorado en el que transcurre la acción. Los planetas en sus Signos son la sustancia de la que estamos hechos. Las Casas son los ruedos de la vida en lo que estamos destinados, o predestinados, a realizarnos. En la práctica las Casas, planetas y Signos tienen un significado similar, el establecer comparaciones entre ellos nos ayuda mucho a comprenderlos. Por ejemplo, saber algo del comportamiento de Escorpio nos da una gran comprensión de Plutón, su regente, y si juntamos todo ello obtendremos el significado de la Casa 8. En la Trinidad de Signo, Casa y planeta subyace un mismo significado. Pero hay una diferencia que tiene que ver con el choque entre la motivación y el destino. Es cierto que a un cierto nivel sus significados son similares, pero el planeta evidencia el deseo, mientras que la Casa muestra lo que es posible. Quizá resulte superfluo diferenciarlos, porque nos cuenta la misma historia una Venus en la Casa 8 que una Venus en Escorpio, o una Venus conjunto a Plutón. Pero es revelador el diferenciar entre aquéllo que se experimenta como necesidades personales y aquéllo que se experimenta como el ruedo en el cual esas necesidades van a ser encontradas, retadas y confrontadas.

En la actualidad, para muchas personas la filosofía holística es el enfoque más estética e intelectualmente satisfactorio de la astrología. Empero, existe otro enfoque de la astrología que tan sólo ahora empieza a asumir forma clara y que sostiene la posibilidad de resolver muchas de las diferencias entre los que abogan por otros puntos de vista. Este enfoque se ocupa de las energías esenciales y de las pautas de energía que operan a través de los individuos, y estas energías son simbolizadas por los planetas y Signos del horóscopo. La primera parte de esta introducción es un intento de presentar de modo sistemático este enfoque de la astrología, punto de vista que se centra sobre las energías fundamentales que nos vivifican a cada uno de nosotros. El enfoque energético de la astrología es, en esencia, un enfoque holístico, pues incorpora todas las dimensiones de la vida del hombre simultáneamente. Sin embargo, a esta altura debe declararse que mucho trabajo está en actualidad en camino, que arroja luz sobre las energías sutiles dentro del hombre y las formas especificas de energía en toda la naturaleza. El hecho parece más claro toda vez que una ciega adhesión a un sistema de pensamiento puramente causal no nos permitirá desarrollar una teoría comprensiva de la astrología y hasta puede impedirnos entender los usos apropiados y el fundamento de la astrología.

Hace muchos años ha resurgido el interés por aquellos aspectos de la vida que son claramente humanos y subjetivos. A este enfoque de la psicología se lo ha denominado "tercer fuerza" o psicología "humanista", y es claramente diferente de los modelos más mecánicos del hombre, construidos por generaciones anteriores de psicólogos. Aunque la Psicología Humanista crece rápidamente e influye cada vez más en otros campos de estudio, muchos psicólogos de la vieja escuela la consideraba todavía insuficientemente precisa y  "científica". La psicología humanística es un enfoque más comprensivo y holístico de la vida psíquica y emocional del hombre que la mayoría de los demás enfoques utilizados comúnmente en este campo. Su misma comprensividad, y su énfasis sobre el holismo y la subjetividad hacen naturalmente que sea más difícil la inclusión de datos fácilmente mensurables y objetivamente verificables. Empero, hay una herramienta psicológica que satisface la necesidad de la Psicología Humanista en cuanto a un sistema preciso de tipos y diferencias humanos; y esa herramienta es la astrología. ¿En qué se diferencia la Psicología Humanista de los otros enfoques para entender la naturaleza del hombre? Primero de todo, todos los psicólogos humanísticos ejemplifican una confianza en la totalidad y el potencial de crecimiento de cada persona individual. Como escribe el psicólogo Carl Rogers (1967): "...el ser humano subjetivo tiene una importancia y un valor que son básicos: que no importa cómo se lo rotule o evalúe, él es una persona humana primero de todo, y muy profundamente. No es sólo una máquina, no es sólo una colección de vínculos estimulo-respuesta, no es un objeto, no es una prenda". 

Otro psicólogo, Maurice Termerlin (1963) escribe: "A diferencia de las metas científicas, las de una psicoterapia humanística no son predictibilidad ni control. De hecho, cuanto más positiva es la psicoterapia, menos predecible se torna el individuo, porque su rigidez se reduce y su espontaneidad y creatividad se acrecientan". Lo que Termerlin dice sobre la Psicología Humanista parecería estar en conflicto con el énfasis sobre la predicción que se encuentra en las ideas del vulgo acerca de la astrología y, en realidad, en algunos tipos de práctica astrológica. Sin embargo, dentro del ámbito de la Astrología Humanística, el énfasis es más bien sobre la persona que sobre un "acontecimiento" especifico. Como escribiera el primerísimo vicero de la Astrología Humanística, Dane Rudhyar: "los acontecimientos no les suceden a las personas de modo casi tan importante como las personas les suceden a los acontecimientos". Esta es la diferencia crucial en el énfasis entre la Astrología Humanística y otros usos de la astrología. De modo parecido, el énfasis integro en un enfoque humanístico de los estados físicos o psicológicos de "enfermedad" cambia de conocer qué género de problema tiene una persona a qué género de persona tiene un problema. 

Otro nuevo énfasis importante de la Psicología Humanística es que el potencial de creatividad y auto-realización del hombre se considera como lo más esencial que sus limitaciones, anormalidades y dificultades con el ajuste social. De hecho, la Psicología Humanística es el único enfoque popular que tiene en cuenta la unicidad y el tono individual del ser y los ciclos vitales del hombre, los mismísimos factores de los que la astrología se ocupa especifica y exhaustivamente. El psicólogo humanístico-existencial Rollo May (1969) define el "ser" como la "pauta de potencialidades" del individuo, y sigue diciendo que "estas potencialidades serán compartidas con otras personas, pero, en todo caso, formarán una pauta única en cada individuo". Esta cita de Rollo May podría fácilmente referirse al mapa natal (horóscopo) individual, simboliza, de modo holístico, la única "pauta de potencialidades" que vivifica a cada uno de nosotros. Uno de los promotores más activos de un enfoque humanístico de la psicología es James F. T. Bugenthal, editor del libro Challenges of Humanistic Psychology. En un articulo llamado "El desafío que es el Hombre" (1967) escribe: Efectuar una afirmación sobre una galaxia distante es hacerla acerca de uno mismo. Proponer una "ley" de la acción de la masa y la energía es ofrecer una hipótesis acerca del propio modo de ser en el mundo. Describir los microorganismos del portaobjetos de un microscopio es expresar una explicación de la experiencia humana... El psicólogo humanístico... acepta este subjetivismo básico de toda la experiencia como su reino del esfuerzo. Quiero decir, muy literalmente, que toda afirmación que hagamos acerca del mundo (el "allí") es inevitable e ineludiblemente una afirmación acerca de nuestra teoría de nosotros mismos (el "aquí")... La última subjetividad de todas las que llamamos objetivas la expresan muchos escritores, desde variados trasfondos... El renacimiento de la psicología humanística significa que la atención científica se dirige una vez más hacia la primacía de lo subjetivo. En esta cita, Bugenthal esboza su visión de la naturaleza holística del universo, que es la premisa filosófica básica de la astrología. Bugenthal describe además, lo que él ve como objetivo primordial de la Psicología Humanística: La Psicología Humanística tiene como meta última la preparación de un descripción completa de lo que significa estar vivo como ser humano. Por supuesto, ésta no es una meta que sea probable que se alcance plenamente; empero, es importante reconocer la naturaleza de la tarea. 

Tal descripción completa incluiría necesariamente un inventario del don natal del hombre; sus potencialidades de sentimientos, pensamiento y acción; su crecimiento, evolución y declinación; su interacción con varias condiciones circundantes...; el alcance y la variedad de la experiencia posible para él; y su lugar significativo en el universo. A menos que esté familiarizado con los usos y la precisión de la astrología, Bugenthal sin duda no está al tanto de cuán cercano está el logro de esta meta. Usando la astrología humanística como herramienta psicológica, todos los puntos anunciados en la cita anterior podrán aclararse y sistematizarse de modo comprensivo, mientras que al mismo tiempo se mantiene la apertura y el potencial para el crecimiento individual, lo cual es tan importante para una psicología humanística. Bugenthal toca también la cuestión de la predictibilidad: "... La La psicología humanística procura describir así a los hombres y sus experiencias para que estén mejor capacitados para predecir y controlar sus propias experiencias (y así, implícitamente, resistir el control de los demás)". Este objetivo es exactamente el de la astrología humanística, como lo expresa Dane Rudhyar en sus voluminosos escritos. Y esta predictibilidad de ningún modo contradice la premisa de la libertad individual del hombre, pues la libertad importante y fundamental es escoger la propia actitud hacia un conjunto dado de circunstancias. Como escribe el psicólogo Carl Rogers (1967): "Esta libertad interior, subjetiva y existencial es la que observé. Es el peso de ser responsable del yo que uno escoge ser. Es que la persona reconozca que ella es un proceso que emerge, no un producto estático final...".

Una segunda cuestión al definir esta experiencia de la libertad es que no existe como una contradicción al cuadro del universo psicológico como una secuencia de causa y efecto, sino como complemento de tal universo. La libertad, entendida correctamente, es una realización, por parte de la persona, de la ordenada secuencia de su vida. Como lo propone Martín Buder: "El hombre libre... cree en el destino, y cree que éste le necesita". Sale voluntariamente, libre y responsablemente a representar su papel significativo en un mundo cuyos acontecimientos determinados se mueven a través de él y a través de su elección y voluntad espontáneas. Nuevamente, para citar a Buder; "Quien olvida todo lo que es causado y toma decisiones partiendo de las profundidades... es un hombre libre, y el destino le confronta como la contraparte de su libertad. No es su frontera sino su realización". Hablamos entonces de libertad, que existe en la persona subjetiva, una libertad en la que el individuo escoge realizarse representando un papel responsable y voluntario en la provocación de los acontecimientos destinados de su mundo. Esta experiencia de libertad es para los alumnos un desarrollo muy significativo, que les ayuda a humanizarse, a relacionarse con los demás, a ser una persona. Uno de los pocos inconvenientes del enfoque humanístico de la psicología es, en la actualidad, que intenta mantener una actitud abierta y comprensiva hacia la persona individual sin las determinantes limitaciones de las categorías relativas y constantemente mutables, las cuales, sin embargo, son absolutamente necesarias a fin de alcanzar la exactitud descriptiva y la certidumbre teórica a las que se aspira como meta última de la Psicología Humanística. De allí que descubramos que gran parte de la Psicología Humanística quede sólo como un conjunto de actitudes o un enfoque general más bien que desarrollándose en una teoría precisa y útil de la personalidad y el crecimiento humano. 


Los arquetipos del inconsciente colectivo se basan en experiencias primordiales (arquetipos) tan vitales y universales que las respuestas normales a ellos se metieron tan profundamente en la naturaleza humana como instintos, actitudes tradicionales y conducta compulsiva. Tales herencias humanas comunes a las situaciones universales de la vida se heredan; en realidad, son condicionadas por las estructuras orgánicas del cuerpo, y son las expresiones psicológicas de éste, especialmente el cerebro. Y el individuo promedio no está más consciente del contenido de sus profundidades psíquicas que del funcionamiento de su sistema digestivo o circulatorio. Sin embargo, si un individuo se coloca (o es colocado por las exigencias peculiares de la civilización moderna) en circunstancias que desafían o excluyen respuestas naturales o ancestralmente establecidas a las situaciones básicas y tradicionales de la vida humana, resultan casi inevitablemente algunos desórdenes. Estos fenómenos afectan el normal funcionamiento del orgánico del cuerpo y de la psique, o de ambos. Si es afectado el cuerpo, ocurren enfermedades y dolor físico. Si el efecto es primariamente psicológico, la consciencia registra perturbaciones psíquicas y afectan al ego. Las perturbaciones alteran el estado normal de equilibrio entre el consciente y el inconsciente, y así desafían la estabilidad de las estructuras que el ego construyó. El ego, como el controlador centro de la consciencia, gobierna un campo de actividad psíquica que está constantemente rodeado por el dominio vasto y misterioso del inconsciente. El ego opera como un rey de un país, más allá de cuyas fronteras se extienden mares, montañas y bosques habitados por razas desconocidas. Estas razas pueden ser bárbaras o pueblos muy cultos. En uno u otro caso, sus modos de vida peculiares y extraños pueden conciliarse sobre la base de un comercio fructífero, y puede ocurrir un vitalizador intercambio de valores. Sin embargo, tal vez llegue el tiempo en que bajo la presión de condiciones internas o externas, se perturbe el ritmo normal de comunicación e intercambio entre el reino del ego (el campo de la consciencia) y las vastas regiones del inconsciente. El ego puede decidir (o ser forzado por la presión de exigencias sociales), actuar o buscar autoexpresarse de un modo que corra contra las pautas de conducta genéricas y culturales que son normales para la naturaleza humana o contra las tradiciones más profundas de una religión o cultura particular. Entonces se perturba la psique como un todo (que es en parte consciente y en parte inconsciente). Si la perturbación es bastante persistente, se crea un complejo, o se desarrolla una neurosis. El consciente se vuelve inflexible o belicoso, aislacionista o agresivo; cesa de comerciar pacíficamente con el inconsciente que, con sus energías dañadas o esclavizadas ante la voluntad del ego, se vuelve explosivo y busca venganza.

En las primeras etapas del conflicto, el inconsciente parece ceder. La naturaleza humana procura ajustarse a las exigencias del ego y su voluntad consciente; y todos sabemos cuánto ajuste puede efectuarse -por un tiempo. Sin embargo, si se mantiene o aumenta la presión de la conducta anormal del ego sobre los ritmos naturales de la humanidad común del hombre, la "naturaleza humana" se rebela, abiertamente o con la modalidad de una resistencia "subterránea". Tal vez la rebelión no afecte notablemente el equilibrio de las funciones biológicas al principio; pero es probable que se manifieste de modos psíquicos, por ejemplo, como sueños extraños y obsesivos llenos de ansiedad y de un drama oscuro y amenazador. Todos los instintos, como una común expresión raigal de la naturaleza humana pueden manifestarse como una imagen arquetípica en sueños, o pueden liberarse a través de fantasías diurnas y símbolos artísticos cuyo significado profundo quizá lo conozca o no el artista. Sin embargo, estos arquetipos del inconsciente ingresan en el campo del consciente sólo cuando y donde hay una necesidad de ellos -una necesidad de la personalidad dentro de la cual toman forma, según pautas antiguas y ancestrales. Según Jung, la consciencia se ajusta al medio ambiente con dirección, propósito y finalidad, y el inconsciente actúa de un modo que "compensa" cuanto sea unilateral en estas actividades conscientes. Jung subraya esta función compensadora del inconsciente, considerándolo como prueba de que la psique es un todo orgánico. Tal como el cuerpo, en conjunto, tiende siempre a reajustar el equilibrio orgánico alterado por las acciones obstinadas y forzadas en las que el hombre civilizado se complace constantemente, y tal como la pérdida de un órgano del cuerpo (o la destrucción de una parte del cerebro) es compensada por el correspondiente desarrollo de algún otro órgano o alguna otra función, así también se equilibra la psique. Si una persona fuerza deliberadamente a su psique para que responda a experiencias externas de una manera estandarizada y unilateral, esta actitud artificial y superconsciente suscitará un tipo igualmente exagerado y opuesto de actividad en el inconsciente y éste compensará forzándole a actuar, en momentos imprevistos, de modo precisamente contrario. Al héroe popular, identificado con las expectativas de su público y que representa su papel un día tras otro, es posible, no obstante, que su esposa y sus hijos le conozcan como débil, gruñón e irritable. En estos casos, el inconsciente reacciona a una actitud unilateral y fija del ego consciente con una presión compulsiva, forzando a la persona a actuar de manera repulsiva para su ego, si aquélla fuera consciente de esta fase de su conducta. A esta porción del inconsciente, Jung la llama el Anima, y el Animus tiende siempre a equilibrar a la persona, la parte de su psique que, buscando ajustarse bien a las exigencias del medio ambiente (o a alguna inferioridad orgánica o complejo infantil) exagera el ajuste y se vuelve esclava de las actitudes sociales.

El Anima es la función inconsciente que procura ajustar la personalidad a las exigencias de la naturaleza humana, o sea, al tipo normal de respuestas que un ser humano debería dar a las experiencias externas e internas si funciona como una personalidad sana, saludable y total. La naturaleza humana es conservadora, y el inconsciente colectivo o genérico reacciona ante la tensión y la fatiga de las actitudes conscientes tozudas y superindividualizadas en términos de moldes ancestrales y arcaicos que no son tan difíciles de modificar como los instintos animales. Pero en muchos casos la acumulada sabiduría del pasado demuestra ser mucha más sana y segura que los planes superdiferenciados y super-racionalizados para la acción de un ego forzado ajustarse a una civilización febril. Jung recalca el hecho de lo que emerge del inconsciente en sueños, inspiraciones y fantasía creadora revela tesoros de sabiduría y, a menudo, intuiciones proféticas que son componentes esenciales de toda personalidad que afirme ser sana y rica en significado humano, y verdaderamente creadora. No obstante, estos sueños e inspiraciones son habitualmente críticos y deben ser interpretados. Aparecen como imágenes y escenas o símbolos dramatizados, porque el inconsciente no es racional, ni lógico, ni está ligado por secuencias de causa y efecto. En consecuencia, el inconsciente sólo podrá manifestarse al consciente como una multitud de imágenes o arquetipos. Estas imágenes -tal como se relacionan con experiencias personales y recientes o universales y arcaicas- constituyen el único medio de comunicación posible con el inconsciente. Si la consciencia registra en ocasiones contenidos, advertencias o juicios inconscientes como palabras reales en secuencia lógica y clara, eso es porque primero trabaja sobre aquéllos, y, por decirlo así, los traduce, "una función psíquica intermedia" que procura siempre hacer que el inconsciente sea inteligible para el ego consciente. 

El Anima, en su aspecto más profundo y positivo, cumple tal función. El Anima pues, ha de entenderse así; primero, como una reacción compensatoria a una actitud consciente unilateral con la que el ego se identifica (la persona). Segundo, el Anima es la función mediadora que busca tender un puente en la brecha entre el inconsciente y el consciente, entre la "naturaleza humana" y el ego, entre la sabiduría colectiva permanente de la raza y las formas diferenciadas, aguzadas, intelectualizadas y siempre mutables del conocimiento del ego. En tercer aspecto, Jung describe también el Anima como la imagen ideal de la feminidad que todo hombre lleva en su mente inconsciente, según sus necesidades personales y las tradiciones impersonales arcaicas que establecen el significado esencial de la mujer para el hombre. El Anima de un hombre se convierte en el "Animus" de una mujer. En otras palabras, Anima y Animus representan el elemento contrasexual respectivo de cada uno. Aquí llegamos a reconocer una cuestión esencial de la psicología de Jung, cuestión que ha sido un factor integral desde los primeros tiempos de la civilización caldea y china. Esta cuestión es que todas las manifestaciones psíquicas están dotadas de polaridad, como lo están todas las formas de energía en el universo. "La Ley de Polaridad es la Ley de la vida misma". Dondequiera haya vida, interactúan eternamente dos fuerzas de polaridad contraria, se interpenetran y se equilibran entre sí. Todo organismo vivo demuestra este ritmo polar dinámico; se manifiesta en un sentido, como la ley de actividad compensadora antes mencionada, y en otro sentido, como sexo.

El sexo (considerado en su sentido más amplio como la polarización de la energía vital humana) se refiere no sólo a los órganos físicos. Estos se ocupan de las manifestaciones "externas y exteriormente activas" del sexo en el cuerpo; pero en la psique, hallamos manifestaciones correspondientes de polaridad contraria que constituyen las "fases internas e interiormente activas" de la energía vital. Y es a éstas que se refieren los conceptos psicológicos de Anima y Animus. En realidad, es un hecho que dentro de la personalidad total de un hombre o una mujer están contenidos elementos masculinos y femeninos. Lo que hace que un hombre sea "masculino" es el porcentaje superior de energía viril que su naturaleza "física incluye"; pero el hecho complementario es que, al mismo tiempo, su naturaleza psíquica incluirá un porcentaje inferior de energía femenina. En otras palabras, la energía biológica es meramente la fase central del aspecto exteriorizado de la fuerza vital bipolar que opera a través -y es verdaderamente responsable de la construcción- de la persona humana. El aspecto de esta fuerza vital creadora que se exterioriza o se libera como sexo, construye, sostiene y reproduce el cuerpo, bajo la dirección del principio más primordial de la diferenciación (Karma) simbolizado en astrología por Saturno. Por el otro lado, la parte interiorizada y no liberada de la energía vital (Anima o Animus) -de polaridad contraria al sexo del organismo- construye y sostiene las funciones psicológicas a través de las cuales ocurren las formas características de la actividad interior (o podríamos decir "actividad del alma"). La función de Anima-Animus es responsable del desarrollo primario de todas las imágenes, de todos los símbolos y fantasías creadoras a través de las cuales el inconsciente se comunica con el ego consciente. Es también el factor controlador del crecimiento de las actitudes aspiracionales y devocionales, o técnicas ocultas, que se desarrollan como resultado de la reorientación hacía adentro (o conversión) del ego, lejos de la individualización o diferenciación y hacía lo espiritual o las realidades radicales que todas las personas comparten.

Siempre que nos ocupamos de la energía vital, nos ocupamos de lo que en astrología es representado básicamente por el Sol y la Luna. El reino de la vida (usando el término en su sentido estricto como el poder que construye, sostiene y reproduce a los organismos vivos) es el reino de la dualidad. Y este reino de la vida y de la dualidad se expresa astrológicamente a través del mutuo accionar cíclico de los factores solares y lunares. Sin embargo, un tercer factor que debe considerarse en toda análisis verdaderamente fundamental es la Tierra. La Tierra establece las posiciones y la importancia relativa de lo que los seres humanos perciben como Sol y la Luna. La "necesidad" de estos seres humanos (y de todas las criaturas que habitan en la superficie de la Tierra) es lo que compele a la manifestación de la energía solar-lunar, y particularmente los circuitos de la Luna. En la tradición esotérica, la Luna, aunque satélite de la Tierra, es representada como la más vieja que la Tierra. La Luna es la madre, que diligentemente sirve a las necesidades de su hijo -y así se mece sobre él, rodeándole en todos sus movimientos.

Saturno fija la cantidad y el tipo de energía solar liberada al comienzo de cada ciclo de lunación; pues, si bien el Sol representa el centro del sistema individual de la personalidad, Saturno representa las fronteras de este sistema -las limitaciones, el destino o el Hado particular del individuo. Saturno simboliza las operaciones de la ley de la diferenciación individual (el Karma del individuo). Define la permanente estructura orgánica del cuerpo (el esqueleto), y también la estructura del ego. Mientras el ego gobierna como el centro de la personalidad, y mientras los remotos planetas Quirón, Urano, Neptuno u Plutón no logran desafiar y disolver el saturnino apretón sobre la personalidad, Saturno controla la liberación de la energía solar (o de espíritu universal) a través de las formas construidas periódicamente por la Luna (las estructuras fisiológicas y gobernadas por el ego pertenecientes al cuerpo y a la consciencia). El desafío del inconsciente colectivo a la consciencia egocéntrica opera primeramente bajo el poder de Urano. Pero si bien Urano es el desafiante, la energía liberada por el desafío es liberada también por la Luna. El desafío de Urano a la regencia saturninamente condicionada del ego significa que algún contenido nuevo y revolucionario del inconsciente activó y que, como resultado, la personalidad esta a punto de enfrentar un drástico proceso de metamorfosis. Este proceso lleva desde la etapa egocéntrica (personalidad saturninamente controlada) a aquélla en la que el Yo (en el sentido junguiano, el Sol) se realiza como el centro integrador de una personalidad total (simbolizada por el sistema solar íntegro). Esta metamorfosis es lo que llama Jung el "proceso de individuación". El hombre promedio está, sin embargo, todavía más lejos de semejante confrontación. En él, Urano actúa de manera "refleja", como factor de perturbación causadas por condiciones sociales agitadas y disruptivas. En él, la regencia de Saturno no es desafiada realmente "de un modo individual". En consecuencia, tal persona debe considerarse que opera estrictamente dentro de las fronteras saturninas, según su ritmo psicológico normal. Esto significa que su consciencia es normalmente inmune a los contactos con los poderosos arquetipos del inconsciente colectivo que, en los individuos superiores (¡o desequilibrados!) operan a través de los planetas transpersonales enfocados aguda e individualmente. No obstante, la psique del hombre promedio contiene actividades inconscientes; pero éstas se refieren al "inconsciente personal" del individuo (subconsciente de Freud) o a su respuesta no individualizada y pasiva a las corrientes sociales, culturales y religiosas que animan a la comunidad, a la clase y a la nación que le pertenecen por nacimiento y tradición ancestral. Es con referencia a estos dos tipos de factores inconscientes que operan esencialmente las funciones de Anima-Animus.

Estas funciones constituyen un aspecto de la Luna en el simbolismo astrológico -el tipo de actividad lunar dirigido hacía adentro. El otro aspecto trata sobre el tipo de actividad lunar dirigido hacía afuera, que, como vimos antes, se ocupa de la construcción de las estructuras biológicas y facultades psicológicas que apuntan a ello para crear el mejor género posible de ajuste al mundo externo. En otras palabras, en el ser humano promedio, la Luna representa dos tipos distintos de actividades de polaridad contraria. Las tradiciones antiguas reconocían claramente este hecho cuando acordaban a la Luna un género doble, hablando del planeta como "Lumus-Luna" -la masculina y femenina. El otro aspecto de la Luna es "Luna", la energía que está detrás de las manifestaciones interiorizadas de la fuerza vital -el Anima de los hombres y el Animus de las mujeres; o sea, el factor contrasexual. Este factor conduce a la producción interior de vida de todas las imágenes y símbolos. Debido a esta polarización de Lumus-Luna, se colige que a fin de acrecentar el fluir hacía adentro de la energía vital, ha de cortarse o dañarse la corriente hacía afuera (representada principalmente por sexo, sumisión a patrones sociales y egocentrismo -o sea, por Marte, Júpiter y Saturno). Esta es la finalidad básica de muchas prácticas ocultas y religiosas que implican aislamiento, ascetismo y autosumisión -desde del alma se la ve como un polo opuesto a la vida del sexo y a la vida socio-profesional egocéntrica (o regida por la "persona"). También se considera que se desarrolla en oposición a la vida racional del intelecto, pues mientras la última opera en un reino de formas lógicas regidas por Saturno, la vida del alma tiene sus raíces en las funciones irracionales del Anima-Animus -y luego en las actividades del inconsciente colectivo representadas por los planetas transpersonales.

Sin embargo, el concepto de Jung sobre el desarrollo de la personalidad es uno en el que ninguna función se ha de reprimir a costa de otra. La técnica de individuación -lograr la plenitud de la personalidad a través de un desarrollo rotundo (global) de sus funciones- implica una "interpenetración recíproca" de todos los opuestos psíquicos, especialmente del consciente y del inconsciente. En astrología esto significa que todos los factores planetarios de un mapa natal tienen que desarrollarse y que éste debe entenderse como una totalidad orgánica, como símbolo de la totalidad de la persona humana. El desarrollo total de esa personalidad puede ocurrir a través de interacciones suaves o tensiones agudas entre las diversas funciones; pero no tiene sentido llamar a los tipos primeros de relaciones (o sea, aspectos planetarios) "buenos" y a los últimos "malos". El mapa nos brinda una notable comprensión del equilibrio funcional dentro del cual una personalidad opera. Sin embargo, lo que presenta es sólo un cuadro abstracto de relaciones complejas, una fórmula o un diagrama. No obstante, poseer semejante "pauta objetiva" permite traer procedimientos psico-terapeutas al reino de lo que Jung llama la "psique objetiva". Reduce las complejidad infinita de las actividades fisio-psicológicas a muy pocas "funciones" básicas (los planetas incluidos el Sol y la Luna, y factores secundarios), unos pocos tipos característicos de operación orgánica (los Signos del Zodiaco) y una pocas categorías fundamentales de experiencias individualizadoras (las Casas). Estos datos astrológicos son todos "simbólicos". Deben ser interpretados tan sólo como sueños. Debe dársele significado "en términos de las necesidades y del nivel operativo de cada persona". Empero, porque éstas son estructuras humanas comunes a todos los individuos, porque la experiencia del cielo es fundamental en la experiencia humana y toca las raíces mismas de la consciencia, y porque todos los seres humanos, por variados que sean los caminos que sigan, pugnan en pos de una sola finalidad evolutiva, que es el Yo central y la "Imagen de Dios" en todo individuo, los símbolos de la astrología tienen validez universal. Su significado aumenta con la buena voluntad del hombre para enfrentar a la totalidad de su naturaleza, y vivir tanto en sus profundidades como en sus alturas, tanto en su humanidad como en su individualidad muy diferenciada y singularísima. 


¿Que es el yo? El problema central de la psicología es determinar la naturaleza del Yo. ¿Qué significamos cuando decimos “yo”? ¿En qué medida podemos efectuar una distinción entre las expresiones “yo” y el “yo dentro de mi”? ¿Qué significado hay al hablar de una “Yo Universal” en contraste con el “Yo individual”? Las respuestas que se dan a estas preguntas básicas difieren grandemente entre los psicoterapeutas contemporáneos cuyos enfoques discutiéramos hasta aquí. La escala de la opinión se extiende desde Freud, el materialista, hasta Assagioli, el trascendentalista. Todos estos hombres observan los mismos fenómenos y todos procurar curar; empero, cada uno observa su tarea bajo una luz diferente, porque, para cada uno, el Yo también aparece bajo una luz diferente. Si consultamos el diccionario, hallamos que al vocablo “yo” se lo define como “un individuo conocido o considerado como el sujeto de su propia consciencia. Toda cosa, clase o atributo que, considerado abstractamente, mantiene una individualidad distinta y característica”. ¿Pero, qué significa exactamente con “sujeto” y con “consciencia”? El concepto de “sujeto” no puede discutirse sin considerar su opuesto, el concepto de “objeto”. La consciencia (como el hombre la conoce) es una relación entre sujeto y objeto, entre el “yo” y el “mundo”. Sin embargo, nuestra experiencia no se limita al “mundo externo”, o sea, a las cosas que vemos, tocamos, oímos, golpeamos, gozamos sensualmente o herimos orgánicamente. También experimentamos un “mundo interior”, una secuencia ininterrumpida de sentimientos y pensamientos o imágenes mentales que se repiten eternamente, o ser iluminados por inspiradoras realizaciones. Ya sea que las experiencias traten sobre este mundo interior, o sobre sensaciones inducidas por entidades físicas externas, deberán considerarse como refiriéndose a “objetos” de los que un “sujeto” se vuelve consciente. Este sujeto es lo que llamamos “yo”. Sin embargo todas las experiencias se deben al hecho de que el sujeto nota “cambios” en la naturaleza, la posición y las actividades de los objetos con los que se relaciona -ya sean objetos físicos o imágenes mentales de su mundo interior. ¿Pero el “yo” podría notar realmente cambios en el mundo, si él mismo también se mantiene cambiando constantemente? Dicho sucintamente, la consciencia es la relación “entre objetos que están en un estado de cambio, y un sujeto que no cambia”; o sea, quien “mantiene una individualidad o una identidad distinta y característica”. Si el sujeto o “yo” no es capaz de mantener esto, es atrapado en la Rueda del Cambio y pierde su identidad distinta y característica, luego desaparece la consciencia y es reemplazada por la inconsciencia. El “yo” es abrumado por el mundo; lo (relativamente) inmutable es derrotado por el cambio.

A fin de que el mundo no abrume al “yo”, es evidente que este “yo” tiene que ser básicamente de naturaleza diferente del mundo. Tiene que ser “en el mundo, pero no del mundo”; un peñón de permanencia en un mar de cambio. Pero lo que la mayoría de las personas llama “yo” es realmente de naturaleza similar al mundo -o sea, ellas mismas son “afectadas” (o sea cambiadas) por cambios violentos o persistentes de la sociedad y del cuerpo de verdades y valores religiosos y culturales de los cuales son muy claramente partes. El “yo” de la persona promedio no mantiene su identidad característica en tiempos de convulsiones sociales, sencillamente porque está “arraigado en” un tipo particular de sociedad y condicionado por particulares estructuras socio-culturales. En realidad, este “yo” es básicamente una expresión “del lugar y de la función que la persona ocupa en su sociedad”. Astrológicamente hablando, el carácter de este “yo” es determinado por Saturno; y la naturaleza de su participación en la sociedad por Júpiter. Estos dos planetas son esencialmente representantes de funciones sociales, colectivas -o sea, la diferenciación de una persona (y el mantenimiento estable) dentro de un todo mayor del que ella misma se siente parte. Si una persona vive en un género estático de sociedad, que permanece arraigada en una economía estable, una firme perspectiva religiosa y de clase, y un medio geográfico fijo, el carácter inmutable de esta sociedad se refleja en la vida de la persona como un “yo”. Cualesquiera sean los cambios que esta persona experimente (principalmente debido a su desarrollo orgánico, capacidad de trabajo y edad) pueden explicarse fácilmente por su religión y la sabiduría tradicional de su cultura y hacerse que se adecuen a las amplias normas del orden cíclico. Así, una persona permanece establecida firmemente en su lugar, función social, y su relación con otras personas similarmente estables y bien arraigadas. Su “yo” es firme, sencillamente porque es una función de un orden social firme. Pero si una persona vive en una sociedad que está en un estado de trastorno y crisis al por mayor -como el nuestro de hoy día- y en medio de creencias, moral y normas sociales desintegradoras, su “yo” se envuelve inevitablemente en este frenesí del cambio, “mientras esté arraigado en el suelo de la sociedad”. Al suceder esto, en esta persona no existe más ningún centro o estructura permanente de referencia con los que puedan relacionarse los cambios continuos e imperceptibles de sus mundos interno y externo. La consciencia huye. Al “yo” lo abruman la inconsciencia, y los poderes oscuros y destructivos que ella oculta. El “peñón en el mar de cambio” es erosionado por el mar enloquecido. Puede así desintegrarse, porque el peñón y el mar son ambos entidades sustanciales. Entonces, la persona realiza inconscientemente acciones que no puede relacionar significativamente con su “yo”, acciones que desaniman o revolucionan cuanto quede de ese “yo” y su “identidad característica”. Por miedo, el “yo” se congela, o escinde y desintegra, y sobrevienen, en secuencia, la neurosis, la psicosis y la insania.

Cuando el “yo” se abate de tal manera durante un período social firme, el acontecimiento es excepcional; y eso se atribuye a “posesión” por fuerzas elementales o malignas que la religión intenta exorcizar ritualmente. Pero cuando la sociedad y la tradición religiosa se desintegran, y el abatimiento del “yo” se convierte en un acontecimiento frecuente, resulta imperativa la necesidad de una reconsideración general y básica de la naturaleza del Yo. El psicólogo no tiene modo de reconstruir o detener la desintegración de la sociedad y la cultura. Puede tratar de ayudar a los pocos individuos a los que puede llegar para que reconstruyan el Yo que se volvió rígido más allá de la posibilidad de relaciones que “expliquen” sus mundos interno y externo. Puede unir el sacudido peñón del Yo y tratar de darle más fuerza para que afronte el asalto del mar. Sin embargo, esto no puede conducir a resultados muy duraderos, y ciertamente, no conducirá a resultados creativos y radiantes. El otro único curso es admitir que el “yo” destruido no es el sujeto real, el centro seguro de referencia, que, por naturaleza, no es permanente y firma -pero sólo lo es si todo alrededor de él está ordenado y estático. Un sujeto o centro real debe ser descubierto. Al “yo” destructible se lo llama entonces el “ego”, para distinguirlo, por contraposición, del Yo real, denominado el Yo o el “Yo superior” (en contraste con el ego o el “yo inferior). Psicoterapeutas como Jung, Kunkel, Assagioli y otros reconocieron esta distinción y, finalmente, definieron los dos factores, proporcionando de ese modo una base para un nuevo tipo de curación psicológica.

Según Jung, el ego es meramente el sujeto o el centro del campo de consciencia de una persona. El Yo es el sujeto o el centro de “la totalidad de la personalidad”: no sólo incluye la porción consciente sino también el inconsciente de la psique. Para Jung, “los procesos inconscientes están en relación compensatoria con la consciencia”, y estas dos partes de la psique “se complementan entre sí en el Yo”. Por tanto, el Yo ha de considerarse no sólo como un “centro” de la personalidad total, sino como la “circunferencia” que abarca tanto las actividades conscientes como inconscientes que esta personalidad total incluye. El Yo nunca podrá ser “conocido plenamente” por el ego, pues esto significaría que una parte limitada (o aspecto) sabría y sería capaz de describir al Todo: un imposible. Sin embargo, al ego, el Yo puede parecerle como la meta última del desarrollo personal; como un continente omniinclusivo de experiencias que incluye muchas más que las del ego; como el centro permanente de referencia y sujeto real. El Yo sólo puede verse como “nuestra participación individual en Dios”, el punto focal de nuestra psique en el que la imagen de Dios se muestra más claramente, cuya experiencia nos da el conocimiento, como nada más lo da, el significado y la naturaleza de nuestra semejanza con Dios. El doctor Kunkel describe entre el ego y el Yo más en términos de que son, respectivamente, los centros “falso” y “verdadero”, o “temporario” y “esencial” de la personalidad. Ve al ego también como “la suma total de lo que conocemos o lo que creemos conocer sobre nosotros mismos... un sistema de declaraciones relativas a nuestras metas y nuestros medios, capacidades y limitaciones... un retrato inadecuado que hacemos de nuestro Yo real”. Este ego tiende a vivir una vida que le es propia, como un objeto rígido independiente, mientras que el Yo exhibe nuevas cualidades y madurez creciente. En muchos casos, el Yo y el ego se desarrollan en direcciones opuestas. Nuestras normas de conducta y decisiones vienen “a servir al ego en vez del Yo” -y esto es egocentricidad- mientras que, cuando nuestras acciones “fluyen desde el centro real” (el Yo) muestra verdadera creatividad. La influencia del ego es siempre desfavorable. La egocentricidad empieza en los primeros años de la niñez como un ajuste natural al medio egocéntrico del niño. Kunkel escribe también que “la esencia misma del pecado es en la sustitución de un centro falso, el ego, por nuestro centro real, el Yo. Esta sustitución da por resultado aislamiento y desconfianza de la gente de nuestro grupo, aislamiento y pérdida del conocimiento de Dios, y luego ansiedad. “Nuestro centro creativo, el Yo, es nuestra relación positiva con Dios”. Es “la creatividad del Creador que opera a través de los individuos humanos” - “cuanto más una persona se encuentra a sí misma, más descubre que su interés personal es reemplazado por su responsabilidad para con su grupo y la humanidad, el Yo real no es sino Nosotros”. Así, para Kunkel, el ego es un factor “equivocado”, “excéntrico” que estorba a nuestra vida creativa; mientras que Jung piensa en él más bien como la primera fase inevitablemente incompleta del desarrollo de la personalidad, en la que se reconocen sólo los procesos conscientes.

El psicólogo italiano Roberto Assagioli presenta un cuadro algo distinto, pues en sus diagramas de la constitución total del hombre, pone al Yo “en la cima” de una figura ovoide, en cuyo centro se halla el ego; además, no emplea el término “ego”, sino que contrasta al Yo consciente normal, o “yo” con el Yo espiritual. Según su criterio, el Yo consciente es meramente una proyección del Yo espiritual con el que está vinculado por un “hilo” magnético o “rayo descendente”. Estas ideas de una proyección “descendente” del Yo verdadero (la fuente del espíritu y de la luz) dentro del campo de la personalidad, de un Yo verdadero que es trascendente hacia el campo de la personalidad (empero, del que todo “estudioso del hombre debe partir”), de una oposición entre las tierras bajas de nuestra consciencia corriente y la cima brillante de la espiritual realización del Yo, son todas características del enfoque platónico-cristiano u oculto de la psicología. Cuando el Yo inferior llega a unirse con el Yo superior, el individuo, en quien llega a consumarse este muy arduo proceso, “trasciende por completo el reino humano y se convierte en un verdadero ser espiritual. En este proceso, el Yo trascendente actúa como un nuevo centro unificador en torno del cual se construye una personalidad nueva e igualmente trascendente: la meta de la psicosíntesis.

Al estudiar las varias definiciones del Yo y del ego que ofrecen los psicoterapeutas, es probable que nos sorprende el empleo confuso del vocablo “centro”. Creo que esta confusión reside en una incapacidad para diferenciar entre “estructura” y “contenido”. Decir que el ego y el Yo son “centros” es ignorar las diferencias fundamentales entre ellos. Esta diferencia debe aclararse si volvemos a nuestra primera definición que diéramos sobre el Yo como “el factor permanente en cuya referencia los elementos eternamente mutables de la experiencia humana (tanto en la psique como en el mundo externo) se vuelven conscientes y significativos. Sin embargo, pueden considerarse dos tipos de cosas, como factores permanentes de referencia: una estructura (relativamente) fija (el ego) -y una cualidad, vibración, o tono (relativamente) invariable (el Yo). Por ejemplo, en una sinfonía clásica, todo lo que musicalmente tiene lugar puede referirse a una escala particular; y la escala es una estructura fija -o sea, una pauta fija de relaciones entre una serie de notas. Estas notas tienen significado y función con referencia a esa pauta, en términos del lugar que ocupan en ella. Pero este elemento estructural no basta. La sinfonía no es sólo una partidura escrita, una estructura abstracta de “notas”; es también una combinación muy compleja de sonidos o “tonos” ejecutados realmente en instrumentos y oídos por oídos humanos. Hay algo a lo que todas las notas se refieren, un factor inmutable en cuya relación adquieren un carácter o vibración absoluto: el diapasón.

Las notas Do y Fa tienen significado estructural como partes componentes de una escala; pero los tonos vibrantes a los que se da estos nombres tienen significado en términos de un tono absoluto establecido por la diapasón. Si el tono de este diapasón cambiara, Do representaría un nuevo tono, una nueva vibración, un nuevo ritmo del ser -aunque tendría la misma función en las pautas que se ven en el pentagrama. Esta ilustración no debe tomarse demasiado literalmente, pues los hechos de la existencia humana son mucho más complicados que los mencionados en esta metáfora musical. Empero, la analogía debe ayudarnos a comprender que el ego, como una escala musical, es esencialmente un producto de la familia y las condiciones sociales, o más exactamente, un conjunto de respuestas a la herencia y al medio. Toda cultura desarrolla sus propias escalas musicales. “Toda raza y toda sociedad producen unos pocos tipos básicos de estructuras del ego” (tal como producen pocos tipos básicos de estructuras corporales). Una persona perteneciente a una raza y sociedad particulares, en lo que concierne a su ego, es una variante melódico-armónica de una de estas básicas estructuras del ego (o escalas de respuesta a las potencialidades genéricas inherentes a la naturaleza humana -o sea, a la humanidad común de todos los seres humanos). Cuando una sociedad está firme y fija en sus pautas colectivas, las estructuras del ego de los miembros de tal sociedad son también tranquilas, firmes, seguras y permanentes. Por otro lado, cuando la sociedad se halla en estado de crisis y ruptura, entonces el ego -su producto indiferenciado- es estructuralmente inseguro. Al no tener una estructura de referencia dentro de la cual puedan relacionarse, las respuestas del ego al medio ambiente y sus acontecimientos caóticos se deslizan inevitablemente bajo el umbral de la consciencia y del significado. La persona humana ya no puede decir significativamente “yo” -y olvidó cómo sentir instintivamente “Nosotros”. Entonces las únicas soluciones posibles para el individuo, además de una congelación insensible en la pura egocentricidad dentro de los helados recuerdos de una tradición absoluta, son:

1. Participar en la construcción de una nueva sociedad -lo cual habitualmente implica revolución y la imposición coercitiva, por personas fuertes y un Grupo dominante (Religioso o Partido), de nuevas pautas sociales y mentales sobre la sociedad, y lugares y funciones fijos para todos los individuos.
2. Llegar más allá del sometimiento a estructuras del ego y pautas sociales en pos de una fuente creadora de toda vida y todo progreso espiritual -el saber, el Yo.

La primera opción implica la reconstrucción de un ego nuevo, habitualmente bajo la compulsión de una sociedad nueva, una religión nueva, o un dirigente o ídolo nuevo. La nueva estructura del ego puede ser más amplia y más inclusiva -pero también puede ser regresiva, dependiendo del tipo de grupo al que se presta lealtad. La lealtad y el servicio que se prestan son un acto de salvación, restaurador del ego y reconstructor de estructuras: una nueva operación de la función Júpiter/Saturno. La segunda opción significa “ir más allá de la crisis como individuo; y una vinculación directa del organismo-como-un-todo con una fuente de emanación creadora -el Yo, el Dios-dentro”. Esto implica, hablando astrológicamente, un despertar de las funciones de metamorfosis psicológica representados por los planetas trascendentes, Urano, Neptuno y Plutón. Estos planetas están vinculados de modo misterioso con aquello de lo cual el Sol visible es sólo un foco de radiación -la radiante plenitud del espacio definida por la órbita de la Tierra y eventualmente por movimientos aún más vastos. El Sol visible es la fuente de las energías cósmicas y atómicas que suscitan la vida en toda la naturaleza, que convocan y sostienen todas las especies orgánicas en un sentido genérico inconsciente, sin considerar los individuos. Estas energías cósmicas son las encerradas dentro de los átomos por la “aglutinante fuerza” saturniana. Así están encerradas dentro de la estructura del ego, dentro de las pautas de una particular estructura y cultura sociales. La vida que dinamiza el contenido de estas estructuras en la que fluye, hablando astrológicamente, desde la Luna, pues Saturno y la Luna constituyen una pareja. Saturno construye las estructuras; la Luna dinamiza el contenido -o sea, todas la Imágenes puramente conscientes, reacciones y “complejos” que llenan nuestra vida egocéntrica, gobernada por la tradición. Sin embargo, esta energía de la Luna es sólo una porción refleja de la energía que se derrama incesantemente desde el Sol. Es energía solar filtrada y coloreada por las limitaciones (karma) impuestas por Saturno. La estructura formal del ego (y también el esqueleto del cuerpo) es significado así en astrología por Saturno (sus posiciones y aspectos zodiacales y las Casas); la vida del contenido de este ego es representada por la Luna. La luz visible y la energía del Sol son la energía universal que despierta, desarrolla y sostiene todo lo que hay por doquier -todo lo que vibra en el núcleo de cada átomo, lo mismo que en las actividades y respuestas de todo ser humano. Su energía posibilita toda experiencia y anima en todo nivel a todo experimentador. Brilla sobre todas las cosas sin diferencias; es constructiva y destructiva. Es vitalidad universal y energía atómica. Es la fuente de lo que los hindúes llaman “Prana”.

Sin embargo, al Sol visible no debe considerárselo como el Yo. Es sólo el punto de liberación de la energía del Yo. Al Yo sólo puede simbolizarlo en su realidad esencial, el espacio -el espacio en la Plenitud del Ser. Nosotros sólo podemos, sin embargo, percibir y visualizar este espacio, pues nuestro propio movimiento establece a través de él, un foco para la liberación de su energía universal. Llegamos a conocer a esa energía como espíritu, como luz, como inteligencia creadora. Pero al comienzo sólo la conocemos a través de las conmociones que causa (a través de Urano, Neptuno y Plutón) a nuestra seguridad saturniana y a nuestra rigidez egocéntrica, cultura-céntrica y eclesiocéntrica. En realidad, al principio sólo podemos conocer al Yo “a través de nuestras crisis” y de manera negativa. La conocemos por lo que no es -como lo señalara claramente Kunkel, siguiendo la antigua sabiduría oriental de los Upanishads y del Tao. Empero, podremos experimentar en última instancia a este Yo, si emergemos -y cuando emergemos- positivamente de nuestras crisis. Lo experimentamos “místicamente”, como una expansión intensa de la consciencia y un sentimiento inexplicable de identificación con un Sujeto Universal en la consciencia del Cual sólo somos uno de los objetos -un pequeño orbe dentro de inmensidades cósmicas. Experimentamos al Yo, de una manera “oculta” más concreta, como una realización de nuestra cualidad y tonos recónditos del ser, de nuestra participación funcional en una Comunión espiritual trascendente que abarca los sistemas solares y la estrellas.


Considérese el organismo físico de un ser humano: está constituido por piel y músculos, intrincados sistemas circulatorio y nervioso, órganos digestivos y glándulas endocrinas -y, manteniéndolos a todos coherentemente alienados y sus lugares apropiados, hay una estructura ósea, el esqueleto. La psique de una persona individual, aunque tal vez no se desea describirla como un organismo real y sustancial, ha de considerarse no obstante como poseedora de una estructura básica. Dentro de esta estructura hay funcionales sistemas de respuesta a la experiencia que permiten que la psique “asimile” esta experiencia, aprenda, y crezca a partir de ella, y dirija las actividades corporales. Cuando Jung caracteriza a la psique como un “sistema auto-regulador” que obedece a “la ley de la complementariedad, según la cual los diversos factores psíquicos están mutuamente en relación complementaria o compensatoria”, implica la naturaleza funcional de la psique. Y la función presupone estructura, siempre que el término “estructura” le demos un significado muy amplio -el significado de una pauta operativa (al menos relativamente) constante. En este sentido un sistema auto-regulador es un sistema estructural. El ego es la base estructural de la psique; y de modo parecido, en el campo de la actividad mental, la lógica es la base estructural del pensamiento coherente y riguroso. En la moderna teoría de la relatividad, el espacio-tiempo se lo considera como la base estructural del universo de la experiencia humana. Sin embargo, la estructura del ego es susceptible de profundas modificaciones y diferenciación. Debe entenderse que existe en varios niveles de etapas evolutivas. Primero está la estructura del ego genérica, que es meramente humana, las raíces de los procesos psíquicos, la suma total de las leyes básicas que regulan la vida psíquica (o “interior”) de los seres siempre que nacen. Esta estructura genérica del ego se diferencia en varios “tipos”. Algunos de éstos forman la base de una clasificación séptuple delineada por el doctor Assagioli; las otras son determinadas por características raciales y nacionales, religiosas y culturales -hasta familiares. Finalmente, como el resultado de un largo proceso histórico de evolución social, religiosa, cultural y económico -y a través de la acción sincrónica del espíritu- se hace posible la diferenciación de las estructuras individuales del ego. Si bien las estructuras más básicas se desarrollan durante el período prenatal, el ego individual empieza presumiblemente a diferenciarse tan pronto ocurre el shock del nacimiento y se experimentan los impactos ambientales del mundo extrauterino. El periodo de diferenciación individual del ego parece que termina esencialmente hacia el tiempo en que se cumple los siete años de edad. El “contenido” de este ego aumentará constantemente a medida que se expanda la mente de sustancia y orientación. Pero a la “estructura misma” se la puede considerada como formada a los siete años (quizás antes). El ego se desarrolla más durante una cantidad de años, pero sus características esenciales están fijas antes de la adolescencia, y por entero hacia los 28 años de edad (con el Retorno de Saturno a su emplazamiento natal).

Esta estructura individualizada del ego es la base de nuestro sentido del “yo”, y constituye un permanente sistema de referencia con el que se relacionan las experiencias personales. Así relacionadas, se vuelven conscientes. La consciencia es una expresión de relación. El ego -la individualidad de la persona- no es, sin embargo, sólo una estructura desnuda. Es una estructura dinamizada o vivificada por lo que Jung llama la “energía psíquica” (o libido). Astrológicamente hablando, la estructura es “gobernada” por Saturno, la energía dentro de esta estructura es simbolizada por la Luna -el polo complementario de Saturno. Esta energía no permanece en un nivel fijo. Tiene flujos y reflujos, tal como la Luna tiene cuartos crecientes y menguantes. El ego es “yo soy” - “yo” (la estructura) y “soy” (la energía dentro de ella). Pero son cosas muy diferentes las que una persona americana educada significa hoy cuando dice “yo soy” y lo que con términos similares significaba al tribeño de la antigüedad, o el hindú del año 2000 a.C. En la antigüedad (hasta hoy día en muchas partes de mundo) cuando una persona dice “yo”, se refiere a su estructura genérica del ego y sus diferenciaciones socio-culturales. Estas estructuras “son” su sistema de referencia -su ego- y no conoce otro. El suyo es un ego “colectivo” estructurado por instintos biológicos y tradiciones socio-culturales, deseos y tabúes. Pero, no obstante, es el ego de la persona; ésta es consciente refiriendo su experiencia a este permanente “sistema auto-regulador” psíquico -y de ningún otro modo (salvo casos excepcionales). Sin embargo, a medida que el proceso general de la diferenciación estructural avanza a la vanguardia de la humanidad y las individualizadas estructuras del ego aparecen en cantidades crecientes en sociedades cuyo nivel de civilización aumenta gradualmente, estas estructuras del ego recién diferenciadas son lanzadas a la consideración general. Llegan a estar dotadas del valor supremo, y los individuos que pueden referir a ellas significativa y positivamente sus experiencias de vida tienden cada vez más a olvidar las estructuras viejas y sencillas de referencia -los tipos colectivos del ego. Entonces, estas estructuras colectivas se deslizan dentro del inconsciente, sencillamente porque no se las valoriza más como sistemas significativos de referencia para el desarrollo de la consciencia a partir de la materia prima de la experiencia cotidiana. Sin embargo, no desaparecen por completo. Emergen encima del umbral de la consciencia en sueños y bajo estados de gran tensión. Constituyen aún las bases de los procesos psíquicos; pero cuando se los individualiza, se interesan tanto por la erección de cúpulas, por la fabricación de vitrales oscuros o por la ejecución de música de órganos en las “regiones superiores” de su psique, que no presta más atención a estas bases -a menos que algo ande mal en la construcción o que un terremoto social sacude las paredes. Estas “regiones superiores”, en las que ahora sucede todo lo que se reconoce como de valor, son el único que viene a llamarse el “ego”. El “yo soy” de la persona moderna se identifica con las muy diferenciadas estructuras de la psique, pues es sólo a través del uso de estas estructuras que aquélla obtiene la consciencia. Las “estructuras inferiores” -la cripta y los cimientos- son sistemas de referencia sólo para las experiencias más insólitas que nada “arriba del suelo” podrá hacer más significativas, o sea más conscientes. Cuando ocurra en relación con estas “estructuras inferiores” es por tanto normalmente inconsciente. Empero, estas “estructuras inferiores” considerándose otrora el ego.

La evolución histórica del ego de la humanidad se repite algo durante los primeros años de la infancia -y primero de todo durante el período embrional de la vida intrauterina. Lo que el doctor Kunkel -con agudísima intuición- llamó la transición “los Nosotros prístinos” al tipo egocéntrico de la consciencia es el cambio desde el más primitivo sistema fundacional e instintivo de referencia hacia uno nuevo y más diferenciado -que viene a conocerse exclusivamente como el ego, porque la consciencia depende cada vez más enteramente de su uso. Sin embargo, el ego (como lo dice Jung) no es el “centro” del consciente. Más bien es un sistema de referencia en relación con el cual los datos crudos de la experiencia se tornan conscientes. Tampoco debe considerárselo un “centro falso” (Kunkel), sino una estructura psíquica (dentro de la cual la energía tiene flujos y reflujos) condicionada y diferenciada por un conjunto particular de presiones socio-culturales, hereditarias y ambientales. Estas presiones constituyen el “molde” (o karma) que da forma a la estructura del ego. Son la totalidad de las experiencias de la humanidad, y una particular raza, cultura, familia -a las que el niño recién nacido suma su propio conjunto de experiencias, como determinantes de las porciones más individualizadas de esta estructura del ego. Sin embargo, ¿cómo podrá hablarse de experiencias sin implicar un experimentador? ¿Para el ego no hay más que estructura y energías -algo misterioso que, a falta de un término mejor, uno está casi compelido a llamarlo “centro”? En realidad, creo que siempre que haya una estructura definida y relativamente permanente con energía que circule a través de ella, podremos hablar de algún género de centro dinámico, o centro de gravedad. Deberíamos hablar aún más de un punto de influjo de energía, una fuente de poder. Pero no puede entenderse qué es esta fuente, o medio, a menos que se comprenda la naturaleza y el origen de la energía psíquica que llena la estructura del ego; y esto nos lleva a considerar una realidad trascendente, el Yo.

Por razones de experiencia psicológica y compresión filosófica, creo que es necesario presumir la realidad de un Yo. Detrás y más allá del “yo” (que puede ser destruido por la presión del caos social porque se desarrolla una función de experiencia colectiva o reacciones individuales a las condiciones sociales) debe haber un factor más permanente al que los filósofos orientales llamaron el Experimentador, el Observador, el Preventor, el Recolector de todos los frutos de las actividades humanas, el Testigo Divino. Pero deberemos ser en exceso cuidadosos al determinar su carácter, significado y función. Este Yo -como lo concebimos- ha de considerarse esencialmente como “un factor universal, aunque pueda tornarse más o menos “individualizado” en las personalidades humanas”. Porque es universal no debemos darle una posición geométrica. Más bien debemos llamarle Espacio, o la totalidad del Todo, o la Gran Armonía, o en chino, Tao. En el simbolismo astrológico, el Sol habitualmente se lo hace significar el Yo, -el Yo superior del doctor Assagioli- y a la Luna, el “yo consciente (o personal)”. Pero a estos dos cuerpos celestes debe considerárselos como fuentes de radiación energética más que como “centros”. El Sol -hasta en el moderno sistema heliocéntrico- no es un centro verdadero. Es uno de los dos focos de los elipses que constituyen las órbitas de los planetas. El Sol es el foco común de todas estas órbitas, el foco que todas comparten -el doctor Kunkel diría el “centro de nosotros”. Pero cada órbita tiene otro foco que es estrictamente suyo propio, que no lo comparte. Así, es mucho más significativo decir que el Sol es el origen o la fuente de energía para todo el sistema solar. En realidad, algunos ocultistas llamaron al Sol “un montón de fuerzas electromagnéticas”, un vuelo lanzado sobre el “Sol real”. Sin embargo, este “Sol real” debería entenderse mejor como el espacio definido por la órbita de los planetas. “El Sol real para la Tierra es el espacio circunscripto por la órbita de la Tierra”, y este espacio no debe considerárselo como algo “vacío”; sino, en lugar de ellos, como “plenitud del ser”. Es el símbolo verdadero del Yo. En un nivel superior, porque es más inclusivo, de la universalidad, el Yo toma la apariencia simbólica del espacio galáctico, luego del universo entero. Es siempre “espacio”. Las energías que fluyen sin fin desde soles y estrellas se interrelacionan en el espacio y se armonizan en un “continuum” de relaciones que es la sustancia, o el “substratum” del Ser Universal.

Las estrellas, sin embargo, son simplemente “puntos de emanación” de energía. En realidad, la energía fluye “a través” de ellas. Son fuentes. De modo parecido, este “Yo” al que los psicólogos modernos consideran como “el centro de la totalidad psique” no es la realidad del Yo, sino más bien el “punto de emanación de luz, espíritu, inteligencia, energía creadora, y tono”. A través de él se irradia la “cualidad” esencial del ser que es un aspecto de la Divinidad, uno de los atributos o nombres de Dios; penetra a la totalidad de nuestra naturaleza individual. “Vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser” en esta emanación del Yo. Pero este Yo, siendo universal, no puede llegar a nuestra consciencia o afectar a nuestro particularizado modo o condición de existencia, a menos que la energía del Yo se concentre -a menos que atraviese una suerte de lente o fuente simbólica a través de la cual llega a la esfera de nuestro ser personal. El mundo “real” de la ciencia, lo mismo que el de la psicología y de la filosofía oculta, es el mundo de las fuerzas o la energía. Con referencia a un organismo vivo, la energía se manifiesta como proceso. No podemos enfocar el estudio de la naturaleza humana de una manera vital o efectiva a menos que estemos dispuestos a interpretar lo que observamos en términos de proceso, o sea, de “operaciones de estructura definida, basadas en manifestaciones cíclicas de energía”. Sin embargo, la energía debe concentrarse a fin de ser operativa, a fin de emerger de una condición de “potencialidad universal” dentro de una actividad “individualizada (o particularizada)”. Todo sistema organizado contiene tales puntos de emergencia -o fuentes- de energías. En nuestro universo geocéntrico, el Sol y la Luna constituyen tales fuentes de energía; pero mientras que el Sol es un “punto de emanación” de energía, la Luna (y los planetas) son “lentes reflectoras”; reflejan una porción o un aspecto de la emanación solar. Analógicamente hablando, la energía que circula a través de la estructura del ego de la psique es la energía refleja del Yo. La llamamos energía “lunar”. Sin embargo, la Luna misma no simboliza al ego, sino sólo a la fuente de la cual fluye la energía psíquica que circula a través del ego. Esta energía psíquica (la libido como definiera Jung) es energía refleja: “la porción o el aspecto de la energía del Yo que la estructura del ego es capaz de contener y utilizar”. Sus flujos y reflujos son medidos astrológicamente “por los movimientos periódicos de la Luna”.

Así al estudiar a la personalidad humana, tenemos que distinguir cuidadosamente entre dos tipos de energía: 1) la directa (o solar) del Yo que penetra a la totalidad de la personalidad (cuerpo y psique) y 2) la porción o aspecto de esta energía reflejada (por la Luna simbólica) dentro de la estructura del ego y dentro del cuerpo -la energía psíquica o libido. Mientras que la primera es esencialmente firme y constante, la última está sujeta a flujos y reflujos. Lo que esto significa en términos de las funciones corporales está bastante claro, pues fácilmente podremos ver que mientras el corazón y los pulmones (encima del diafragma) están en un estado continuo y relativamente constante de secreciones -incluidas las de las glándulas sexuales- (actividades musculares, respuestas nerviosas, etc.) están sujetas a altibajos diarios, lo mismo que a claras modificaciones cíclicas a lo largo de toda la vida. De modo parecido, hay una distinción entre el tipo “solar” y el “lunar” de energía que operan a través de la psique. El primero es firme, sencillo, “puro” -como un tono claro y omnipenetrante que vibra a través de nuestro ser interior, pero que no todos oyen sino poquísimos individuos cuyos “oídos” espirituales (la consciencia) han sido abiertos. Es el tono del espíritu en el interior, la emanación directa del Yo, el latido del corazón del Dios Vivo -o del Dios que todavía no nació, que puede llegar para “soplar” dentro de nosotros “como una Presencia plenamente individualizada” (el Ser Solar). Luego, está la energía “lunar” que anima nuestros sentimientos, disposiciones, deseos y emociones estructuradas por el ego -y nuestro orgullo, que, cuando se lo obstaculiza o congestiona, se convierte en la sustancia de nuestros complejos, temores, rebeliones, soledad y ansiedades. Esta energía “lunar” -lo repito- es la porción o el aspecto de la energía del Yo que nuestra estructura del ego es capaz conscientemente de contener y ponerse a usar. Nos proporciona “la energía” para efectuar ajustes diarios a nuestro medio y a las exigencias de “nuestra sociedad, cultura, tradición religiosa, etc.”. Por tanto está condicionada por factores colectivos; sin embargo, también nos permite ocuparnos de nuestras experiencias interiores, desarrollar un sentido individual de los valores (símbolo de Venus) y modales individuales de pensamiento (símbolo de Mercurio). Esta orientación doble de la energía psíquica es simbolizada por el hecho de que, la mitad del tiempo, la Luna está “fuera” de la órbita de la Tierra (nuestro ser total) -o sea, se relaciona con el mundo exterior y los planetas de la iniciativa (Marte) y la relación social (Júpiter/Saturno) -mientras que, la otra mitad del tiempo, la Luna está “dentro” de la órbita de la Tierra, y así se relaciona con los planetas interiores, Venus y Mercurio.

El ser humano común, denominado normal, vive casi exclusivamente en términos de su estructura del ego y de flujos y reflujos de la energía psíquica causados por la variable orientación de la “lente reflectora” que enfoca la porción utilizable de la energía del Yo. La estructura del ego determina el carácter de su “yo”; la energía psíquica variablemente orientada, su “yoidad” siempre cambiante. “Yo estoy feliz” “Yo tengo hambre”, “Yo soy malo” “Yo soy enfermo” dice el individuo. Los adjetivos que califican al “soy” son expresiones de modalidades y sentimientos cambiantes, reacciones al medio, o a presiones interiores. No hay estabilidad en el dominio del ego porque, mientras la estructura esencial del ego (el carácter individual del señor Fulano de Tal) subsista relativamente sin cambio como el sentido del “yo”, la energía que “sustancia” este sentido del “yo” (su “soy” indispensable) fluye en una dirección constantemente alterada y siempre transporta nuevos estimulantes a los medios de la consciencia -como la sangre transporta hormonas y toxinas, minerales y anticuerpos, en proporciones siempre variables, hacia el cerebro. La Luna, en simbolismo astrológico, representa así el foco de la atención consciente. A menudo se conecta con la mentalidad, en el sentido de que indica la dirección del proceso de relación y ajuste a los “objetos”, que produce constantemente una nueva consciencia, y consolida o desafía a los viejos datos y tipos conscientes de ajustes o complejos. Cuando la Luna está en estrecho contacto con Venus y Mercurio (los dos planetas dentro de la órbita de la Tierra) -representando así principalmente las “funciones interiores” del individuo, simboliza un estado de atención interior o introvertida. El individuo en este estado tiene la posibilidad de alcanzar una consciencia de los valores solares. Mercurio y Venus “gobiernan” astrológicamente la función respiratoria y, por lo menos, algunos aspectos de la actividad de la tiroides, éstos tienen estrecha relación con el ritmo cardíaco. Psicológicamente hablando, a través de su mente (Mercurio) y su sentido del valor, la simpatía y el amor (Venus), el individuo emerge a su debido tiempo de la esclavitud ante su particular estructura del ego, dentro del mundo universalista del Yo. Abre una brecha en los muros saturnianos, y toma consciencia de la luz y la energía del Yo.

A fin de describir este proceso, los viejos filósofos chinos diferenciaban entre el individuo con un “centrum” cerrado y el individuo con un “centrum” abierto. El primero sería un individuo cuya estructura del ego está herméticamente clausurada respecto del mundo universal de la luz. Su consciencia está restringida, o enteramente absorbida por el problema de mantener su estructura contra todo impacto o incrustación concebible; en realidad, está inseguro o con temor constante de perder su integridad espiritual. En el otro caso, hallamos a un individuo en un estado de relajación espiritual, o “apertura hacia el mundo”, que respira profunda y libremente, con confianza, fe y seguridad mental-emocional interior. El núcleo de su ego se parece al diafragma abierto de una cámara fotográfica, que deja que la luz fluya a través de él. En el primer caso, la consciencia se llena exclusivamente del contenido “lunar”, determinado únicamente por la estructura del ego. La única “luz” en la vida interior del individuo es la de la “Luna” -el nexo de las energías psíquicas desde el cual se refleja la energía del Yo. En el segundo caso (El “centrum” individual abierto), el diafragma de la psique está totalmente abierto, dejando que la luz “solar” (la energía del Yo) inunde la consciencia. El individuo está “iluminado”. Este diafragma abierto a través del cual se derrama esta luz aparece a la consciencia como un Sol interior. En realidad, como lo describe Jung, se convierte en el centro refulgente de una personalidad nueva y radiante. Sin embargo, no es realmente un centro, sino más bien una “abertura” a través de la cual las variadas emanaciones del Yo -el espíritu Santo- se derrama dentro de la estructura del ego. Antes de que este diafragma se relaje y abra, la estructura del ego está oscura, o iluminada por la Luna. Al abrirse, la estructura del ego se llena de luz y espíritu “lunares”. Esto es la Transfiguración”. Pero cuando Jesús descendió del Monte de la Transfiguración, sus rasgos eran todavía los del hombre nacido de María (el mar simbólico de la naturaleza humana). Empero, ahora refulgían luminosos. Había rendido su oscuridad sólo a Dios, su “yo lunar” -su complejo maternal, su “Anima”, y su sombra inconsciente. Se había “convertido en Cristo” con la vibración de su individualizada órbita de la Yoidad, y de una “órbita” cósmica aún más vasta. Así, descubrimos que la estructura general del sistema solar nos proporciona una representación simbólica adecuadísima de la totalidad de una persona humana -y este hecho establece una base para todas las interpretaciones astrológicas. Como nosotros tratamos de obtener una comprensión vital y dinámica de la naturaleza humana y de la personalidad individual, los puntos siguientes son de importancia esencial:

1. El mundo “real” es un mundo en el que las energías operan rítmicamente dentro de sistemas estructurales relativamente permanentes. Es un mundo de procesos y de constante interrelación de energías dentro de espacios definidos.

2. Tenemos que distinguir los dos tipos de sistemas (o coordenadas) en los seres humanos, y dos tipos de energías básicas -a las que podemos llamar “solar” y “lunar”. El primero se refiere al Yo; el último, al ego. Al Yo debe entendérselo en términos de espacio (primeramente la órbita de la Tierra y después el espacio cubierto por todo el sistema solar); al ego, en términos de “estructura”. La energía que circula dentro de la estructura del ego es una porción refleja de la energía que emana del Yo.

3. La estructura del ego es moldeada por factores raciales, ancestrales y culturales, y, en su “nivel superior” individualizado, por la reacción del niño hacia su medio ambiente. Así es condicionado por influencias colectivas. La limitada consciencia particularizada del ego es sostenida de manera inestable, por el flujo y reflujo sin fin de la energía psíquica que es reflejada dentro de esta estructura por el factor de la Luna. La Luna simboliza el “foco de la atención” de la consciencia, aquél sobre el cual se refleja una porción de la energía del Yo -modificándose y diferenciándose así como energía psíquica dentro de la estructura del ego.

4. Los planetas interiores, Mercurio y Venus, son concentradores de la energía “solar” dentro de la órbita de la Tierra. Establecen senderos y vínculos vibratorios entre la consciencia del ego y el Yo. Los planetas fuera de la órbita de la Tierra son focos orgánicos externos que vinculan la psique individual con el mundo más grande de la sociedad, Urano, Neptuno y Plutón representan los medios trascendentes a través de los cuales la consciencia del ego ligada a Saturno se transforma y repolariza bajo el influjo de la energía “solar” directa. El Yo individual (el espacio de la órbita de la Tierra) así se reorienta y encuentra (a través de un proceso de psicosíntesis) un participante funcional en un Grupo espiritual o “Comunión” (el sistema solar íntegro). Este es el Nosotros “solar”, participante él mismo en un “pleroma” más vasto todavía.

5. Sobre estos principios puede construirse una psicología verdaderamente integral y armónica, en la que se observa que los elementos de la estructura, la energía y el proceso psíquicos y corporales se relacionan con un Yo cuyo símbolo es el Espacio, la plenitud espiritual y creativa del ser vibrante.

“Mientras el hombre se está desarrollando en las primeras fases de su evolución, es necesario retenerlo dentro de los lazos de las leyes y costumbres justamente ordenadas. Pero, cuando un hombre se ha convertido en una ley para sí mismo y ha construido dentro de su propia naturaleza el deseo de hacer lo justo solamente por el amor a lo justo, entonces ya no está obligado a obedecer a la rígida influencia de los Signos del Zodíaco, o como se dice corrientemente, de “sus estrellas”; pero obedece de buen grado aquellas leyes que él conoce y entiende, y conscientemente trabaja con las influencias que ha comprendido, y que constituyen un medio perfecto para un fin perfecto. Astrológicamente se ha elevado primero por encima de la esclavitud de la Cruz de las Doce Casas, luego por encima de la cruz de la influencias planetarias que afectan a estos Signos. Su Sol brilla ahora gloriosamente radiante, iluminando el sendero que se extiende delante de él y que ya no se proyecta hacia él como una luz reflejada, brilla ahora sobre otros para iluminar los oscuros lugares de duda y desesperación que él mismo había encontrado... el Cristo ha nacido dentro de él, la materia ya no le ata, es Libre, y busca la manera de triunfar sobre la vida, tal como anteriormente triunfó sobre la muerte...”. (Alan Leo, Astrología Esotérica).

El término “personalidad” se lo definió en el sentido que se usa en la moderna psicología profunda, especialmente desde que Jung aclaró su significado. La personalidad es el ser humano total -cuerpo y psique, consciente e inconsciente-, considerado como una totalidad orgánica capaz de una respuesta integrada a su medio ambiente físico y psíquico y también capaz de autodeterminación creadora y significativa elección consciente. La “individualidad” de la personalidad es su carácter de invisibilidad y unidad, y por lo menos unicidad relativa. Así, se refiere a la particular “estructura” de la personalidad. El ego es el “nombre” de la personalidad, en la medida que es diferente de otras personalidades, aquello que expresa su individualidad y su tipo particular de estabilidad estructural. El ego es un símbolo de unidad y la cualidad sensible asociada con todas las experiencias conscientes que gravitaron en torno de esta realización de la unidad individual y la “habilidad nominal”. El niño llega a conocerse como un ego refiriendo todas sus sensaciones siempre cambiantes, disposiciones y sentidos orgánicos a algún principio inherente de estabilidad y permanencia que correlaciona en unidad cuando se experimenta conscientemente. Y porque todo organismo es animado por la energía vital que circula rítmicamente a través de él y que mantiene la integridad de su estructura a pesar de los cambios constantes producidos por el crecimiento y por el impacto del mundo externo, el sentido del ego no se basa solamente en un sentido de estabilidad estructural interior, sino también en un sentimiento dinámico de energía individualizada. El ego es no sólo el “yo”; es también el “soy” asociado con el “yo”. Sin embargo, el sentido del ego es modificado constantemente por experiencias internas y externas, tironeado por respuestas emocionales y agitado por disposiciones interiores de deseo, expansividad o temor. Así, en la realidad “normal” cotidiana, el “yo soy” se asocia siempre con un “esto” o “aquello”. En realidad, es difícil captar la propia “yoidad” no condicionada por algún sentimiento o concepto. Es la meta de muchas instrucciones espirituales, como el Yo hindú y el Nuevo Pensamiento moderno.

Cuando una experiencia que llega a la consciencia produce una respuesta inmediata de rechazo, miedo, alienación e inaceptabilidad, al recuerdo de esta experiencia no se le permite, a menudo, que permanezca dentro del “campo de la consciencia”, sobre el cual gobierna el ego. Se hunde “debajo del umbral” de la consciencia, dentro del inconsciente “personal”. El inconsciente contiene también muchos factores que el individuo no tuvo aún ocasión de experimentar -subjetiva u objetivamente. Estos factores inconscientes todavía no experimentados son genéricos y colectivos. Son “genéricos” cuando se refieren a nuestra humanidad común -o sea, a todos los poderes que son inherentes y potenciales en todo ser humano que nace, sencillamente en virtud de que es “humano”. Son factores “colectivos” cuando son los resultados de la experiencia racial, social y cultural de largas generaciones de antepasados. Así, el inconsciente genérico se refiere a las características orgánicas y espirituales que el niño experimentará cuando crezca y sea una personalidad madura a través del amor y la creatividad, la enfermedad y el sufrimiento, y de cualquier modo en que las energías humanas latentes se vuelven reales para él como individuo consciente. El contenido del inconsciente colectivo -los “arquetipos” sociales y culturales definidos por Jung, será también experimentado por el individuo cuando su personalidad se desarrolle en medio de un ambiente socio-cultural del que él aprende a sacar (y eventualmente asimilar y digerir) alimento psíquico y mental. Por supuesto, no “todo” este contenido del inconsciente colectivo se asimilará, o siquiera se encontrará en la experiencia consciente de cualquier individuo. Pero cuanto más se asimile tal contenido del inconsciente genérico y colectivo, más rica será la personalidad madura. El proceso de maduración y enriquecimiento de la personalidad es largo y difícil, y también peligroso. La “personalidad” como valor último y como cualidad de radiación, creatividad y vida independiente es una meta a alcanzar sólo cuando la persona individual llegue a un estado de “definición, plenitud y madurez” -o sea, cuando su organismo biopsíquico se integre y reaccione bien, ya sea capaz de resistencia y esté dotado de energía dinámica- la energía para protegerse y reproducirse en y a través de la sociedad. Cuando el psicólogo habla de “la personalidad” significa este organismo biopsíquico estructurado por el ego (en el cuerpo, por el esqueleto) y que exhibe unidad funcional. Cuando se refiere a “la personalidad”, el psicólogo significa la cualidad que se irradia desde la persona individual relativamente madura y dinámica -en un sentido, el “Eso” famoso de las celebridades del cine y del teatro, el poder de “proyección” que contribuye a los grandes actores, ya sea en el mundo del espectáculo como en la escena política. En su sentido más pleno, la personalidad es un ideal hacia el cual hay que esforzarse. Es un ideal, como la santidad en la religión y el “estado del adepto” son ideales en el ocultismo. Ninguno de éstos puede alcanzarse en los primeros años (fuera de la posibilidad de una encarnación divina), aunque su logro potencial puede indicarse más o menos fuertemente desde la adolescencia. Empero, cualquier individuo que tiende a revelar seguridad en sí mismo, pensamiento independiente e intensidad emocional podrá ser “educado dentro de la personalidad”. Pero, ¿cómo, por quién, y para qué fin? Al procurar contestar estas atinadísimas preguntas (que por desgracia se glosan a menudo o se consideran superficialmente), uno se encuentra con muchas dificultades. Estas contestaciones no son evidentes; su validez deberá ser sopesada con esmero, no sólo en sentido general, sino también en términos de tendencias históricas y de las necesidades culturales de una sociedad en un tiempo particular, lo mismo que en relación con la “aptitud del individuo” que ha de ser educado en la personalidad.

Ahora indicaré sucintamente tres tipos básicos de respuestas propuestas por el viejo “maestro espiritual” oriental, el psicólogo profundo Carl Jung, y por el todavía no clasificado y no claramente definido astropsicólogo que trataría de combinar la potencialidad de autoeducación contenida en la astrología con la actitud del psicólogo junguiano o kunkiliano. Pero, primero de todo, me referiré al cuadro histórico que hoy en día presenta nuestra moderna sociedad típicamente occidental en el que concierne a la relación de la sociedad con la personalidad. Esta relación deberá considerarse siempre como antecedente esencial para toda aplicación práctica de ideales y técnicas psicológicas, porque ningún individuo existe en el vacío y ningún hombre o mujer nace jamás como personalidad individualizada y madura, Cada persona individual deberá emerger del seno colectivo de la sociedad -¡con frecuencia con violencia!. A lo largo de toda su carrera, se sentirá la señal del condicionamiento que recibió durante este proceso de emerger, y determinará la necesidad ulterior de la persona. Para la personalidad, la educación es, a la vez, educación “a partir de” la colectividad socio-cultural de los seres humanos en cuya sociedad el individuo vive y busca alcanzar su meta -y la educación “sobre la base” de logros históricos de esa sociedad particular. Tal vez esto parezca una paradoja; pero en un sentido, todo desarrollo psicológico se basa en la paradoja, en la reconciliación de los opuestos -un hecho que los Antiguos conocían muy bien. Nuestra sociedad moderna, especialmente desde la revolución industrial y tecnológica que transformó radicalmente las condiciones de la existencia humana, se caracteriza (hablando psicológicamente) por la presión constante que ella ejerce hacia la “despersonalización” del ser humano promedio. Esto quizá sea más característico (hablando en general) en los Estados Unidos, a pesar del hecho de que el individualismo es la base de nuestro sistema social, o posiblemente “debido a” este hecho. ¿Por qué? Porque donde las personas están ocupadas en afirmar sus derechos a su propia opinión y su propia elección, y se “sienten” diferentes de los demás, no tienen base sustancial, ni el tiempo ni el poder de concentración necesarios para construirse como personalidades -un proceso lento y arduo del crecimiento natural. Y, donde existe el peculiar optimismo y la ingenuidad ideológica del tipo americano promedio, habitualmente hay escaso conocimiento del carácter esencialmente “trágico” del proceso de “individuación” (o sea, del desarrollo de la personalidad e integración) en la actual etapa de transición de la evolución humana.

Esta despersonalización del ser humano en la sociedad occidental moderna no significa que las personas no procuran individualizarse como egos separados y con voluntades personales -¡lo cual evidentemente lo hacen! Significa que estos egos individuales flotan como corchos en las turbulentas mareas de la sociedad moderna y de la producción moderna, y prácticamente “no” tienen “raíces” a través de las cuales puedan asimilar la real y concreta sustancia vital necesaria para alimentar el crecimiento del organismo biopsíquico de la personalidad. Gritar día y noche “yo”, “yo” no ayuda a que la personalidad se vuelva más rica y madura. Significa recalcar de más el factor “estructural” en la personalidad total; pero la estructura puede ser muy fuerte y definida, y... vacía. Lo que aquí llamo despersonalización es producida por la falta de sustancia en la vida de la personalidad.  Esta sustancia necesaria para alimentarla no se hallará mediante declaraciones tozudas y gestos de orgullo egocéntrico. “Ha” de recogerse mediante “experiencias significativas”. ¿Recogerse de dónde? De una vida de relación verdadera y vital -con nuestros prójimos, con el sentimiento profundo de la vida del grupo y de la cultura a la que se pertenece, con los poderes de la naturaleza (incluidos los poderes de la naturaleza humana genérica), con todo lo que vive y se mueve en la Tierra y en el vasto universo celeste.

La significativa experiencia de relación -de una manera íntima, firme, duradera y concentrada- es el “único modo” de desarrollar una personalidad rica y madura. En verdad, el campesino que lleva una cálida vida comunitaria, con una rica sensación de contacto con el suelo, las estaciones y los demás hombres y mujeres que le rodean, tiene ocasiones mucho mayores de convertirse en semejante personalidad rica y madura que el oficinita u operario fabril de una moderna cuidad, “con tal que” este campesino se quede en su ambiente limitado. Porque su ámbito operativo y su consciencia son limitados, y porque se individualiza sólo de modo primitivísimo, la personalidad de este campesino no se extenderá muy lejos. Empero, dentro de sus estrechos lindes, podrá ser profunda, plena y cálida, mientras que la personalidad del trabajador promedio de una cuidad es vacía, superficial y está llena solamente de pensamientos reflejos (a través de la radio, los diarios, las revistas) y emociones reflejas (por medio de películas e historias sentimentales baratas). No se nutre de la tradición experimentada vitalmente, de la fructífera lucha del hombre que vive en la tierra y se mezcla constantemente con el ritmo trágico del nacimiento y la declinación. Lo manipulan, vastas fuerzas le arrojan y lo hacen girar en un mecanismo social enormemente complejo que él no puede comprender vitalmente y con el cual es significativamente incapaz de relacionarse. Por ello, de sus experiencias sólo podrá obtener azoramiento y excitación superficial. Aunque el moderno habitante de la cuidad llegue a estar en el encumbrado de la sociedad, encuentra que sus días están tan atiborrados, su mente tan asediada por rijosas competencias y ansiedades, sus noches son tan tensas, que no tiene tiempo para crecer como ser humano, como personalidad. Esta no significa que deba regresar a su “status” de campesino ¡lejos de ello! No puede haber significado vital en una regresión a las primitivas raíces ligadas a la tierra -salvo por breves períodos de recuperación biopsíquica. Lo que significa es que deberá hallarse y experimentarse “un nuevo tipo de raíz”. Esa raíz es lo que a menudo se llama “la humanidad común del hombre” -no solamente en el nivel biológico de la común función orgánica humana, sino en el nivel espiritual de nuestro común origen “divino” y nuestra finalidad común: la realización plena del “Hombre” a través de una sociedad global y armónica, a través de una civilización omniinclusiva y creadora. El modo de semejante realización grupal en la que participen todos los hombres y mujeres inspiradas por el espíritu y espiritualmente autoconsagrados es el de la educación de la personalidad -y, luego que se alcance el estado maduro y creativo de la personalidad, el modo en que esta personalidad sana y vibrante se “use” con una finalidad superpersonal, llamado el “modo transpersonal”. Pero primero debe haber plenitud de la personalidad. Lo que se significa con esta fase varió muchísimo durante los últimos seis mil años de historia documentada, y variada de nuevo, siguiendo nuevas tendencias de la evolución de la consciencia humana y de la sociedad.


En la India de hace unos tres o cuatro mil años, los “filósofos de los bosques” iniciaron la tradición del pensamiento trascendental documentado después en los “Upanishads” (prototipos de los Discursos platónicos y herméticos) y subrayaron la identidad esencial del alma individual y del Alma Universal. Se recalca principalmente la “liberación” del individuo respecto de la esclavitud a las pautas biopsíquicas de la existencia instintiva y social de aquellos tiempos: esclavitud al sexo, a la codicia, a la ira -y esclavitud a los rígidos rituales de una sociedad muy organizada y planificada, controlada por la casta de los brahmines. Empero, por regla general, los occidentales y orientalistas instruidos en el pensamiento cristiano no logran captar el significado pleno del trascendentalismo hindú como existía antes de las perversiones y del devocionalismo casi insano de la era medieval (en su mayor parte entre el 200 ó el 1400 a. C.). Los Filósofos del bosque del 2000 o el 3000 a. C. eran hombres que habían “cumplido” con todos los deberes de la vida social y que, en el último periodo de su existencia procuran prepararse “para morir significativamente y con plena consciencia”, aportando así una vida social productiva a una consumación conscientemente individualizada y espiritualmente válida. Según sus opiniones, esta consumación era la “semilla” que determinaría la reencarnación futura en la Tierra, tras un periodo de retiro en un estado puramente subjetivo del ser. En este sentido, la personalidad se realizaba al morir -en la “semilla individual de la consciencia” en la que la cosecha de una vida de realización terrenal se mezclaba con la esencia espiritual del Yo Inmortal, Atman -inmortal, porque es inherentemente uno con el Yo Universal, Brahman. Sin embargo, más tarde, se suscitó la idea de que esta “gran transición” podía efectuarse sin la desintegración del cuerpo físico. El momento seminal de la consumación vital (normalmente, al morir) podía ocurrir en cualquier momento tras alcanzar el grado de madurez personal. “Aprender a morir mientras se permanece vivo ha sido la esencia de toda enseñanza espiritual desde entonces”. En la India, la relación del Maestro espiritual (gurú) con sus pocos discípulos (chelas) era una relación completamente personal (o más bien transpersonal). Para el chela, el gurú representaba una personalización de Dios -y, a la inversa, a menudo a Dios se lo llamaba, en unos de Sus aspectos por lo menos- Mahaguru, el Gran Maestro. Esencialmente, lo que el gurú debía hacer por su chela era:

1. Despertar en el más completo alcance posible (bajo control y dentro de los límites de seguridad fisio-psicológico) las energías “genéricas” y “colectivas” del organismo del chela, mientras el chela mantenía la consciencia clara y objetiva de ellas, lo mismo que de su propio yo; en otras palabras, despertar al Hombre (la plenitud de estado humano)en el hombre individual particular, sin que este último explote bajo la erupción del contenido inconsciente dentro de su consciencia. Este proceso es normalmente muy lento. Según la opinión hindú, insume muchas vidas. Pero entendíase que la instrucción especial del yoga, bajo la supervisión de un gurú, era un atajo -peligroso, incluso bajo las mejores condiciones posibles, pero que podía conducir al logro máximo que una persona pudiera desear.

2. Durante el proceso, debía liberarse una gran cantidad de energía negativa, y la tarea del gurú consistía en absorber, reorientar y controlar esta energía, que, si se la dejara sola, en la mayoría de los casos llevaría a la desintegración personal, a la insania o a la muerte. Como resultado, el chela podía llegar a un estado de “liberación” respecto de su propio pasado y del pasado de su raza (karma).

3. Al final del proceso (o por lo menos de una fase de éste, pues en un sentido es un proceso cíclico y muy largo) el gurú tenía que servir como una suerte de “catalista” espiritual que permitiera que en la personalidad total del chela ocurriera una reacción psicoespiritual básica. Entendíase que esto implicaba una misteriosa transferencia de energía espiritual, y el gurú lo representaba o concentraba dando a su chela un “Nombre de Misterio” -su “pasaporte” en el reino espiritual.

Parece que estás fueron (bajo un complicado velo de símbolos) las tres fases básicas del proceso de metamorfosis humana. Durante este proceso, al chela se lo inducía a experimentar lo que importaba la muerte, pero también una consiguiente reintegración de energías sobre cuya base se constituía una nueva personalidad polarizada espiritualmente. El gurú representaba un papel esencial e indispensable en este proceso. Él no sólo lo hacía relativamente seguro -siempre que todo anduviera bien; sino que él sólo podía dar al chela algo determinado- una chispa o semilla de la divinidad que era necesario para el buen éxito de la transformación. Era también el eslabón entre el chela y la larga “cadena” de Maestros espirituales que vinieron antes que él, ligando así al chela a una Compañía intemporal en la que cada persona existe como todos, y todos están enfocados en uno solo. El concepto de la personalidad asume una dimensión nueva en términos de participación del hombre en semejante Compañía. Incluye todo lo que llegó antes en una sola línea de actividad espiritual -que iguala, en el nivel del espíritu consciente, la síntesis misteriosa que ocurre en el óvulo fecundado dentro del seno materno cuando un embrión se unifica con el linaje interminable de sus antepasados físicos, y ellos viven una vez más en él. El antiguo concepto de educación de la personalidad se expresaba a través de una vasta formación de mitos y símbolos; y se ocupaba claramente de los poderes espirituales y las energías biopsíquicas. El denominado “ocultismo”, que heredó estas representaciones mitológicas y alegorías alquímicas, trata esencialmente sobre “el reino de la fuerzas” -que exactamente no es un reino físico, pero que opera “a través” del organismo biopsíquico del hombre- o sea, a través de la personalidad en su naturaleza dinámica. El yoghi no se interesa por su cuerpo como un montón de carne y huesos (a veces, llevando esta falta de interés a un extrema insensato), sino por los poderes genéricos (también llamados “astrales”) inherentes a la humanidad y de esta manera latentes en toda persona normal.

Para el psicoterapeuta moderno del tipo junguiano, el cuerpo humano es parte integral de la personalidad total, pero de por sí no soporta el foco principal de atención, salvo como la base orgánica de la “energía psíquica” y como la base común para las interacciones entre los individuos humanos. Los psicoterapeutas, en su mayoría, no se preocupan por las enfermedades físicas, salvo en la medida en que estén conectadas directamente con estados psíquicos, y dejan todos los casos agudos al psiquiatra. Difícilmente exista algún proceso real de educación de la personalidad en el que una clara enfermedad física o una malformación aguda sea un problema sin resolver. En la antigüedad, la salud orgánica perfecta era prerrequisito de toda instrucción espiritual-ocultista. Hoy en día, este énfasis no tiene la misma validez -cuanto menos la tiene, la mente más se individualiza e independiza de las tracciones físico-emocionales. No obstante, la educación de la personalidad, hasta en el sentido moderno, es aún un proceso tan serio y relativamente grave que, en la mayoría de los casos, la mala salud básica acentúa el elemento del peligro. Una serie típica de declaraciones efectuadas por Jung con respecto al desarrollo de la personalidad se hallará en el último capítulo de su libro “The Integration of the Personality”; como el libro (que se ocupa en gran medida de la correspondencia entre las ideas alquímicas y psicológicas) no es de fácil lectura, citaré una cantidad de pasajes significativos:

“Quien no la tenga, no podrá educar a la personalidad. Y no será el niño, sino sólo el adulto quien podrá alcanzar a la personalidad como el fruto maduro de una realización de la vida que se dirige a este fin. El logro de la personalidad significa nada menos que el mejor desarrollo posible de todo lo que yace en un solo ser particular. Es imposible prever qué infinita cantidad de condiciones deberán satisfacerse para llevar a cabo esto. Se necesita la expansión total de una vida humana en todos sus aspectos biológicos, sociales y espirituales. La personalidad es la realización suprema de la distintividad innata del ser vivo particular. La personalidad es una acto de máxima valentía frente a la vida, y significa la afirmación incondicional de todo lo que constituye al individuo, la adaptación más lograda a las condiciones universales de la existencia humana, con la máxima voluntad posible de decisión personal. Educar a alguien en “esto” me parece que no es una minucia. Con seguridad, es la tarea más pesada que se ha impuesto el mundo espiritual de hoy. Y, en realidad, es una tarea peligrosa. Nadie desarrolla su personalidad porque alguien le dijo que le sería útil o aconsejable hacerlo. (...) Nada se modifica sin necesidad, y la personalidad humana menos que todo. Es inmensamente conservadora, para no decir inerte. Sólo la necesidad más aguda es capaz de despertarla. (...) El desarrollo de la personalidad desde su estado germinal hasta la consciencia plena es, a un tiempo, carisma y maldición. Su primero resultado es la consciente e inevitable separación del ser único respecto del rebaño indiferenciado e inconsciente. Esto significa aislamiento, y para esto no hay un vocablo más consolador. (...) Significa también fidelidad a la ley de su propio ser, la personalidad jamás podrá desarrollarse a menos que el individuo escoja conscientemente su propio camino y con decisión consciente, moral... La personalidad verdadera tiene siempre vocación y cree en ella, tiene fidelidad a ella como a Dios, a pesar del hecho que, como diría el hombre corriente, es solo un sentimiento de vocación individual. Pero esta vocación actúa como una ley de Dios de la que no hay escape. El hecho de que muchos marchen hacia su ruina por propio capricho nada significa para quien tiene vocación. Tener ”vocación” significa, en el sentido general, “que una voz se dirige a uno” (...) No son pocos aquellos a quienes les ocurre que, hasta en este inconsciente estado social, la voz individual les convoca, tras lo cual se diferencian de los demás y se sienten confrontados por un problema que los demás ignoran. (...) Esa voz interior es la de una vida más plena, de una consciencia más vasta, más abarcante. He ahí por qué, en mitología, el nacimiento de héroe o el renacimiento simbólico coincide con la aurora: el desarrollo de la personalidad es sinónimo de acrecentamiento del conocimiento. En la medida en que todo individuo tiene su propia ley innata de vida, es teóricamente posible para todo hombre seguir esta ley antes que todos los demás y llegar a ser una personalidad -o sea, lograr la plenitud. (...) Sólo llega a ser una personalidad el hombre que es capaz “conscientemente” de afirmar el poder de la vocación que lo confronta desde dentro; quien sucumbe ante ella, cae presa de la ciega corriente de los acontecimientos y es destruido. En la medida en que el hombre es infiel a su propia ley y no se pone a la altura de la personalidad, erró el significado de su vida. Por fortuna, en su bondad y paciencia, la Naturaleza jamás formuló la pregunta fatal sobre el significado de sus vidas en boca de la mayoría de la gente. Y donde nadie pregunta, nadie necesita contestar”.

Estos breves fragmentos, si bien no tratan pormenorizadamente el “cómo” del desarrollo de la personalidad, en todo caso deben ayudar a situar el problema desde el moderno punto de vista psicológico. Las advertencias que Jung formulara respecto a la seriedad de este problema las repite Kunkel. Reiteran advertencias parecidas, expresadas en términos más rigurosos y pavorosos aún por el ocultista, teósofo, o incluso masón, que también se ocupa (de modos variados pero relacionados) de este problema central de toda vida humana: el nacimiento de una personalidad integral en la que el espíritu individualizado (anunciado por la “voz interior”) se encuentra y se une con el florecimiento de la vida biopsíquica y socio-cultural. Kunkel describe:

“Nadie debe ser seducido a entrar sin necesidad urgente en esta agitación de la creatividad y la espiritualidad. Si le permiten estar donde usted está, mejor sería que no lo hiciera. Ningún propósito, ningún deber moral le da el derecho ni siquiera la posibilidad de atravesar el purgatorio de la psicología profunda... ¿Cuáles son las exigencias mínimas para los que quieren efectuar este intento? Desde el lado religioso, se necesitan dos cosas. Primero, la creencia, o por lo menos la sospecha de que hay y puede hacer -como lo expresa William James- “Un orden invisible, y que nuestro bien supremo radica en ajustarnos armónicamente a él”. Y segundo, cierta tolerancia hacia Dios, lo cual significa nuestra aptitud para permitir que Dios sea lo que quiere ser y no como esperamos que él sea según nuestras concepciones, teología y credos (y nuestra interpretación de la Biblia que pensamos que es la única interpretación correcta). A Él debemos darle la ocasión para que nos enseñe algo nuevo acerca de Él Mismo. En el lado psicológico, necesitamos cierto cantidad de sufrimiento, como lo señaláramos; y cierta disposición en admitir que algo puede estar equivocado en nuestra estructura interior. Si estas cuatro exigencias no fueron satisfechas aún, debemos esperar. No hay prisa, pues la intención interior estará mejor preparada cuando empecemos unos años más tarde. Y nunca es demasiado tarde. (In Search of Maturity, Pág. 234.)

¿Por qué estas advertencias? Porque el proceso del despertar que sigue al contacto con un gurú verdadero, en la primera consulta con un psicoanalista, o en el darse uno mismo a la “voz interior”, todas las energías oscuras del inconsciente tienden a liberarse. Todo -bueno o malo- se estimula cuando tratamos de llegar a una consciencia más plena. Y puesto que habitualmente nos las ingeniamos muy bien para ignorar los recuerdos de los fracasos o tal vez los pensamientos o acciones malos dentro de la personalidad total (empujándonos de vuelta dentro de nuestro inconsciente), por lo común son los primeros en hacerse patentes. Esto puede conducir a una sensación de pánico -incluso a la confrontación con el horrible “Habitante del Umbral” descripto vívidamente en el “Zanoni” de Bulwer Lytton. ¡Pero ay de quien retroceda horrorizado y trate de invertir el proceso de crecimiento! Ningún hombre puede seguramente “des-educarse”. Una vez que se abrió deliberadamente la puerta del inconsciente, una vez que se contestó a la llamada de la “vocación” interior, el único camino está adelante. Este no es un asunto de los psicólogos únicamente. En realidad, es hora de que los astrólogos comprenden que ellos también, conscientemente o no, se ocupan de energías vitales y poderes inconscientes “cuando cada uno empieza a enfrentar su propia vida en los términos del mapa natal”; y, de modo parecido, cuando asumen la responsabilidad de dar consejo psicológico a otras personas. Desde el punto de vista junguiano, el mapa natal puede considerarse un “arquetipo del inconsciente”. Es un registro visible de la voz interior -de la que Dios nos elaboró como esquema de lo que podríamos (o sea, deberíamos) llegar a ser. Considerar entusiastamente este esquema -este Nombre simbólico de nuestra personalidad realidad- darle una importancia determinante en nuestra vida cotidiana; conocernos como una incorporación concreta de su armonía estructural, esto constituye en realidad un paso muy serio, muy vital, e irreversible. Dando este paso, nos precipitamos sobre nosotros mismos como sombras individuales, lo mismo que como la luz. Cuanto se indica en nuestro mapa natal. “se recalca más vigorosamente que antes en nuestra vida” real. Sufrimos más. Experimentamos estratos más profundos de nosotros mismos. Afrontamos el miedo de un modo nuevo. Llegamos a ser más lo que potencialmente somos en todas las direcciones. Esto no debe olvidarlo jamás nadie que procure recorrer el camino astrológico (o el psicológico) de la educación de la personalidad. Hacerlo sin estar dispuesto o siquiera consciente de lo que está en juego es cortejar la posibilidad de una catástrofe interior, al igual que de un fracaso externo.

Tanto en el antiguo sistema de educación de la personalidad a través del yoga, como en la moderna práctica de la psicoterapia y la psicosíntesis, se destacó grandemente el papel que desempeña el Maestro y Guía Espiritual -o el psicólogo- en el proceso de “liberación” respecto de la esclavitud al pasado, “asimilación del contenido del inconsciente genérico y colectivo”, y “unión” con la Fuente espiritual o Yo. Hay varias razones, en diferentes niveles, de por qué se cree que la educación de la personalidad requiere un educador -uno que “conduzca fuera” (e-duco significa “conducir fuera”). Por otro lado, es también evidente que si la cantidad de individuos potencialmente capaces y dispuestos a ingresar en el sendero del desarrollo “consciente y responsable” de la personalidad es muy largo, el problema de encontrar “educadores” bastante adecuados se torna muy grande, porque tal tipo de educador o Guía personal requiere aptitudes espirituales, sentido profundo de la responsabilidad, y poder de comprensión y compasión realmente extraordinario en nuestra época, y en cualquier época. Y como dijo Jung: “Nadie que no la tenga podrá educar a la personalidad”. Como resultado, una cantidad de psicólogos -especialmente el doctor Fritz Kunkel- procuró formular principios y métodos con los que la autoeducación de la personalidad se convierta en un proceso posible, no demasiado peligroso. El valor de la astrología es particularmente grande en este campo de autoeducación, aunque el uso de la astrología en procura de la realización de una persona madura y creadora no está siempre despojado de peligros y trampas. Una idea mejor de los obstáculos  potenciales en el camino de  la autodestrucción a través de la astrología podrá obtenerse de la discusión de Kunkel de estos obstáculos desde el punto de vista de lo que él llama “la autoeducación religiosa” con tal de que también comprendamos que su punto de vista tal vez sobre-enfatice el elemento dramático.

El primer obstáculo es la “egocentricidad del motivo” que lo conduce a uno a emprender un proceso consciente y auto-determinado de educación de la personalidad. Según Kunkel “el motivo debe ser personal aunque no egocéntrico. La personalidad madura no-egoísta debe ser la meta”, pues “Dios quiere más bien a la persona que a la causa! (sea esta última social, moral o religiosa). El “motivo ideal” es “el propio mandato de Dios, la voz que le dijo a Jesús que marchara a Nínive y la Jesús que se dirigiera al desierto a fin de ser tentado. Pero hoy en día somos más bien sordos, o confundimos la agitación de algún inconsciente deseo egocéntrico con la voz del Señor (...) Por fortuna, Dios usa muchos lenguajes... el mejor lenguaje que entendemos es el sufrimiento. El sufrimiento nos debe hacer comprender el hecho de que hay una meta superior, y que tenemos reservado más sufrimiento si no logramos alcanzar esta meta. (...) La cuestión decisiva es que la meta de nuestra auto-educación no debe ser una idea arbitraria sobre aquello a lo que queremos parecernos. Ha de ser la meta misma de la historia humana, la voluntad de Dios”.

En otras palabras, la meta de la auto-educación es llegar a ser plena y conscientemente, como persona individual, lo que somos potencialmente como idea o plan en la Mente divina. Es cumplir la ley de nuestro ser individual, nuestra vocación; hallar nuestro sitio individual en el universo y en la humanidad. O como lo sostuviera los mandamientos mismos de la antigüedad: “Conócete a ti mismo” y “Llega a ser lo que eres”. Los medios esenciales para llegar a esta meta son “cooperar con la vida” (Kunkel) “averiguando cuál puede ser el paso deseable, la reacción creativa, en cada situación dada”. Si esto es así, entonces evidentemente el valor de la astrología es incalculablemente grande; pues el mapa natal expresa simbólicamente la ley individual del ser -o sea, lo que “somos” inherentemente. Estudiándola, podemos “conocernos a nosotros mismos”. Evaluando con cuidado y meditando sobre nuestras progresiones y tránsitos astrológicos, erigiendo cartas horarias para descubrir “el paso deseable en cada situación dada”, debemos lograr cooperación con la vida, conscientemente y con una comprensión profunda del significado en toda su confrontación vital. En su libre Kunkel no se refiere a la astrología, pero los “serios obstáculos” que menciona en el modo de tal cooperación se aplican precisamente a quienquiera emplee a la astrología como técnica de auto-educación.

“Se dice que analizándonos nos volveremos más egocéntricos todavía. La introspección nos introduce en todo género de vanidad, hasta que finalmente nuestra principal ocupación consistirá en escribir un diario, y nuestro principal interés radicará en volvernos un caso más excepcional. Esto es cierto si el motivo original fuera demasiado egocéntrico. Pero si el insomnio o problemas maritales dieron el incentivo, con seguridad los dolores y aflicciones de uno impedirán que llegue a ser un caso interesante. Por ello, sería mejor aguardar hasta que la situación sea bastante desagradable”.

En otras palabras, a menos que exista un estímulo impulsor, nacido de una intolerable situación de la vida o de un descontento interior, para enfrentarse sin ayuda y ganar o morir, “hay” en realidad peligro de que un estudio prolongado de las propias reacciones y problemas psicológicos lleve -para usar la espléndida frase de Jung- a un peor “aprieto del consciente” que antes. Se añadiría que no es sólo la egocentricidad contra la que habrá que precaverse; sino contra un estrechamiento de las estructuras de la consciencia, una “egoítis” (inflamación del ego) debida a un enfoque súper-subjetivo y rígido de los problemas de la vida. Este peligro algo aminora mediante el contacto con un psicólogo y especialmente un verdadero “gurú”, porque a través de este contacto, el individuo participa de una vida más amplia que la suya propia. Sus problemas y sueños se amplían y universalizan la interpretación del Maestro y Guía. A su tiempo, el estudiante aprende a verse a través de los ojos del Maestro; y donde sólo hay auto-educación, falta esta objetivación extraordinariamente valiosa del propio ego por medio de una identificación temporaria con un Maestro sabio y compasivo. La única alternativa para un Maestro vivo con quien se intercambian pensamientos y corrientes de sentimientos son: un Personaje espiritual ideal que llega a semejarse una objetiva piedra de toque valiosa, tan real es la creencia en lo que él representa en el estudiante; o el Cielo astrológico -también una personificación ideal (de carácter más abstracto) del orden universal y la inteligencia divina. Aquí el peligro, consiste en construir un “ídolo” y “substituirlo por realidad viva”. Este es un grave peligro para el super-celoso estudiante de astrología que crecientemente refiere sus experiencias a sus problemas minúsculos a su mapa natal y sus progresiones -o levanta constantemente mapas horarios antes de hacer nada. Comportarse de esa guisa es sustituir una “imagen” externa de valor con la propia experiencia interna del valor. Es volverse cabalmente dependiente de un símbolo en lugar de una realidad viva.

Así como ningún verdadero psicoterapeuta o Maestro espiritual apoyará ni animará semejante actitud de dependencia sobre sí en su cliente o discípulo, de igual modo deben también emplearse los mapas astrológicos en el proceso de auto-educación de la personalidad: primordial y únicamente como una “corte de apelación” a la que se le pide que resuelva un problema especialmente confuso, sin precedentes confiables o conocidos. Ningún humano debe formularle a Dios una pregunta que él mismo puede contestar sinceramente. Sin embargo, lo que debe hacer es establecer en sí mismo una estructura de referencia a la que, casi automáticamente, puede referir el problema en procura de una elucidación y ampliación objetivas, de modo que se pueda ver “sub specie aeternitatis” -o sea, en los términos de la pauta de todos los ciclos de vida, pequeños o grandes (una eternidad, en términos concretos, no es sino un ciclo completo). El doctor Kunkel enunció un obstáculo más grave aún para el logro positivo de la meta de la auto-educación psicológica: la integración de la personalidad total. A aquí nos acercamos al concepto más bien confuso de lo que Jung llamó la Sombra. Al principio, el concepto parece evidentísimo, pero es algo salido de foco cuando se lo relaciona, si es que no se lo identifica (al menos por parte de Kunkel y una cantidad de psicólogos junguianos), con el concepto controvertido y ambiguo del “mal”. Según la apreciación del doctor Kunkel, la integración de la personalidad...

“... significa la aceptación y asimilación del contenido inconsciente, como deseos reprimidos y capacidades no desarrolladas, dentro de nuestra mente consciente. ¿Cómo podemos hacer esto? Nuestro ego no quiere ver las cosas que lo destruirían. Su resistencia contra la conquista del inconsciente es una lucha por la supervivencia. Esta resistencia sólo la podrá vencer un auxiliar objetivo, un psicólogo, un moderno padre confesor. Respuesta: Esto sería cierto si sólo hubiera un mal, una Sombra, una oscuridad. Pero el mal es siempre múltiple; y sus formas diferentes son contradictorias y antagónicas. Con el andar del tiempo, la Sombra -por ejemplo, la irritabilidad- aumentará hasta tal punto en el que usted se identifique con sus tendencias: “¡Estoy furioso!” y entonces usted repudiará y condenará a su anterior ego, la blandura y presunción del seudo-cristiano. El ego y su Sombra son igualmente malos; censurándose mutuamente, sacan a la luz la fealdad oculta. Todas nuestras desviaciones y posibilidades inconscientes se volverán conscientes si seguimos enfureciéndonos contra nosotros mismos -el cual es el significado mismo del vocablo “crisis”. Todo lo que necesitamos, además de sufrimiento, valentía y paciencia, es una psicología buena, sencilla y clara del inconsciente; por así decirlo, una zoología que nos enseñe cómo tratar a las bestias de nuestro zoológico inconsciente. Entonces nuestra valentía se convertirá en fe, y finalmente podremos enfrentar a los leones en la madriguera de Daniel. Cuanto menos fe tenga usted, más vigorosa será su resistencia inconsciente; y viceversa”.

Esta respuesta basada con está en la cuestionable definición del ego, pertenecientes al doctor Kunkel, deja muchas cuestiones sin resolver, sobre todo no dice qué hará quien busque la plenitud de la personalidad al confrontarse con las despiertas energías de su inconsciente genérico y colectivo, con los monstruos vengativos que sus represiones y miedos engendraron en sus profundidades psíquicas, con toda la negrura que su búsqueda de luz concitó por inevitable reacción compensatoria. En muchos casos, esta reacción de las oscuras raíces de la psique tal vez sea tan energética que no pueda ser manejada más o menos sensiblemente por el viajero solitario del sendero de la auto-educación. Pero en otros muchos casos, las confrontaciones pueden ser más bien terribles. Es necesaria una acción contraria, espiritual, de parte de una persona que no sólo simbolice la luz y la sabiduría para el buscador distraído, sino que realmente pueda gobernar el “poder” de la luz, y sea capaz de encauzar y enfocar la “Gracia divina” en el sentido oculto-místico, lo mismo que en las religiones tradicionales. El principal problema que encontramos refiérese, pues, a la naturaleza de la Sombra -una versión junguiana de la “fuerzas oscuras” del ocultista. Jung declara que “el encuentro con uno mismo es el encuentro con la propia Sombra”. Frances Wickes, en “The Inner World” añade: “La Sombra personal es el lado negativo de la consciencia del ego. Se vuelve hacia la oscura incógnita... oscurece y confunden nuestras opciones del ego. También contiene la fuerza de las fuerzas oscuras necesarias para nuestra vida. Sostiene la intuición negativa”. La naturaleza de la Sombra podrá entenderse abstractamente comprendiendo que el ego es una estructura, y que toda estructura (o forma) divide al mundo en lo que está dentro y lo que está fuera de esa estructura. La consciencia es el contenido interior de la estructura del ego; la inconsciencia, la oscuridad exterior. La Sombra es el resultado de cruzar el umbral desde la habitación iluminada del ego hacia el oscuro exterior. Cuando se da la espalda al reino iluminado, se descubre que la oscuridad exterior semeja un “espejo negro” que refleja la sombra del ego, menos la luminosidad y el atractivo de los habituales sentimientos conscientes sobre uno mismo. Esta figura es la Sombra -una imagen dura, fríamente objetiva, inamistosa y despiadada de lo que hace a uno “diferente” de todo el mundo, que aísla y compele a uno a seguir un camino particular y solitario como el resultado kármico de frustraciones, miedos y malas acciones del pasado. Cuando vemos clara y fríamente lo que nuestro ego llegó a ser como resultado de estar aprisionado dentro de muros construidos por nuestra inseguridad y nuestro miedo, tomamos consciencia de que se convirtió en la “Sombra”; y ésta puede ser una experiencia templada y, en algunos casos, espantosa.

Es una experiencia casi inevitable en el proceso de la educación de la personalidad porque no puede haber integración ni realización sin la eventual asimilación de los poderes que están fuera de nuestra amurallada estructura del ego, en la medida en que pertenecen a la humanidad y a la vida universal. ¿Cómo podrá entonces hacerse que la experiencia sea soportable y relativamente segura? “Proyectando” esta Sombra sobre alguien que la absorba sin reaccionar ante ella de modo más intenso aún y destructivamente oscuro. Este alguien sólo podrá ser un verdadero psicólogo y Maestro espiritual. En otras palabras, cuando la supuesta personalidad madura abre la puerta que conduce a la oscuridad exterior del inconsciente, en vez de ver nada que no sea un espejo oscuro que le muestre su Sombra, ve la imagen de su Maestro -se enoja con él, le culpa de cuanto ocurre, quizás lo vea como un traidor. Esta puede ser una experiencia trágica, mencionada a menudo como “transferencia” psicológica, pero no es tan pavorosa como lo sería la experiencia de encontrarse con el “mal” personificado como el reflejo del propio ego. La experiencia sería desastrosa si el Maestro, sin percatarse de lo que ocurre, reaccionara encolerizado ante la proyección y proyectara la propia Sombra sobre cualquier persona menos espiritual, menos compasiva y que se excite fácilmente (amigo, o cónyuge, por ejemplo). Pero el verdadero Maestro entiende; y devolviendo amor (o hasta impaciencia) en vez de mal, posibilita que su discípulo se acostumbre “gradualmente” y no tema al mal antiguo (en términos de reencarnación), o más normalmente, al desinterés que modeló al ego del discípulo. El discípulo llega a aceptar lo que él es como un ego, sin desaliento o miedo demasiado grandes; luego, con el correr del tiempo, puede ver más allá de esta Sombra el aspecto de su verdadero Yo en quien (según el concepto del Yo, perteneciente a Jung) inconsciente y consciente se complementan mutuamente, como lo externo de toda forma complementa lo interno de ésta.

Este drama misterioso entre discípulo y Maestro espiritual se simbolizaba en algunos antiguos rituales religiosos mediante un “sacrificio”. El Maestro daba al discípulo un cuchillo consagrado con el cual el discípulo le apuñalaría simbólicamente hasta morir; y el “poder” mágico del Maestro entraba en el alma del discípulo, quien de esta manera se convertía en “iniciado”. Este motivo de sacrificio no sólo se halla en las viejas religiones (particularmente la hebrea), sino que en realidad es la sustancia misma del concepto de la Expiación a través de la Crucifixión de Cristo. Hablando psicológicamente, lo que esto significa es que Cristo vino para concentrar, en Su persona, todos los poderes del inconsciente de una humanidad atada por el exclusivismo racial-personal inherente al viejo estado tribal de cultura y religión, en la época en que esta humanidad había llegado a estar “colectivamente dispuesta” para iniciar su “educación de la personalidad”. Así Cristo descendió al “infierno” y “redimió” al antiguo mal colectivo del género humano -o sea, permitió que la gente enfrentará con más seguridad la imagen de sus pecados ancestrales de separatividad y orgullo, y (a su tiempo), los asimilara en la clara consciencia. En este sentido, Cristo es el Maestro espiritual del Hombre colectivo. En Su nombre, el colectivo “Habitante del Umbral” de la humanidad es vencido potencialmente. Sin embargo, el buscador “individual” tras la plenitud y la madurez de la personalidad, le corresponde emular a Cristo; tomar Su cruz y seguirle hasta el “infierno” y ser resucitado; vencer la Sombra absorbiéndola en el nombre de Cristo -a través del poder de la Gracia divina, el Espíritu Santo de la Verdad y la Comprensión que, según la tradición cristiana, descendió sobre los Apóstoles en Pentecostés.

En casos corrientes, la experiencia de la Sombra no es tan espantosa como la describieran algunas novelas ocultistas, por la sencilla razón de que la mayoría de la gente abre la puerta a su inconsciente muy vacilantemente y la vuelve a cerrar a la primera ojeada dentro de la oscuridad que hay más allá. Esto es tanto auto-protección como falta de valentía y fe. Entonces, por regla general, la Sombra es estrictamente “personal”; se limita a lo que Jung llama el “inconsciente personal”, distinto del inconsciente colectivo. El primero se ocupa de cuanta negatividad acumuló un individuo (por miedo, frustración, ira, etc.) desde que nació; pero el último está constituido por la negatividad de un pueblo entero o una raza entera, de toda una familia, o de una larga serie de vidas. Cuando el mal que el discípulo encuentra en el umbral está arraigado en un antiguo fracaso colectivo, entonces la confrontación puede ser realmente trágica. Pero esto difícilmente puede ocurrir de manera individualizada, salvo respecto de almas fuertes y audaces, que al mismo tiempo se hallan vinculadas con poderes trascendentes de la luz. Entonces, la persona individual se convierte en un campo de batalla, y su principal tarea es mantenerse firme y con clara fe, dejando que Dios sea dentro de ella el guerrero -como se dice en el Bhagavad Gita. Por supuesto, puede ocurrir que una persona se vea obligada a enfrentar a la Sombra encarnada, no como individuo sino más bien como un miembro de una nación, una clase social o un grupo religioso. En estos casos, el individuo afronta el desafío de desarrollar su propio poder de resistencia y aguante contra una presión colectiva espantosa, de hallar su propia luz a través de un despertar intenso de la voluntad de vencer. El encuentro corriente con la Sombra en el individuo promedio que procura llegar a ser una personalidad madura debería, sin embargo, entenderse más significativamente no en términos de sorprendentes confrontaciones sociales y colectivas, sino en relación con el enfoque del individuo sobre su propio mapa natal, tránsitos y progresiones. La “cualidad” particular de este enfoque caracteriza lo que el individuo “realmente” es como una personalidad que evoluciona y madura, porque expresa cómo el individuo puede orientarse en relación con su propio crecimiento y con el proceso de auto-descubrimiento. Y como ya vimos “el encuentro con la Sombra es un encuentro con uno mismo” -o sea, con uno mismo, “menos” los amorosos adornos, los halagos, la pompa y las dulces ilusiones que se construyeron en torno del ego. Así, la Sombra se la encuentra siempre que uno es obligado a afrontar el duro desafío del orgullo o de las circunstancias que destruyen la felicidad, o graves presiones internas que obligan a uno a cuestionar lo que cómodamente diera por sentado. Y esto significa particularmente en astrología: enfrentar los aspectos tensionados dentro de nuestro propio mapa natal.

En esto nos ocupamos de un factor básico en astrología que, por regla general, fue uniformemente ignorado. Nos ocupamos del hecho de que el estudio concentrado y afanoso del propio horóscopo -y particularmente de configuraciones planetarias de pronta maduración, por tránsitos o progresiones- está obligado “a forzar a las potencialidades de la vida individual dentro de una concreción más completa; así, a intensificar al denominado ‘mal’ lo mismo que al denominado ‘bien’ en la personalidad individual”. Y, como los seres humanos habitualmente el “mal” los golpea más y responden a él más crucialmente que el “bien”, si una persona se empeña en procura del auto-conocimiento estudiando su mapa natal creyendo intensamente en la validez de la astrología, este estudio conduce muy a menudo a una intensificación de las confrontaciones kármicas. Estos es como debe ser; pues esta intensificación del dolor y la tragedia a través del enfoque del karma es parte inevitable de la purificación y la purgación (catarsis) del ego. Y este proceso es la primera manifestación del hecho de que la educación de la personalidad está cobrando impulso y efectivizándose. Como adecuadamente escribiera Jung:

“El miedo que la mayoría de los seres humanos naturales sienten ante la voz interior (la que establece la propia “vocación” y conduce al proceso de la educación psicológica) no es tan pueril como podría suponerse. (...) Lo que la voz interior nos acerca es, por lo general, algo que no es bueno sino malo. Esto debe ser así, primero de todo por la razón de que, generalmente, no somos tan inconscientes de nuestras virtudes como de nuestros vicios, y luego porque sufrimos menos de lo bueno que de lo malo. El carácter de la voz interior es “luciferino” en el sentido más adecuado e inequívoco del vocablo, y es por ello que pone a un hombre frente a frente con decisiones morales finales, sin las cuales jamás podría alcanzar la consciencia y convertirse en una personalidad. De modo inexplicabilísimo, lo ínfimo y lo excelso, lo mejor y lo más atroz, lo más verdadero y lo más falso se entremezclan en la voz interior, que de esta manera abre un abismo de confusión, engaño y desesperación”. (The Integration of the Personality, Págs. 302-303.)

En nuestro mapa natal podemos ver el equivalente astrológico de nuestra “voz interior”, pues ese mapa constituye una consciencia simbólica (una “firma”) de nuestra ley individual de ser como el Gran Arquitecto del Universo lo esquematizó en el cielo de nuestro nacimiento como un organismo vivo independiente. El mapa representa el estado del Todo Universal en una forma individualizada. El individuo es esa forma. Su mapa natal es el jeroglífico de su individualidad. Su tarea (Dharma) es encarnar esta forma abstracta en un organismo concreto y sano de la personalidad. Como Jung empleaba este término, personalidad significa “realización, totalidad, vocación realizada, comienzo y fin y conocimiento completo del significado de la existencia innata en las cosas”. Y comprender este innato “significado de la existencia” exige que seamos objetivos con ella. Ser objetivo hacia las cosas que a uno le gusta y hacia el propio ego implica un proceso de separación que, a su vez, exige (casi inevitablemente) sufrimiento y la experiencia del mal o la contradicción. El mal, como se lo entiende en la tradición europea, es el adversario de Dios. Es Dios invertido o negado. El mal se alza perpetuadamente contra todos los valores establecidos y, en consecuencia, estáticos -contra lo que normalmente consideramos como paz, ley y orden, salud y felicidad. Y precisamente porque niega lo que es, el mal puede ser necesario para obligarnos a que renunciemos a lo “bueno” en procura de lo “mejor”.

“Algo bueno por desgracia no es eternamente bueno, pues de otro modo no habría nada mejor. Si ha de venir lo mejor, entonces el bien deberá hacerse a un lado. Es por ello que Meister Eckhart decía: Dios es bueno, o de otro modo podría ser mejor”. (The Integration of the Personality, Págs. 304.)

En sus primerísimas manifestaciones, lo “mejor” asume a menudo la apariencia del mal, porque se lo saca de la perspectiva correcta y su ocurrencia lo desvía dentro de una inadecuada estructura de referencia. Esto produce miedo en las mentes y almas atadas todavía a esta estructura de referencia actualmente obsoleta; reaccionan violenta e insensatamente, dando así a las primeras manifestaciones vacilantes e iniciales de lo nuevo el carácter del mal. En realidad, la naturaleza mala de todo nuevo desarrollo de la vida “coherente con el crecimiento humano” es una expresión de la resistencia y los miedos de esas fuerzas (en la sociedad o el individuo) cuya posición privilegiada depende de la preservación del viejo orden. En astrología esta resistencia y esta lucha necesaria para vencerla son representadas por las Cuadraturas planetarias. Una Cuadratura entre dos planetas ocurre a mitad de camino entre la Conjunción y la Oposición de estos mismos planetas. Generalizando los nombres asociados con las fases de la Luna, puede decirse que el tipo del “primer cuarto” de Cuadratura (de la Conjunción a la Oposición) representa un rechazo del ego y la voluntad de ajustarse a los resultados inevitables del nuevo comienzo evolutivo que ocurrió cuando los dos planetas estaban en Conjunción. Por otro lado, el tipo del “último cuarto” de Cuadratura (después de la Oposición) representa el rechazo de la mente consciente a dejarse fecundar por la nueva visión que ocurrió durante la Oposición (el tipo de “Luna Llena” de la iluminación). Estos rechazos alcanzan su apogeo para el tiempo de los Aspectos en Cuadratura, y este clima libera la Sombra, cuando el pasado a la sazón cristalizado bloquea contumazmente a la nueva voluntad o a la nueva luz, gesticulando contra el triunfo inevitable (aunque, por desgracia, a menudo trágicamente demorado) del Poder Creador en el individuo o en la sociedad. El único modo de disipar esta Sombra y el miedo que ésta inspira es absorber y asimilar el Poder Creativo que es la luz. Esto es “teosíntesis” -un proceso que es el centro vital de toda auto-educación real de la personalidad; que transmuta el miedo en fe, los soplos de la tragedia en bendiciones de Gracia que fluye desde el corazón de los seres divinos en quienes la compasión y la omniabarcancia se convirtieron en la Ley irrevocable de su naturaleza.  (Dane Rudhyar "La astrología y la psique moderna").


La palabra "Karma" la usan de tan distintas maneras los ocultistas, astrólogos y los que se interesan por las leyes universales que guían nuestras vidas que, al considerar la relación de la astrología con el karma, primero de todo debemos aclarar el significado del término. Básicamente, se refiere a la ley universal de causa y efecto, idéntica a la idea bíblica de que "Cuanto el hombre siembre, eso también cosechará". Esta ley es meramente la aplicación más amplia de nuestras ideas terrenas de causa y efecto; es evidente que nadie que plante ortigas podrá esperar que cosechará rosas. La ley del karma da por sentado que la vida es una experiencia continua, de ningún modo limitada a una sola encarnación en el mundo material. La ley universal de karma, pues, podrá verse como un modo de lograr y mantener la justicia y el equilibrio universales. 

Todo el total de un alma, que son las cosas que hizo, los pensamientos que tuvo, el yo lo tejió, con las tramas del tiempo visible, entrecruzadas en la urdimbre invisible de cada acto. Como Espacio Eterno y como certeza segura, con paz y bendición paga el bien oculto, con el sufrimiento el mal escondido. En todas partes ve y todo lo registra, no conoce ni el perdón ni la ira, "Absolutamente Justo". Sus medidas reparte, su infalible balanza pesa; el tiempo es como nada, mañana juzgará, tal es la ley que la justicia incita, nadie la puede torcer y nadie la puede detener. (La Doctrina Secreta)

La máxima riqueza intuitiva acerca de la naturaleza y su funcionamiento de la ley kármica se halla en los escritos y enseñanzas de varios maestros espirituales, que en su mayoría son de Oriente y cuyas doctrinas están, por lo tanto, arraigadas en las tradiciones budista o hindú. Paramahansa Yogananda escribió: Hado, karma, destino -llamadlo como queráis- hay una ley de justicia que, de algún modo, pero no por azar, determina nuestra raza, nuestra estructura física y algunos de nuestros rasgos mentales y emocionales. Lo importante que hay que comprender es que, si bien no podemos eludir nuestro modelo básico, podemos trabajar de conformidad con éste. Es allí donde entra el libre albedrío. Somos libres para escoger y discriminar hasta el linde de nuestra comprensión, y, cuando ejercemos correctamente nuestro poder de elección, nuestro entendimiento crece. Luego, una vez que escogió, el hombre tiene que aceptar las consecuencias de su elección y seguir a partir de allí. Yogananda estaba también íntimamente familiarizado con la astrología, puesto que su gurú era un maestro de todas las artes y ciencias antiguas. Sus comentarios sobre la astrología y el alcance de su importancia son, por tanto, dignos de consideración. Dice: "Un niño nace el día y la hora en que los rayos celestiales están en matemática armonía con su karma individual. Su Horóscopo es un retrato desafiante, que revela su pasado inalterable y sus resultados futuros probables". Pero el mapa natal sólo podrán interpretarlos correctamente los hombres que desarrollan su propia sabiduría intuitiva. 

En la tradición budista, la meta de las técnicas de liberación y de las prácticas espirituales se llama "Nirvana", término que muchos occidentales que buscan penetrar en las honduras de la sabiduría budista no interpretaron correctamente. El significado literal de "Nirvana" es "donde no sopla el viento del karma". En otras palabras, el único modo de lograr el avance espiritual es despertar a un nivel de conciencia más allá del dominio del karma y más allá de los planos de la ilusión. Podemos inferir de estas enseñanzas que el único modo de tratar el karma, en última instancia, es elevarse por encima de él. Sin embargo, mientras estemos encarnados en la forma física, la ley del karma nos afecta de algún modo u otro; de manera que seria extremadamente útil si pudiéramos lograr entender las pautas kármicas con las que tendremos que habérnoslas en esta vida, si por otra razón que ésta nos permitiera enfrentar nuestro destino con gracia, aceptación y fortaleza. Una antigua tradición de la india se interna profundamente en su análisis de la ley kármica, dividiendo los tipos de karma en tres grupos. Al Pralabd karma se lo considera el Hado, o el destino, el karma que deberá encontrarse en esta vida presente. Este modelo básico de destino es considerado fundamentalmente inalterable, simplemente un modelo y una secuencia de experiencias que el individuo ha de tratar en esta encarnación. Sin embargo, se dice que un enfoque espiritual de la vida, el auxilio de un maestro espiritual, o sencillamente la gracia del Señor puede interferir ocasionalmente para reducir el impacto del karma particularmente pesado, convirtiendo de esta manera un "mandoble". El Kriyaman karma es el karma que estamos fabricando ahora en esta misma vida, cuyos efectos tendremos que enfrentarlos en una época posterior. La primera razón de las disciplinas a veces severas de varios senderos espirituales es que tal control de la conducta puede ayudar, a quien viaja por el sendero, a abstenerse de fabricar más karma que inhiba su progreso espiritual en el futuro. En vez de practicar tales disciplinas, el primer modo de evitar la creación de karma en el presente es abstenerse de deseos y apegos intensos, mientras simultáneamente se cultiva el espíritu apropiado y la actitud desapegada en el cumplimiento de nuestros deberes diarios. Naturalmente, el mantenimiento del espíritu apropiado y del desapego es muy difícil, y en la mayoría de las enseñanzas espirituales se considera que es absolutamente imposible sin la ayuda de la meditación. Por último, Sinchit karma es el término que se da a la reserva de karma que acumulamos durante muchas vidas pero que no está específicamente activo en esta encarnación. Según estas enseñanzas, en miles de encarnaciones, acumulamos tan vastas mañanas kármicas que seria imposible encontrar todos los resultados de pensamientos y acciones pasados en una sola vida. Sencillamente, estaríamos agobiados físicapsíquica y emocionalmente. De allí que se mantenga en reserva la porción de nuestro karma no asignado al hado de nuestra vida actual, o Pralabd karma. 

Según estas enseñanzas, también tendremos que enfrentar todo ese karma alguna vez en el futuro. El mapa revela en forma simbólica el modelo primario de vida del individuo: las posibilidades, el talento, las aficiones, los problemas y las características mentales dominantes, revela evidentemente un croquis o una radiografía del presente Pralabd, Hado o karma del alma, también se lo puede considerar como si revelase el modelo de energía del individuo que se manifiesta simultáneamente en todos los niveles: físico, mental, emocional e inspiracional, correspondiente a los cuatro elementos: Tierra, Aire, Agua y Fuego. El Sinchit karma, o karma de reserva, no se indica en el mapa natal, puesto que no es asignado en esta vida. De modo parecido, tampoco se indica el Kriyama karma, puesto que nos parece tener algún grado de libertad, por limitada que sea, en la determinación de qué karma crearemos en el presente. De allí que yo no quiero dar la impresión, hablando de "Hado", "destino" y términos similares, de que nada hay que podamos hacer o ser en respuesta a nuestro karma que cambie nuestras vidas de modo positivo. Por lo contrario, aunque el mapa natal muestra el karma y por ende las restricciones que nos atan y nos impiden sentirnos libres, el mapa es también una herramienta que nos permite ver con claridad en qué ámbitos de la vida necesitamos trabajar para que transmutemos nuestro modo corriente de expresarnos. Como dice reiteradas veces Edgar Cayce en sus lecturas: "la mente es la constructora". Llegamos a ser aquello en lo que la mente mora. En consecuencia, si podemos alterar sutilmente nuestras actitudes y modos de pensar, no sólo teniendo sino también viviendo un ideal, entonces podremos empezar a liberarnos de la esclavitud y a respirar libremente con el ritmo de la vida. En verdad, como lo recalcara uno de los más grandes astrólogos del siglo XX, Dane Rudhyar, en sus extensos escritos, los acontecimientos no les suceden a las personas de modo casi tan importante como las personas les suceden a los acontecimientos. Estas siete palabras sintetizan las posibilidades de nuestro desarrollo espiritual-psicológico cuando nos encontramos con nuestro karma, ya sea agradable o doloroso. En otras palabras, nuestra actitud hacia la experiencia es un factor crucial. 

Nuestra actitud sola determinará así, al encontrarnos con experiencias difíciles, sufriremos (y maldeciremos a nuestro Hado) o creceremos aprendiendo las lecciones que la vida nos está enseñando. Por tanto, el mapa natal muestra nuestros condicionamientos pasados, las impresiones y pautas mentales, y también muestra lo que ahora somos debido a lo que hemos pensado y hecho en el pasado. No es asunto sencillo cambiar poderosas pautas consuetudinarias a través de la mera aplicación de un poco del anticuado "poder de voluntad". Estas pautas tampoco cambian en esencia glosándolas con la chiflada jerga de algunas psicoterapias o filosofías de la "Nueva era" que infatúan a la gente animándolas a que afirme: "Me hago cargo de mi vida; yo hago que todo suceda; ahora sé que me estoy haciendo sufrir, etc." La evolución espiritual humana es mucho más sutil que esto. El viejo enfoque de tratar nuestros problemas diciéndonos "donde hay voluntad, hay un camino" se derrumba cuando la exigencia es demasiada intensa. Y el intento de racionalizar nuestros conflictos y crisis espirituales de la existencia sólo cerrará el paso de la corriente de energías vitales por poco tiempo, seguido por una liberación torrencial de energía que pone al descubierto totalmente la superficialidad del escapismo pseudo-espiritual. Las pautas kármicas son reales y potentes. Los hábitos no van a desaparecer de la noche a la mañana luego de una breve incentivación verbal para pensar positivamente. A estas fuerzas vitales se las debe aceptar y reconocer, y prestar su atención debida. Cuando se dan los primeros pasos hacia el conocimiento personal, ya sea utilizando el arte de la astrología u otro método iluminador, el estudiante muy a menudo desarrolla rápidamente una actitud negativa hacia su personalidad, su destino, su mapa natal, etc. Debe explicarse además que, a medida que aumenta la intensidad de la luz, el estudiante tomará conciencia más inmediata aún de sus defectos, debilidades y cualidades negativas, pero a tal conocimiento se le ha de dar la bienvenida como índice de un mayor conocimiento personal y un claro avance evolutivo. Al estudiante se lo debe animar para usar tal intuición como un acicate para que asuma una clara acción constructiva en la transformación positiva de su vida individual, más que como una razón o una excusa por el temor o la ansiedad. Además, podrá señalárselo que, a medida que aumenta el nivel de conocimiento personal, a menudo el karma de esa persona empieza a manifestarse en un nivel más sutil, puesto que ahora se ha franqueado para aprender lo que se debe aprender sobre la personalidad, y por ende, ya no hay necesidad de sacudidas o acontecimientos dramáticos para despertar al individuo del sueño de la letargía espiritual. 

Como señala Jung: La norma psicológica dice que cuando no se toma conciencia de una situación interna, sucede afuera, como destino. Es decir, cuando el individuo... no toma conciencia de sus contradicciones interiores, el mundo forzosamente deberá representar el conflicto y partirse en mitades opuestas. (Aion, pag. 71). Por tanto, parece seguro decir que un compromiso de desarrollo y conocimiento personales no sólo ofrece la promesa de ayudar al individuo a que en el futuro sea un alma más integra, feliz e iluminada, sino también que tal paso empieza a menudo a aliviar mucho sufrimiento en el presente, una vez que la confusión y el desánimo iniciales fueron vencidos. Así, podemos ver que todos tenemos ciertas influencias kármicas que debemos encontrar: todos debemos cosechar los frutos de lo que hemos sembrado. La astrología humanística, proveyéndonos un mapa de nuestros apegos, problemas, talentos y tendencias mentales, nos ofrece un modo -un paso inicial- no sólo de comprensión de lo que es exactamente nuestro karma en un sentido especifico, y de ayuda para que trabajemos con estas confrontaciones dentro y fuera, sino también un modo de empezar a elevarnos por encima y obtener una perspectiva de ese karma. En consecuencia, el mapa natal muestra el pasado uso creativo o el mal uso de nuestros poderes. Si aceptamos la idea del poder de la mente y la voluntad del individuo, entonces deberemos aceptar también que somos responsables de nuestro Hado, nuestro destino y nuestros problemas como aparecen en el mapa natal. En un sentido importante, podríamos entonces decir incluso que el mapa natal no muestra sino el karma. En el mapa puede, pues, suponerse que todo brota directamente de nuestras acciones, logros y deseos pasados. Aunque a Saturno solo se lo llamó el "planeta del karma" en muchos escritos, esta es una simplificación excesiva. Realmente, a la astrología se la podría llamar legítimamente "ciencia del karma" -o sea, un modo de comprender y aceptar nuestras responsabilidades de modo preciso.

- El "Bhagavad Gita", libro sagrado de los hindúes, expresa que la "mente es la asesina de lo real". Un autor moderno escribió: "La muerte del ego es el nacimiento de todo lo demás". La utilización de la astrología puede proporcionar una perspectiva -y un desapego de- nuestra mente y pautas del ego a fin de que ocasionalmente percibamos lo que es real; pues, mientras seamos victimas de estas pautas, estamos en una oscuridad total. El mapa natal revela estas pautas de un modo claro que nos permite ocuparnos más eficazmente de nuestros hábitos y de nosotros mismos.
- La astrología nos muestra que dentro de nosotros hay muchas dinámicas interactuantes, que nuestra vida en el mundo material abarca muchas fuerzas, necesidades e impulsos. Nos ayuda a identificarnos más bien con la totalidad de este proceso vivo que a identificarnos, como lo hace la mayoría de las personas, con una o dos dimensiones limitadas de la experiencia.
- La astrología puede ayudarnos a conocer que "todo el mundo es un teatro" y que meramente representamos un papel en este vasto drama. Tal conocimiento puede darnos un sentido de perspectiva y humor que hace que la vida sea más fácil de encarar. Y, además, tal conocimiento induce eventualmente a considerar la cuestión última de la vida: ¿Quién es el actor en este drama? ¿Quién es el director? ¿Y quién es el autor?


El compromiso humanista es, sobre todo, un compromiso de ser tan plenamente como sea posible lo que uno es potencialmente. Cada persona nace para expresar, de modo tan puro como sea posible, la persona contenida en su mapa natal. Esto implica naturalmente ciertos problemas de deberán resolverse y ciertos desafíos que deberán afrontarse. Una vez Rudhyar dijo que, de algún modo, todos somos la expresión de un problema y la posible solución de ese problema. En consecuencia, un individuo sólo podrá resolver ese problema si realmente ES lo que su mapa le muestra que potencialmente es. Desde de cierto punto de vista, este problema es la vida misma, sin embargo hay muchos pormenores específicos más que han de añadirse a esta idea. Todos somos ejemplos de lo que un ser humano puede ser, mientras que al mismo tiempo cada uno de nosotros tiene algo que al otro le falta. Esto es cierto no sólo en términos de los dones y talentos individuales, sino más especialmente en términos de la faceta individual de la verdad que cada persona tiene que expresar. La verdad total serán todas estas facetas ensambladas. Por tanto cada persona deberá hallar su propio método y su manera individual de expresar esa verdad. El compromiso humanista no es fácil, porque vivir la vida consciente significa que uno deberá ser primero un verdadero individuo, y para ser un verdadero individuo, uno deberá primero de todo, tomar su distancia de los demás, de lo que la mayoría irreflexiva no acepta. Una persona tiene que ganar una perspectiva sobre lo que todos los demás creen, sienten y piensan. Deberá averiguar las cosas por si misma, más que suponer meramente las opiniones de los que le rodean. Así, uno deberá primero aislarse psicológicamente del resto del mundo. El proceso de individualización implica inevitablemente aislamiento como su primer paso. El individuo deberá nacer del vientre psíquico de la familia o de la sociedad. Ésta es generalmente la parte más difícil de todo el proceso, liberándose de todas las presiones y prejuicios del medio ambiente de uno y de todas las ideas y valores supuestos por los demás y que no deberán tomarse más por sentados. Esto no significa necesariamente separarse de los sentimientos y emociones de uno; sin embargo, uno deberá aprender a experimentar sus sentimientos con su propio modo personal. Por tanto, un individuo deberá inicialmente ganar una perspectiva sobre el modo en que sus sentimientos y de los que le rodean, sobre el modo en que se le hizo sentir y pensar de acuerdo con los ejemplos y normas de los demás. Una vez que una persona consigue separarse del modo aceptado de ver y hacer las cosas, estará en posición de determinar cómo podrá sumar algo nuevo. ¿Cómo podrá un individuo usar su mapa natal como guía para ganar esta nueva perspectiva? El primer paso es vivir y trabajar de acuerdo con el significado que uno encuentre de acuerdo con su edad especifica en esa época (el factor edad explicado en el capitulo de los Tránsitos página 9a). El desarrollo individual de uno está ligado inextricablemente al factor edad, pues éste expresa el fundamento genérico de todas la variaciones individuales. Antes de los 28 años de edad, la persona trata, consciente o inconscientemente, de actualizarse. A fin de hacer esto, una persona deberá primero atravesar los logros de su pasado racial y cultural que llevaron hasta el momento actual. Sin embargo, en vez de continuar viviendo del modo indicado por el pasado, como lo hacen tantas personas, el estudiante humanístico tratará de USAR este pasado como punto de partida de algo nuevo. En otras palabras, no repetirá simplemente lo que ya se hizo, con modificaciones solamente superficiales que nada cambian esencialmente. Más bien, tratará de sumar algo nuevo a lo que existió antes. Por tanto, los primeros 28 años de edad deben representar un proceso de asimilación de los frutos del pasado. Así, un individuo deberá llegar a ser amo de todas las funciones y talentos a su disposición, de todo lo que posea externa y interiormente, a fin de ser él mismo. Una persona no podrá ser verdaderamente un individuo en el sentido psicológico del término antes de esa época. Un niño prodigio no es todavía un individuo verdaderamente creador. Es una expresión de su herencia, de su familia o del pasado de su alma, y a menos que haga algo como individuo con su don, cuando alcance la madurez será probablemente olvidado. 

La vida creativa real, como verdadero individuo, no puede empezar antes de los 28 años de edad. No hay edad especifica en la que sea demasiado temprano para aceptar el compromiso humanista, pues todos deberán empezar en alguna parte. Una persona puede empezar su estudio antes de los 28 años de edad, como un médico comienza su estudio de medicina antes de esa edad. La cláusula es aquí que uno aplique los principios humanistas a su propio mapa al comienzo y no trate de usar la astrología sólo para otras personas. La astrología humanista debe ser primero una experiencia PERSONAL. Todo trabajo subsiguiente en astrología humanística brotará entonces del compromiso inicial con uno mismo. Así, cuando una persona desea asumir el compromiso humanista, debe empezar con su propio mapa natal. Después de intentar entender su pauta natal, debe entonces calcular las Progresiones y los Tránsitos desde del nacimiento hasta el momento actual a fin de ver cómo su vida, cómo la vivió, encaja en la pauta humanística de tales Progresiones y Tránsitos. Esto exige prestar atención consciente a los significados más profundos que el humanismo aplica a todos los factores astrológicos. En vez de estudiar los propios Tránsitos y Progresiones en términos de acontecimientos y altibajos de triunfo y felicidad de uno, un estudiante humanista tratará de verlos y usarlos en términos de su crecimiento potencial en madurez personal y social. Alcanzar una verdadera madurez personal es tarea difícil en todo tiempo, y hoy es inclusive más difícil porque toda la sociedad se empecina en mantener a todas las personas en un estado de inmadurez perpetua, condicionada para que compre lo que la economía produjo. En el moderno modo de vida todo se establece con el propio orgullo y estimula su sentido de la codicia y la envidia. Refuerza la pereza y la complacencia inherentes, y fomenta un modo básico de inseguridad. Sostiene un deseo infantil de depender de los demás o de salir con la suya a toda costa. Los principios sociales y morales de conducta perdieron su autoridad y, en consecuencia, el contacto personal se tornó cada vez más irresponsable. La psicología profunda, o un tipo de astrología que vea verdaderamente psicológica su orientación, podrá ayudar a un individuo a que sea una persona más madura. En este caso, la astrología sólo se aplicará siempre que no sirva, como mucho de lo que lleva su nombre, como un escape de la responsabilidad personal a través de un énfasis malsano sobre las "influencias" externas como si fueron responsables de lo que uno es, hace y experimenta. La astrología humanística centrada en la persona está en posición de ayudar a un individuo a ser maduro porque fomenta la aptitud de concentrarse objetivamente en las facetas básicas de la personalidad total de esa persona, una tras otra, sin evasión o rebeldía innecesaria. Le permite a uno concentrar su atención con una finalidad, en lo que se revela astrológicamente en todo tiempo como el foco principal del desarrollo personal. Una persona que, durante cualquier fase de su vida, hace lo que es necesario que ella haga, no tendrá tiempo para complacerse en las travesuras de un niño malcriado. No se considera víctima perpetua del cosmos, cavilando constantemente sobre qué fue especialmente elegido para la aflicción. Un estudiante deberá comprender que hoy, el problema básico de la mayoría es que ésta nunca sabe qué es lo que debería estar haciendo. Debido a la inmensa confusión de valores del mundo moderno, la vida no es más estructurada por principios morales y espirituales de conducta que valgan la pena. La tarea del estudiante astropsicólogo es aclarar las dudas, los problemas, los miedos y los conflictos personales que asedian a los individuos del siglo XX. El enfoque humanístico podrá sumar a este trabajo psicológico el conocimiento de aquello por lo que un individuo ha de trabajar, en cualquier momento particular, con referencia a la tarea de toda una vida de lograr la plena madurez personal. Si un estudiante cree que los problemas conectados con la adolescencia o la menopausia se deben al Tránsito de Saturno en Oposición a su posición natal en esos tiempos, y que es la "influencia" de ese planeta la que, en consecuencia, es responsable del sufrimiento y los conflictos que ocurren, entonces nunca podrá usar la astrología de modo psicológico constructivo. En astrología, la cuestión nunca debe ser cómo emplear el "libre albedrío" de uno a fin de evitar la crisis biológica o individual medida por los aspectos planetarios. Un estudiante debe conocer que las crisis del crecimiento deben sobrevenir en toda vida. Las crisis son necesarias porque son esenciales para el desarrollo de la personalidad. La libertad individual no consiste en tratar de decidir si uno tendrá o no una crisis, sino en el significado que una persona le dé. La aptitud para dar significado es la única característica básica espiritual de los seres humanos. En sus experiencias en los campos de concentración durante la segunda guerra mundial, Víctor Frankel descubrió este atributo singularmente humano. 

La astrología humanística puede desarrollar esta aptitud. Para el estudiante humanístico, el juicio de valor que uno da a una experiencia o a un acontecimiento no es inherente a la experiencia o acontecimiento mismo. Los juicios de bueno y malo, favorable o desfavorable, son el resultado de lo que una persona piensa y siente en esa época. Si uno cambia los valores sobre los que basa sus acciones, sentimientos o pensamientos entonces también cambiará el significado de sus experiencias. En consecuencia, cuando un estudiante rotula un acontecimiento o experiencia posible como "malo" porque tradicionales libros de texto astrológicos declararon que los planetas involucrados son "maléficos" o los aspectos son "horribles", o el grado involucrado está vinculado a una estrella fija que aporta sucesos catastróficos, entonces su interpretación tendrá una influencia evidentemente negativa, lo que equivale a un crimen psicológico. Así, es esencial que el estudiante aprenda tan pronto como sea posible que cualquier condición o aspecto astrológico podrá corresponder a una victoria espiritual. El estudiante que es incapaz de admitir este hecho y que, en consecuencia,, tiende a obstruir esta victoria mediante pensamiento negativo estimulando el miedo o sentido de culpa o inferioridad es así una amenaza para si mismo, hasta que comprende que son fases de crecimiento de la personalidad. Las oportunidades de crecimiento que no se afrontan plenamente dejan un residuo de negocio sin terminar que inevitablemente deberá ser tratado más tarde. Ese es el significado real de karma -un negocio del pasado, sin terminar. Sin embargo, si uno consigue satisfacer completamente todo lo que la vida le exige, no es menester que haya residuo alguno de negocio sin terminar. Lograr esto lleva a la maestría espiritual. Sin embargo, el crecimiento espiritual no se detiene aquí, si uno llega al punto en el que logró todo lo que se proponía como individuo, entonces llega la hora de que se le pida que asume responsabilidades mayores, asume el karma de grupos, y a su tiempo, de la humanidad en su conjunto. Este es el ideal espiritual cuyo ejemplo es la vida de Cristo. A fin de afrontar positivamente los desafíos de la vida y crecer como "yo" consciente, cada persona deberá primero saber que ella es un "yo" individual con una finalidad por lograr y una madurez por alcanzar. Si no sabe ni siente esto, entonces nunca podrá usar consciente y significativamente las energías y poderes, físicos y psíquicos, consciente o inconscientemente, que su herencia y medio ambiente le ofrecieron como medio de expresión. Entonces, estas energías y estos poderes la usarán a ella. Astrológicamente, la Casa 2 dominará a la Casa 1. Una persona se sentirá simplemente como una expresión de los diversos instintos, impulsos y deseos que la dominan, uno tras otro, como un planeta tras otro se acentúa por Progresión o Tránsito. Por esta razón, si un estudiante presenta su mapa natal como simplemente el cuadro de diversos impulsos y deseos no aprenderá jamás a manejarlos constructivamente. He aquí también por qué la astrología humanística más bien pone su acento sobre el yo que sobre sus poderes. Su intención es que uno se ayuda a si mismo a que comprenda que su finalidad vital es usar sus poderes en términos de la cualidad espiritual del ser que su momento natal le propuso que revelara progresivamente a través de los años y de sus procesos cíclicos. (Stephen Arroyo "Astrología, Karma y Transformación").